Opinión

Retratos

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 05 de noviembre de 2017

A Puigdemont le descolgaron su retrato y se largó a Bruselas a patalear como niño en busca de un marco más a tono con ese vergonzante muro que aún persiste en levantar entre españoles. Como los desnortados del mayo del 68, que se manifestaban con retratos de Ho Chi Minh o Pol Pot y celebraban la caída del Sha de Persia y el ascenso de Jomeini, los secesionistas vocean en la calle libertad para presos políticos, nada nuevo, nada cierto, usando la fuga del histrión y la prisión de los lacayos como excusa para ocultar su vaciedad dialéctica. Lo suyo es más el deseo, wishful thinking, que las ideas.

En Capitalismo, socialismo y democracia, Schumpeter pinta el retrato del funcionamiento óptimo del sistema democrático fijando con trazo robusto y rectilíneo la talla moral de los gobernantes. Sin principios morales no pervive la democracia. Lo protagonizado en los últimos años por el independentismo catalán es, ciertamente, pintoresco. No siempre puede contemplarse una retahíla de amoralidad tan grotesca y de extravagancias tan risibles. Retratar esa sombría realidad tras minucioso análisis de cada capítulo y su autor supone un resultado insólito y una crítica implacable.

En una maniobra de alboroto propagandístico, Puigdemont se evadió a la acción de la Justicia, saltando de una democracia a otra como rana en pila de agua bendita. Sin empaque solemne, con pedantería indigesta y con esa sonrisa de optimista de verbena, el impertinente monigote sigue erre que erre con su latosa serie de desaciertos y traspiés. En este circo se han retratado otros payasos, alegres y confiados, prestos a posar con garbo. Junqueras, sanchopancesco personaje con aires de despistado tragón y devorador de legalidades. Forcadell, siniestra ama de llaves del independentismo con su rictus tragicómico. Rufián, tipo achulado proclive a las vulgaridades demagógicas propias de cualquier agitador encaramado en una tribuna. Colau, madrastra del separatismo, que un día sí quiere al hijastro, y otro también, pero a regañadientes, por si las moscas electorales. Guardiola, futbolista de alto nivel, distinguido entrenador, que en el descuento ha ganado portentosamente las oposiciones a juez. Pablo Iglesias, el docente de la demagogia, que ante un panorama dantesco aplica la ley de purgas. Carmena, que en la distancia de su casita de Cibeles, es como la abuelita de Caperucita Roja sin lograr esconder ni en pintura las fauces del lobo sectario. Y ¿qué decir de esos voceros informativos adocenados en la equidistancia? Gimotean por los encarcelados e ignoran a millones de catalanes que por no comulgar con el credo independentista son recluidos en un cerco de silencio.

El retrato más admirable y mejor acabado es la España constitucional. Con líneas bien cohesionadas, con el magnífico recurso de un luminoso ideal, con su rojigualda libertad recuperada sin estridencias en Cataluña, y, por supuesto, con la erguida figura de su Rey, que llena el espacio preferente para oponer a las locuras de estos tiempos las puntualidades de la cordura. Sobre la composición destaca un cielo brillante pero no despejado. El ya familiar artículo 155 traerá una necesaria restitución aunque con ciertas molestias y no pocos perjuicios inevitables que debemos aceptar porque lo anterior nos llevaba al caos. Pero esto apenas pasa de podar el árbol de la subversión sin tocar sus raíces. Aún quedan por limpiar del retrato de familia antiguas y enojosas telarañas.