Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2017. 544 páginas. 24,90 €. Libro electrónico: 15,99 €.
Por Carlos Abella
Después de leer la magnífica biografía de Ana Arambarri sobre el gran director Ataúlfo Argenta sé hasta qué punto su muerte tan prematura como inesperada frustró el brillante futuro profesional de un ya consagrado director de orquesta.
Ataúlfo Argenta. Música interrumpida es una exhaustiva, minuciosa y muy documentada biografía, que ofrece varios descubrimientos de relevancia histórica, como el detalle de las circunstancias de su muerte, que fueron durante muchos años secretas. También que, gracias a su afinidad amistosa con la familia Argenta, Arámbarri reproduce las ciento cincuenta y cuatro cartas que Ataúlfo escribió a su esposa Juana Pallarés durante casi veinte años, entre 1938 y 1956. Arambarri desvela su encarcelamiento en la cárcel de Segovia, durante la Guerra Civil, de la que fue liberado el 14 de diciembre de 1938, acusado de haber dirigido la Orquesta Proletaria. Este antecedente y su brillantez le granjearon la envidia de los sectores musicales más afines al régimen.
Argenta tuvo el privilegio de dirigir cuarenta orquestas fuera de España, acreditando estar a la altura de las más prestigiosas batutas de la historia y tuvo -como destaca Arambarri- su debilidad por los compositores románticos alemanes compatible con el mérito de rescatar a músicos represaliados como Bacarisse, destacando su preferencia por la exquisitez y delicadeza de Manuel de Falla. Argenta dirigió la Orquesta Nacional de España, desde 1947 hasta su trágico fallecimiento, y en numerosas ocasiones El sombrero de tres picos y El amor brujo.
Arambarri ha investigado extensamente todo el cúmulo de denuncias que el establishment musical del régimen vertió sobre la trayectoria política y categoría musical de Argenta, con motivo de haber escrito un artículo en la revista Ateneo, publicado el 15 de febrero de 1954 en el que analizaba la creación musical española en dos periodos, 1922-1936 y 1939-1953, resaltando la vivacidad del primero frente a la atonía y falta de relevancia del segundo.
Arambarri describe la personalidad musical y física de Argenta, cuya altura, presencia, mirada y agradable y sencillo trato, le hacían atractivo tanto a los melómanos como a todas las damas, de lo que era perfectamente consciente su esposa y gran amor, Juana Pallarés, que según revela Arambarri en la página 424 y 425 “vivía resignada ante el éxito de Ata con las mujeres, lo asumía como un rasgo más de su carácter. Sus desahogos no incidían en su relación, porque Juanita siempre tuvo la seguridad de que hiciese lo que hiciese nunca fue infiel a su cariño”.
El libro tiene mucho interés por la descripción de la digna figura y categoría humana de la esposa del músico, Juana Pallarés, que fue su gran apoyo siempre, hasta cuando llegó la confirmación de su calidad, dirigiendo las orquestas de otros grandes países. De hecho, Argenta estaba ya nombrado próximo director de la orquesta Suisse Romande, que tuvo el detalle de asumir la enseñanza musical de su hijo Fernando, al que nadie puede olvidar por el entusiasmo y pasión que puso durante tantos años en divulgar la música a través de inolvidables programas en RNE y en TVE y que desgraciadamente falleció en el año 2013, a la edad de 68 años, debido a un cáncer de páncreas.
En el relato de las páginas 431-442 Arambarri desvela las circunstancias de sus últimas horas y su muerte haciendo una minuciosa descripción de lo ocurrido desde el domingo 19 que había dirigido El Mesías de Haendel, en el Monumental Cinema madrileño, pasando por lo sucedido el lunes 20 de enero, desde el momento en el que Argenta despidió a su mujer y a su primogénita Ana María en el aeropuerto, donde Juana Pallarés tomaba el avión con destino a Suiza, para ser operada de una hernia discal, y su posterior regreso a su casa de la calle Alfonso XII nº 22 de Madrid. Desde allí se dirigió al chalet que la familia tenía en la localidad madrileña de Los Molinos, con el aparente argumento de que la visita se debía a recoger unas partituras de Schumann, necesarias para dirigir el viernes siguiente a la Orquesta Nacional de España.
Arambarri ha revelado lo ocurrido esa noche gracias al testimonio vital de la joven pianista francesa Sylvie Mercier, veintitrés años menor de Argenta, al que acompañaba, y a los que la nieve obligó a refugiarse en el coche dentro del garaje de la casa, al no estar la chimenea del chalet en condiciones de paliar el frío ambiental. Argenta y su pareja se instalaron en el asiento trasero de su Austin 90A y Argenta puso en marcha el motor del coche, pero el monóxido de carbono se fue acumulando y sumiendo al director en un último sueño letal. Ella sí soportó el sopor y la larga noche hasta que de madrugada pudo pasar al asiento delantero y comenzó a hacer sonar la bocina y a gritar, con la fortuna de que fue oída al amanecer del martes 21 de enero de 1958, por un obrero que realizaba obras en el chalé y que consiguió entrar en el garaje y descubrir el cadáver de Ataúlfo Argenta dentro de su coche.
La autopsia se le practicó en al tanatorio de El Escorial y Arambarri tuvo el privilegio de acceder hace años a su texto que confirmaba la muerte por inhalación de monóxido de carbono. Sylvie Mercier así lo explica: Ppasé ocho días en El Escorial porque pensaban que se había suicidado. El juez fue muy amable. Todo se aclaró, cuando se demostró que él había intentado encender el fuego de la casa” (página 434). Y Mercier concluye su testimonio de esta forma: “No he dejado de pensar en esto ni un solo día de mi vida. El hombre al que quería, mi primer amor, muerto. Yo tenía veintitrés años. Lo recuerdo como si fuera hoy”.
Dos días después Argenta era enterrado en el cementerio de la Almudena, despidiéndose el duelo oficial en la plaza de la Independencia. “Al cementerio asistieron- Óscar Esplá, Eduardo Toldrá, Jesús Arambarri, el maestro Gorostidi, Joaquín Rodrigo, Cristóbal Halffter, Jesús Guridi, Regino Sainz de la Maza, Pilar Lorengar, el bailarín Antonio, la agrupación de cantores de Madrid, miembros del Orfeón Donostiarra, profesores de la Orquesta Nacional” (página 340). Los periódicos dedicaron poco espacio a la muerte.
En conclusión, Ana Arambarri ha escrito una muy solvente y amena biografía, que debería leer y divulgar todo amante de la música, de la historia y de la verdad.