Hidehito Higashitani | Lunes 07 de julio de 2008
Se atesora en el museo del Templo de Toshogu, situado en el escarpado Monte Kunosan de Shizuoka, Japón, un antiguo y precioso reloj mecánico europeo, que lleva una placa con la inscripción que dice: “HANS DE EVALO ME FECIT EN MADRID. A.1581”.
Hans de Evalo, artesano de origen flamenco, había sido relojero de cámara de Felipe II y, tal como reza la incripción, fue artícife efectivamente en 1581 de este reloj que luego llegaría a Japón unos treinta años más tarde. Creo que es el reloj mecánico más antiguo que existe hoy en día en Japón e incluso uno de los más antiguos de este género en el mundo.
Como referencia diré que podemos ver otra muestra de las escasas obras que quedan del mismo autor también en el Monasterio de El Escorial y que sobre la mesa del despacho de la Cámara del Rey Prudente se exhibe un reloj-candil fechado en 1583, es decir tres años más “joven” que el del Templo de Toshogu.
¿Cómo pudo llegar de tan lejos el reloj, “hermano mayor” del de El Escorial, con unos treinta años escasos después de la fabricación? Pues, creo que merece la pena recordar algo de esa historia porque nos invita a una serie de reflexiones históricas y culturales interesantes.
Originariamente este reloj fue traído a Japón en 1611 por la delegación enviada por Luis de Velasco, entonces Virrey de Nueva España ya en el reinado de Felipe III, en señal de gratitud y de reconocimiento por la generosa ayuda prestada por el Gobierno japonés de shogunato y al cálido tratamiento que habían recibido los españoles, supervivientes de un naufragio ocurrido dos años atrás en las costas japonesas. El hecho ocurrió en 1609 cuando el galeón español San Francisco se dirigía de las Filipinas a Nueva España, en el que iba Rodrigo de Vivero, ex-gobernador en funciones de las Filipinas. El barco naufragó por unas repetidas tempestades en el Pacífico y unos 300 supervivientes lograron alcancar tierra a duras penas en un puerto de pescadores de la antigua provincia de Kazusa, actual municipio de Onjuku de la provincia de Chiba.
Rodrigo de Vivero consiguió entrevistarse con Tokugawa Ieyasu, fundador del shogunato de Edo, gran patriarca del clan Tokugawa y autoridad máxima del país en aquella época, y aprovechó la ocasión para agradecerle la cálida bienvenida que recibieron los supervivientes y ofrecerse como intermediario para establecer una nueva amistad hispano-japonesa.
De manera que este reloj mecánico simbolizaba los primeros contactos hispano-japoneses a nivel oficial y parecía que los primeros encuentros de las autoridades administrativas de los dos países, apuntaban buen camino.
Sin embargo, unos años más tarde, el shogunato de Tokugawa niega todas las propuestas y pretensiones del gobierno hispano -por ejemplo, la solicitud de la protección de los sacerdotes españoles en Japón, la de la explusión de los mercaderes holandeses alegando que son rebeldes de su rey Felipe III, etc.etc.- y entra en el largo período de aislamiento permitiendo únicamente a los holandeses y a los chinos frecuentar los puertos japoneses.
Las causas por las que el Gobierno japonés llegó a tomar estas medidas tan drásticas y romper los contactos con España debían de ser múltiples y complejas. Muchos historiadores indican como causa principal las fuertes rivalidades políticas y religiosas desplegadas entre los que pretendieron sacar provecho a través del contacto con Japón y el exceso de alarma y de cautela por parte de los japoneses hacia un posible intento de dominio colonial del Imprerio “donde no se ponía nunca el sol”. Las relaciones internacionales e históricas en nuestro mundo suelen ser una larga lista de “desencuentros”. Pero de todas maneras es una cuestión que requiere una mayor dilucidación más convincente por los historiadores.
Para conmemorar el cuarto centenario de este encuentro, o si se quiere “desencuentro”, entre el Occidente y el Oriente, se acaba de empezar una serie de actos conmemorativos organizados por el Municipio de Onjuku.
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