Opinión

Adrogué en Borges

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 01 de noviembre de 2017

Somos las pisadas dejadas por nosotros mismos y casi siempre nos causa asombro volver la vista atrás. Caminante, son tus huellas / el camino y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace el camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar…, dice preciosamente en estos versos inmortales el entrañable don Antonio Machado.

En esencia, hasta las cosas más nimias están rodeada de misterio y en todo actúa el tiempo, ese móvil fantasma que nos acosa, y también nos sostiene y olvida. Nuestra vida está sujeta a esa sucesión que nos aterra y deslumbra con idéntica intensidad. Aceptado el concepto de Platón, lo que se reitera parece ir en procura del mundo sustancial y concreto, aunque somos apenas los resignados sobrevivientes a espléndidos amaneceres y soberbios ocasos del cada día, esa constante prodigiosa que a veces abruma, pero también nos encanta la existencia por su apertura a la vida.

Quizá no por otra causa Borges creía que los hechos consecutivos y las experiencias que se reiteran son asunto de prodigio. Lo maravillaba regresar sobre sus pasos y pisar las mismas huellas. Fue así, la ciudad de Adrogué, con sus diagonales, sus calles empedradas de frondosas arboledas, planteadas con un concepto urbanístico de avanzada para el siglo XX, encerraba para él una suerte de banquete literario que lo reencontraba con una época feliz.

Con él tuve el privilegio de visitar algunas veces esa particular ciudad. Teníamos allí algunos amigos comunes, entre los que destacó al poeta Roy Bartolomew y al bandoneonista clásico Alejandro Barletta. Adrogué es una localidad ubicada en el profundo sur a menos de 30 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. En lo sentimental, ese sitio representaba mucho para Borges. Allí, en una casa de la entonces llamada calle Macías, pasó interminables tardes de su infancia junto a su hermana Norah, y vivió una larga temporada con su madre, doña Leonor Acevedo, ya viuda. Pero, además, Adrogué fue marco de su inspiración; en sus caminatas bajo eucaliptus y cipreses encontró la punta de algunas de sus prodigiosas historias, que se transformaron en inmortales relatos y poemas; algunos surgidos entre los espejos del hotel La Delicia, donde también supo hospedarse la familia durante dilatados veranos, cuando vivía su padre, el doctor Jorge Guillermo Borges.

El amor que nuestro amigo sentía por Adrogué se refleja en un poema homónimo del libro El hacedor, donde evoca el perfume de esos sitios incomparables, tan gratos para el descanso:

…Hueca en la hueca sombra, la cochera

Marca (lo sé) los trémulos confines

De este mundo de polvo y de jazmines,

Grato a Verlaine y grato a Julio Herrera.

Su olor medicinal dan a la sombra

Los eucaliptos: ese olor antiguo

Que, más allá del tiempo y del ambiguo

Lenguaje, el tiempo de las quintas nombra.

Mi paso busca y halla el esperado

Umbral. Su oscuro borde la azotea

Define y en el patio ajedrezado

La canilla periódica gotea…

Como testimonio de afecto hacia ese sitio entrañable, Borges publicó en 1977, con ilustraciones de su hermana Norah, un volumen para bibliófilos con tirada limitada titulado Adrogué. Y en el que yo colaboré junto al inolvidable Roy Bartolomew. En otros textos de Borges, como La muerte y la brújula, o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, ese pueblo tan querido por él está también presente. Pero fue concretamente en la década del cuarenta cuando Borges se hospedó en el hotel La Delicia y vivió allí durante un año entero. Ese sitio será luego el centro de sus relatos.

“Este lugar ha sido también escenario de algunas de mis más profundas tristezas”, me confió una tarde que atravesábamos un patio de Adrogué con grato olor a madreselvas en flor. Se refería al desengaño de un amor no correspondido que lo llevó a un fallido intento de suicidio en el agreste hotel La Delicia. Recordó luego, en una esquina cercana, el almacén de ramos generales donde un atardecer bebió desesperado una áspera copa de ginebra, para olvidar su desdicha.

“Ese almacén alguna vez fue punzó”, evocó meneando la cabeza y entrecerrando sus ojos ciegos, y agregó con una sonrisa cómplice: “Pero los años, para su bien, mitigaron con el tiempo ese color violento”. Allí, Borges tramó también una historias de duelos y malevos, porque no muy lejos de ese mítico almacén, “el ñato Iberra y su hermano, que debía más muertes a la justicia que él, como aquel Caín que sigue matando a Abel, para igualar los tantos, lo apuñaló bajo un puente vecino…”

Cuando concluyo estas líneas me llega la grata noticia de que la casa ubicada en la ahora calle Diagonal Brown N° 301, de la ciudad de Adrogué, partido de Almirante Brown, provincia de Buenos Aires, ha sido declarada Bien de Interés Histórico Nacional, en los términos de la ley 12.665. Es reconfortante que haya políticos que tengan en cuenta estas cosas y hagan justicia con la cultura y la historia, como corresponde a gente bien nacida, por supuesto.