Juan José Laborda | Lunes 07 de julio de 2008
Respecto a la iniciativa de Ibarretxe, alguna gente se pregunta ¿y por qué no les dejamos que hagan esa consulta? Porque está prohibido por la Constitución. En un mundo instantáneo, que no va más allá de lo inmediato, las consecuencias de los actos políticos no se valoran: de ahí que el 50 por ciento de los vascos encuestados, se manifiestan a favor de la consulta del Lehendakari. Los que son partidarios de la secesión, son muchos menos. ¿Y entonces, por qué no les dejamos votar de una vez ese “raca-raca”? Dejando aparte las consecuencias de incumplir la Constitución, que no las califico, supongamos que es convocada, en similares términos, por un alcalde de un ayuntamiento vasco para decidir que no quieren pertenecer a Euskadi, y que anhelan integrarse, incluso como enclave, a cualquiera de las Autonomías limítrofes. El Lehendakari vasco tendría razón, prohibiendo esa consulta municipal. Pero vayamos un poco más allá: ¿el Estado independiente vasco, dejaría que sus ciudadanos, o una parte de su territorio, pudiese ejercer cada cierto tiempo el “derecho a decidir”? ¿Puede un Estado estar sometido a ese carrusel de referéndums sin graves riesgos para la población? Desde luego, no existen casos en el mundo para evaluar los argumentos filisteos de Ibarretxe. En los Estados donde se consulta a los ciudadanos, estos opinan y eligen en las elecciones libres, y no en referéndums como el prometido por el presidente vasco.
Con ese referéndum, Ibarretxe ha puesto fin a más de medio siglo de ambigüedad, a ese “péndulo patriótico”, según el cuál, el PNV absorbía el voto autonomista y el voto secesionista, acentuando una u otra orientación, de acuerdo a sus intereses políticos coyunturales. Desde sus orígenes, cuando Sota sucedió a Arana en la jefatura del PNV, el partido mantenía las propuestas independentistas, mientras que los electos en las instituciones provinciales, regionales o estatales, actuaban con un gran pragmatismo posibilista. Eso ha cambiado: ahora el Gobierno vasco es la expresión del radicalismo, mientras el partido ha intentado, sin éxito, hacer una política moderada. La renuncia de Imaz, es la mejor expresión de ese cambio. Los militantes del PNV, han creído que era posible la ambigüedad, posible la constante del péndulo patriótico, con el que están en el poder desde hace 30 años. ¿Por qué cambiar si la fórmula ha sido exitosa? Porque todo a su alrededor está cambiando, incluyendo la funesta realidad de ETA. Imaz intentó modernizar el discurso ideológico del PNV, sacarlo de los principios aprobados sin cambios hace 30 años, y que respondían a una España y a un mundo que ya no existen.
El País Vasco ya no es una región adelantada en una España subdesarrollada. Al contrario, pierde población, capacidad de iniciativa económica, y eso sería mucho más agudo si Euskadi no se beneficiase del concierto económico, o si algunas grandes empresas españolas, dejasen de cotizar en un Bilbao independiente. El triunfo del equipo español en la copa de fútbol europea, es la prueba del calado de unos cambios que el PNV no ha contemplado. Allí se ha gozado la victoria, igual que en el resto de España. Si no se ha exteriorizado tanto, es consecuencia del dominio nacionalista de las manifestaciones callejeras. Pero la generación joven, no padece la miopía ideológica de hace más de tres décadas. La visión que ha servido para mantener los idearios del nacionalismo vasco, irá perdiendo apoyos según se vaya produciendo el relevo generacional, y según aumente la globalización de las mentalidades en los Estados europeos.
En estas circunstancias, tiene lugar el enésimo desafío de Ibarretxe. Ahora decide y manda sobre el PNV, pues Urkullu, el sucesor de Imaz, ha sido víctima del fin de la ambigüedad. Es lógico que en un sistema democrático, el jefe del partido, sea también el jefe del Gobierno. El realismo de gobernar para todos, en vez de representar a una organización de partidarios. Pero en el País Vasco la anomalía consiste en que el que gobierna, lo hace pensando sólo en los afiliados. Su opción le lleva a prescindir de la lógica: al admitir ese único voto del grupo parlamentario pro etarra, ha querido creer que no tendría consecuencias. La verdad, a poco que se piense, será inexorable: los terroristas justificarán sus acciones, cuando Ibarretxe fracase en su intento. Pero antes, hará lo indecible: quizás obligue al Gobierno de Zapatero a usar el artículo 155.1 de la Constitución, para impedir que se haga el referéndum. Como escribió Carlos Marx, las tragedias del pasado, suelen ser comedias en el tiempo presente.
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