Opinión

La "leyenda negra" anti-turca

TRIBUNA

Víctor Morales Lezcano | Miércoles 08 de noviembre de 2017

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide queda corto si comparado con la “leyenda negra” turcófoba que, a trompicones, se ha ido hilvanando en Europa en torno a Anadolou —el lugar por donde despunta el sol, pero también la madre tierra—.

La percepción del peligro oriental, de la amenazante invasión del continente europeo por los pueblos procedentes de Asia anidó desde hace siglos en el subconsciente del viejo mundo occidental. Asia y lo asiático representaban en términos freudianos aquello que no era familiar, doméstico (heimlich), sino que, por el contrario, se trataba de una presencia hasta temible. Una amenaza, en suma.

Cuando Constantinopla cayó en 1453 en manos del sultán otomano Mehmed II (apodado el Vencedor) encabezando a sus aguerridas tropas, la bandera roja con la media luna creciente ondeó en los puntos más señeros de —según algunos filólogos— eis-ten-polis, o sea, Estambul. Volvía a despertar el peligro oriental en el horizonte europeo, casi ocho siglos después de que el islam se enseñoreara del Magreb y de la península ibérica. Las huestes del Turquestán invadieron, ocuparon y “exportaron” el islam sunní más allá de Anadolou, a través del corredor de los pueblos cristiano-ortodoxos de Grecia y los Balcanes. El limes de la Tracia, entre Dar el-Islam y la Cristiandad, llegó, incluso, a establecerse a las puertas de Viena, la sacro-imperial y germano-romana capital centroeuropea que fue sitiada dos veces (1529 y 1683) por las tropas del gran señor del Topkapi. A esta fase de ocupación de Anadolou, sucedió la conquista y anexión de Egipto, Mesopotamia, Chipre y el Magreb —a excepción del sultanato de la dinastía saadí que imperaba en Marruecos—. Todo imperio, conviene recordar, se vuelve detestable en el fondo para las potencias que forman parte de un sistema internacional, aunque ese sentimiento se encubra bajo fórmulas diplomáticamente eufemísticas —donde las haya— por parte de los reinos circundantes. Esta última es una regla tan dorada como aquella otra que confirma que todo imperio termina por perecer. En las líneas que siguen, encontraremos el corolario de tales anatemas y sentencias.

El Imperio turco-otomano a partir de 1453 y bajo los grandes señores del Topkapi (Sublime Puerta), que fueron Selim I (1512-1520) y Solimán el Magnífico (1520-1566), provocó en la mente de los cristianos de Europa una imagen de Turquía comparable a un manantial de crueles y fieros infieles que, en nombre de Alá, habían venido a alterar las reglas del juego que arbitraban la Europa de los siglos XVI-XVIII. En el imaginario cristiano, a la amenaza del Oriente musulmán, tan próximo, temido y combatido, se sumó la fiereza despiadada de lo turco. La “leyenda negra” anti-turca se fue arraigando a medida que la Sublime Puerta se consolidaba, no solo en Anatolia y las provincias árabes adyacentes sino también en los Balcanes y en las orillas y retropaíses de los mares Negro, Caspio y Mediterráneo centro-oriental.

Que hubiera una corriente espoleada por turcómanos avant la lettre, como el controvertido autor [1] del Viaje de Turquía (1557), ello no fue obstáculo para que se perseverara, entre cristianos, en la creencia del rapto de Europa por los minotauros —no griegos sino turcos—, como los que aparecen reiteradamente en el yacimiento de Çatal Höyük, situado en el corazón de Anatolia. El mito adquirió, pues, el valor de un presagio. Sin embargo, tanto para la retina rusa, fronteriza con las poblaciones cristiano-ortodoxas de las provincias balcánicas del Imperio otomano, como para los viajeros, mercaderes y peregrinos a los santos lugares cristianos de Jerusalén (Palestina fue, no se olvide, provincia otomana), la decadencia de aquel Imperio a partir del siglo XVIII fue un “manjar” que despertó codicias infinitas, tal como lo recuperó magistralmente Bernard Lewis en su monografía The Muslim Discovery of Europe. Por ejemplo, los intereses franceses y británicos se acogieron precozmente al régimen capitular del califato otomano que les concedía derechos y beneficios nada desdeñables en los principales emporios comerciales de Anatolia y aledaños del imperio otomano, como Esmirna, Samsun, Antalia, Tesalónica, Corfú, El Cairo y Alejandría. No obstante, había que inventar en las cancillerías occidentales una fórmula de reformación (hoy diríamos reformista) para “enderezar” a los otomanos; fórmula que, a su vez, permitiera a los agentes cristianos conservar o acrecentar las posiciones conseguidas en los dominios de la Sublime Puerta. Fue a partir del siglo XIX cuando —según fuentes documentales acreditadas— El zar de todas las Rusias, Nicolás I (1796-1855) expresó urbi et orbi su inquietud por la seguridad y la supervivencia de las víctimas del yugo que los infieles invasores, con sus jenízaros en cabeza de línea, venían imponiendo a los pueblos eslavos y griegos desde 1453. Para resolver el asunto, el zar Nicolás propuso curar con olímpica resolución al “hombre enfermo”, al miembro perturbador del concierto de una Europa fabril y en plena expansión. El concierto de Europa que gobernó las relaciones internacionales entre 1815-1870 pudo salir airoso de esta manera. La Turquía de finales del siglo XIX, consecuentemente, ya no era temida, sino considerada como un cuerpo desvalido que había que sanar. De este modo, el Topkapi se vio obligado tanto a retroceder y a retirarse de sus dominios balcánicos, como al reparto del apetecible botín de su legado geopolítico entre los miembros más voraces del concierto de marras —Francia, Alemania, Rusia y ¡cómo no! The British Empire—.

