Opinión

El Códice Calixtino y la memoria del mundo

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 05 de noviembre de 2017

La UNESCO ha incluido el Códice Calixtino en el Registro de la Memoria del mundo. Mientras nosotros andamos por aquí debatiendo sobre Cataluña, el resto de España y Europa, llega la UNESCO a recordarnos la contribución de nuestro país a la civilización universal. En efecto, ese registro, que “reconoce aquellos documentos, colecciones o fondos documentales que se consideran de mayor relevancia y significación para la Humanidad y cuya pérdida sería irreparable”, incluye otros documentos fundamentales de la Historia de España y Europa como el Beato de Liébana (S.VIII), los Decreta de León (1188) -el testimonio del parlamentarismo más antiguo del mundo- el Llibre del Sindicat Remença (1448), las Capitulaciones de Santa Fe (1492), el Tratado de Tordesillas (1494) y la obra de Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) entre otros tesoros.

El Codex Calixtinus es un manuscrito iluminado del siglo XII. Todos los que hemos caminado a Compostela nos hemos topado, tarde o temprano, con los milagros, las oraciones y las advertencias al peregrino que su autor dirigió a quienes recorrían la ruta jacobea rumbo a la tumba del Apóstol. Yo lo he llevado siempre conmigo. Sin embargo, sería un error ver en esta obra fascinante sólo una guía de viajes. En realidad, es un compendio de devoción, historia, arte y cultura de un tiempo en que viajar era una aventura muy peligrosa y sólo la fuerza de la fe llevaba a ponerse en camino. Así ha sido desde que Abrán atendió la llamada del Eterno, que lo invitaba a ponerse en marcha con palabras que cambiarían el mundo: “Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan. Maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra”. Toda búsqueda requiere un desplazamiento, una traslación, un viaje. Así ocurrió, según se cuenta, con el cuerpo del Apóstol Santiago, que fue llevado a Compostela y acogido en una catedral fabulosa después de que se encontrasen sus reliquias a principios del siglo IX. Desde entonces, los palmeros van a Jerusalén, a Roma van los romeros y a Santiago de Compostela dirigen sus pasos los peregrinos.

Durante mucho tiempo, se creyó que el autor era Aymeric Picaud, un monje benedictino francés del siglo XII, pero ahora dicen que pudo ser otro. A mí me gusta imaginarme a un monje benedictino de Parthenay le Vieux, en el Poitou, al occidente de la Dulce Francia que aprendí a amar en la Canción de Roldán; me gusta imaginármelo, digo, recorriendo esas montañas donde los vascones habían emboscado a la retaguardia de Carlomagno y donde cayó el paladín Roldán junto a sus compañeros. El héroe muere después de haber tocado el cuerno para pedir auxilio al Emperador: “ En su cabeza siente gran dolor y gran daño/tiene las sienes rotas de haber sonado el cuerno” Picaud -o quienquiera que escribiese el Liber Sancti Iacobi, quinto libro del Códice Calixtino- dejó descripciones sabrosísimas de aquel mundo medieval que había superado el terror apocalíptico del Milenio: “tres son particularmente las columnas, de extraordinaria utilidad, que el Señor estableció en este mundo para sostenimiento de sus pobres, a saber, el hospital de Jerusalén, el hospital de Mont-Joux y el hospital de Santa Cristina en el Somport. Están situados estos hospitales en puntos de verdadera necesidad, se trata de lugares santos, templos de Dios, lugares de recuperación para los bienaventurados peregrinos, descanso para los necesitados, alivio para los enfermos, salvación de los muertos y auxilio para los vivos”. Para guía de los peregrinos y salvación de las almas, el autor del Liber nos indica datos utilísimos como “los cuerpos de santos que descansan en el Camino de Santiago y que han de visitar los peregrinos” o “las características de la ciudad y basílica de Santiago Apóstol en Galicia”.

Deberíamos recorrer más el Camino de Santiago -tal vez sería mejor decir los caminos porque son varios-, verdaderos pulmones de la cultura europea, en este tiempo de tribulación de nuestro país y de todo el continente. El 9 de noviembre de 1992, San Juan Pablo II el Grande, Papa, pronunció durante la homilía de la Misa del Peregrino palabras muy sentidas sobre España y Europa: “Esta hermosa ciudad, Compostela, ha sido durante siglos la meta de un camino, trazado sobre la tierra de Europa por las pisadas de los peregrinos que, para no extraviarse, miraban los signos estelares del firmamento. Peregrino soy yo también. Peregrino-mensajero que quiere recorrer el mundo, para cumplir el mandato que Cristo dio a sus Apóstoles, cuando los envió a evangelizar a todos los hombres y a todos los pueblos. Peregrino traído a España por Teresa de Jesús, he admirado los frutos de la tarea evangelizadora que tantos miles de discípulos de Cristo han realizado a lo largo de veinte siglos de historia cristiana. Peregrino que ha recorrido las benditas tierras hispanas, sembrando a manos llenas la palabra del Evangelio, la fe y la esperanza”.

Todos somos, pues, peregrinos. Todos estamos llamados a salir de donde estamos y encontrarnos con el otro, con el diferente, y a ser para él un signo de salvación y una bendición en esta vida como se le ordenó a Abrán -cuyo nombre pasó a ser Abrahán precisamente por la entrada del Eterno en su vida- y como fue el mismo Cristo, que pasó por el mundo “haciendo el bien” (Hch, 20,38). Eso enseña el Camino y eso inspiraba la maravillosa música -ahí está el Congaudeant Catholici del Códice-los himnos elevados y la literatura de ese peregrino -Picaud o quien fuese- cuyos pasos seguimos hoy por una ruta que marcan las estrellas.