Opinión

Sin complejos

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 29 de octubre de 2017

El triunfo del Estado de Derecho no es solo la aplicación del artículo 155 deponiendo a los sediciosos. También que millones de catalanes ejerzan sus derechos perdiendo el miedo a los bárbaros. En pleno auge de la Guerra fría dos polacos paseaban por Varsovia conversando sobre el riesgo de desatarse una nueva guerra mundial. Uno de ellos preguntó al otro: Stanislaw, si comienza la lucha entre americanos y soviéticos, ¿en qué bando combatirás? Lo tengo muy claro Wladislaw, yo me alistaré con los rusos. ¿Pero cómo dices eso? si tú siempre has sido anticomunista, inquirió de nuevo el primero. Cierto, pero prefiero caer prisionero en manos de los americanos que de los comunistas, sentenció Stanislaw. Esa misma opción ha escogido Puigdemont. Aliarse con los bolcheviques de la CUP y la Ezquerra para apelar a los derechos y garantías de una democracia cuando caiga preso. Derechos y garantías que, tanto el Govern como el Parlament, han conculcado en aras de una imaginaria república que esconde bajo su pedestal un sórdido afán pecuniario. Ni siquiera esta miserable banda tiene la gallardía de abandonar los escaños en las Cortes españolas.

El golpe de Estado perpetrado por el independentismo catalán no debiera nublar nuestra visión sobre el auténtico desafío que hoy afrontan las sociedades democráticas: el de la libertad contra el totalitarismo, verdad contra mentira, razón contra barbarie, ley contra fuerza. De nuevo se cierne sobre Europa la amenaza totalitaria bajo máscaras diversas. Como antaño, otra vez hay que librar la decisiva batalla contra los enemigos de la libertad, los mismos que socavaron la civilización occidental mediante cámaras de gas, gulags, muros y alambradas.

La división que padece la sociedad catalana suscita no pocas reflexiones, algunas sobre trágicos acontecimientos de nuestra historia no relativamente lejanos. Los episodios de tensión vividos durante estos lamentables días han encendido la luz del recuerdo iluminando panoramas en penumbra de nuestra memoria colectiva. Pero la paz a cualquier precio no sólo resulta inquietante, sino además injusta. Como inquietante es que todo un Ministro reciba con agrado la participación del golpista Puigdemont en unas elecciones democráticas. Al Gobierno de la nación no le es lícito envolverse en el manto de una tolerante comprensión ante quienes se han servido de la confusión para acelerar una causa subversiva poniendo en jaque el orden y la ley.

Cuando barruntan soluciones parciales, los españoles aborrecen esas medias tintas que no siempre son las más convenientes por muy elaboradas que parezcan y que bien pueden desencadenar problemas mayores. La ley es la ley. Igual para todos. No caben regateos ni cambalaches que dejen en agua de borrajas los acertados discursos de nuestro Rey, quebrando su enhiesta figura en esta encrucijada de los tiempos, o dejen sumidos en el desconcierto a millones de ciudadanos, que tras izar multitud de banderas constitucionales en hogares y calles, demandan la hora de la justicia. Tiempo habrá de hallar futuras soluciones de perspectivas más amplias dentro de una estrecha armonía de la robusta familia española. Ahora es exigencia moral el triunfo de la legalidad y la derrota de los rebeldes. Vencedores y vencidos. Sin complejos.