Como una bomba atómica ha caído el artículo 155 en medio de la manada separatista cuando ya galopaba relinchando de euforia hacia la independencia. Los secesionistas se han quedado estupefactos y descolocados ante la jugada maestra de adelantar las elecciones para diciembre y rumian encerrados en la soledad de sus casas un plan para recuperarse del impacto. La República independiente apenas duró 5 horas. Y en Cataluña, después de mucho tiempo, reina la paz. Las calles poco a poco recobran la normalidad, con el ritmo pausado de los ciudadanos caminando por el Paseo de Gracia, Las Ramblas o el barrio gótico entre puestos de flores y terrazas al sol. No retumban alaridos histéricos, ni se disparan esteladas.
Solo ayer durante tres horas se rompió el silencio con los cánticos patrióticos de un millón de personas que recorrieron el centro de Barcelona para defender la unidad de España. Una manifestación histórica y emocionante.
Pero ahora empieza una nueva época llena de incertidumbres. Puigdemont, el cobarde, no parece acatar su destitución, pero tampoco se atreve a desafiar abiertamente al Estado. Apenas se atreve a mascullar que hará una “oposición democrática” al artículo 155. Algunos consejeros anuncian que volverán a sus puestos, incluso como ministros de la nueva República; otros, se esconden temblando de miedo. Hasta los delincuentes de la CUP intentan recuperarse de la resaca.
Nadie sabe qué hacer ante la mágica carambola a tres bandas de Rajoy, Sánchez y Rivera al convocar elecciones por sorpresa el 21 de diciembre. Los partidos separatistas estarán acatando o tragándose el 155 si se presentan. Si no lo hacen, se quedarán fuera de juego. Los más radicales de la CUP apuestan por el boicot, por tomar los colegios electorales e impedir que el 21 de diciembre pueda votarse con normalidad. El 1-O, al revés. Otros, creen que es una oportunidad para convertir de nuevo las elecciones en un plebiscito sobre el secesionismo. De momento, no se aclaran. Están conmocionados.
Este lunes pueden empezar a despejarse algunas incógnitas. Se supone que Puigdemont, para aparentar normalidad, acudirá a su despacho del Palacio de San Jaime, aunque no se atreverá ni a firmar un vale de taxi, so pena de incurrir en otro delito, el de usurpación de funciones. Junqueras, como siempre tras las bambalinas, volverá a empujarle para que se despeñe de una vez. Y algunos, o muchos consejeros, pueden pedir la baja por gripe. Y ésta, y no otra, es la primera trinchera que se va a encontrar Soraya Sáenz de Santamaría en el asalto al Gobierno de la Generalidad, en esa arriesgada misión que Rajoy le ha encargado, o endilgado. A la vicepresidenta le caen todos los marrones.
Porque aparentemente, hoy Cataluña se encuentra bajo el mando de dos Gobiernos. Y no va a resultar fácil manejar desde La Moncloa los hilos de la maraña de los cientos de miles de funcionarios que integran las distintas Administraciones catalanas tras casi 40 años en manos de los separatistas. Van a ser días de vértigo.
Casi dos meses que la pobre Soraya Sáenz de Santamaría tendrá que lidiar entre trileros, mentirosos, fanfarrones y delincuentes. Entre golpistas que no están dispuestos a rendirse después de haber celebrado la victoria de la República independiente. ¿Qué habrá hecho la abnegada vicepresidenta para merecer esto?