Opinión

La izquierda contra la televisión pública

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 07 de julio de 2008
Por primera vez en la ya larga historia de la televisión en España las pantallas de un canal se han quedado en negro -absolutamente en negro- durante veinticuatro horas en dos semanas consecutivas. Y no ha ocurrido en alguno de los numerosísimos canales privados que actualmente configuran mayoritariamente el paisaje audiovisual español, sino en una televisión pública, Telemadrid, así como en su cadena de radio que, durante los mismos periodos, sólo ha emitido silencio. Silencio y “negritud” que son de una enorme elocuencia cuando se los analiza con un cierto detenimiento. Conviene precisar que quienes han promovido esta peculiar huelga son los sindicatos y que lo han hecho como una peripecia en las negociaciones del convenio colectivo, rotas o interrumpidas al grito -siempre eficaz para esos fines- que nació ahora hace cuarenta años en el 68 parisino: “Seamos realistas: pidamos lo imposible”. No hace falta ni el menor adarme de perspicacia para darse cuenta de que el convenio no es sino un socorrido pretexto al servicio de una operación política para socavar una televisión que gestiona el PP en una Comunidad Autónoma en la que la izquierda parece condenada a una duradera oposición.

Se basan los sindicatos para llevar la huelga hasta esta insólita situación en las sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Madrid que, a su requerimiento, ha negado la posibilidad de que se establezcan en este caso servicios mínimos, con el argumento de que hay otras televisiones, por lo que el derecho de los ciudadanos a recibir información no se vería afectado. Que los sindicatos -que en este caso actúan como dóciles correas de transmisión de intereses políticos- utilicen este argumento tiene una evidente transcendencia porque echa por tierra uno de los dogmas clásicos más acariciados por la izquierda: la necesidad de las televisiones públicas y su oposición cualquier atisbo de privatización. Recuerdo muy bien cuando en los años ochenta algunos exigíamos que se crearan televisiones privadas, cómo desde la izquierda se nos vituperaba como si defendiéramos el crimen. Eran tiempos, claro está, de una sola televisión pública, bien controlada por ellos, como lo fueron también las primeras autonómicas. Para ellos la televisión como “servicio público esencial cuya titularidad corresponde al Estado” (como decía el Estatuto de 1980) era un dogma intocable... a su servicio. Es decir un servicio “público” muy particular. Pero pasaron los años, cambió de arriba a abajo el paisaje televisivo y “descubrieron” las mieles de las televisiones privadas, puestas a su servicio sin los albures de las consultas electorales. Por eso ya no les importa que Telemadrid pierda ingresos, imagen y prestigio y se olvidan de su acendrada defensa de lo público. Que compita, como un canal más, con las televisiones privadas. Una regla que, llevada al límite, conduciría lógicamente a la desaparición de todas las televisiones públicas que no tendrían más destino que su privatización, previa su adaptación a un mercado televisivo regido por las inflexibles reglas de la competencia. Pero que nadie espere semejante “ataque” de coherencia. No hay ninguna duda de que los mismos que ahora tratan de hundir Telemadrid -como alternativa de ponerla al servicio exclusivo de sus objetivos políticos- encontrarían argumentos para “salvar” a aquellas televisiones públicas en las que hacen a capricho mangas y capirotes. No se puede entender que los sindicatos tiren piedras contra su propio tejado, que eso significan este tipo de huelgas, pues nadie como los trabajadores a los que dicen representar estarán más interesados en salvaguardar un canal que cumple un patente servicio público. Sobre todo si, además, consideramos que, de todas las televisiones públicas existentes en España, Telemadrid es la más barata, la que menos cuesta a los ciudadanos. Aunque huelgas como estas aumentarán inevitablemente la carga que pesa sobre ellos. Y, además, en tiempos de crisis económica. Una crisis que a esa misma izquierda gobernante le cuesta tanto trabajo reconocer.

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