A grandes rasgos, quizás sumarísimos, hemos expuesto cómo se incubó la “leyenda negra” anti-turca, que terminó incluso por acrecentarse. Fue así, pues, que Anadolou pasó de ser un nido de fieros guerreros, presuntos herederos de Atila, Gengis Khan, Timur Lang y los selyúcidas, a una pertenencia imperial agotada, que había entrado en fase de decadencia contaminante antes de mediados del siglo XIX. Procedía reformar aquel imperio a todas luces, pero si los inspiradores cortesanos y militares de las leyes de la Tanzimat no lo conseguían, se había previsto en las cancillerías europeas la disolución de aquel cuerpo enfermo que perturbaba, como se acaba de recordar, el concierto de las naciones. Y para culminación fáctica de hechos probatorios de la crueldad de los infieles turco-otomanos, se consolidó la sospecha de que el alto mando de la Sublime Puerta y el ejército imperial otomano planearon en 1915 la masacre de la población armenia constituida por cristianos insurrectos en pleno contexto de la Primera Guerra Mundial. (A propósito, el término “genocidio” fue acuñado y definido por el jurista Raphael Lemkin en 1944, y sancionado como delito por el derecho internacional en 1948). El exterminio de los armenios insurrectos aparece, pues, como un precedente difícil de esclarecer en profundidad, aunque ello bastó para que las cancillerías cristianas de una Europa en guerra (consigo misma) se reafirmaran en la necesidad de que — esta vez sí — Anadolou delenda est. Este final, vino a producirse, en efecto, con la derrota de los imperios centrales en la Primera Guerra Mundial, la firma del Armisticio de Mudros (1918) y el Tratado de Sèvres, poco después (1920). Al final, el “infame” habría merecido su castigo; una moraleja “buenista” poco convincente para cualquier historiador ponderado en sus planteamientos y en la emisión de juicios de valor asertivos en los que abundan unos cuantos profesionales.

La sorpresa para Occidente sobrevino cuando una insurrección republicana, muy extendida geográficamente, desencadenó en Anatolia una guerra civil de la que surgió vencedora la república laica presidida por Mustafa Kemal, luego estimado “padre de la patria” (Atatürk). La “leyenda negra” anti-turca no impidió que la regeneración de Anatolia llegara pronto a buen puerto; pero no, definitivamente, de la mano del sistema de Estados europeo, sino merced a los arrestos de un pueblo y de un líder que motivaron el siguiente comentario del orientalista español Emilio García Gómez:

“Con Atatürk, Turquía hizo al par lo que España había hecho en dos veces, con casi un siglo de distancia: la Guerra de la Independencia y el movimiento del 98. Como militar, Atatürk libertó la patria, haciendo casi que pasase de vencida a vencedora. Como renovador cultural, mostró una audacia sin parangón y estremecedora. Turquía, en sus manos, dejó de ser Asia para ser Europa y pasó de sede del Califato del Islam a república laica; el cosmopolitismo se redujo a turquismo hasta con discutibles entronques hititas; la lengua, sometida a un huracán, perdió una a una casi todas las hojas del vocabulario árabe y persa, vigorizando, en cambio, el tronco de su sintaxis uraloaltaica…”

El transcurso de los acontecimientos que siguieron al período de transición del antiguo régimen (1922-1924) a la república escapa ya a nuestro horizonte temporal; aunque, definitivamente, la Turquía moderna sigue en entredicho en los medios de Bruselas, donde se fragua la Unión europea en amplia medida; y donde lo turco sigue “digiriéndose” con dificultad en las comisiones y pasillos de la capital de la eurocracia.

[1] El Viaje de Turquía (1557) se atribuye a diferentes autores. Según su primer editor (1905), Manuel Serrano y Sanz, corresponde a Cristóbal de Villalón. Según el hispanista Marcel Bataillon (Erasmo y España, 1937), el autor podría ser el doctor Andrés Laguna. Fernado García Salinero, crítico y editor de la edición de Cátedra, atribuye la autoría de la obra a Juan de Ulloa Pereira.