Opinión

La democracia según Isaiah Berlin

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 14 de noviembre de 2017

Como me ha ocurrido en tantas ocasiones, tampoco ahora me ha defraudado The New York Review of Books a donde he acudido para refrescar ideas sobre la Revolución de Octubre. La revista en su número más reciente, propone dos lecturas para la ocasión, a cual más interesante.

En primer lugar, se desempolva un texto de Isaiah Berlin de 1994, con ocasión del doctorado de este autor en la Universidad de Toronto, que hoy se lee con algo de desconcierto. El filósofo político hace un pronóstico favorable sobre el futuro del liberalismo y la democracia en el siglo XXI, frente al horror del siglo XX, donde ha habido tantas oportunidades para los "discípulos armados" de llevar a la práctica los extravíos ideológicos de algunos pensadores, así ha ocurrido con el estalinismo en relación con los planteamientos de Marx, y de Hitler respecto de los puntos de vista del romanticismo político del siglo XIX.

Berlin llama la atención sobre el hecho de que las catástrofes de este siglo pasado no son consecuencia del seguimiento de las bajas pasiones o malos instintos (miedo, ambición, afán de poder) sino de la consecución de auténticos ideales, como son los valores de la libertad y la igualdad. Lo más interesante de la reflexión de Berlin es que ve la fuente del dogmatismo, que lleva a la consecución de determinados fines por encima de todo, esto es, la realización de las ideas de justicia y felicidad por cualquier medio, en la trasposición del modelo de conocimiento del campo o el dominio de la naturaleza al de la sociedad o la política.

Pero mientras el patrón científico es inevitable en el campo de la naturaleza, donde el verdadero progreso consiste en encontrar las leyes que rigen el comportamiento de la realidad, pretender que pueda hallarse un modelo de conducta necesario y obligatorio en la vida social y política conduce a la catástrofe, esto es al dogmatismo y a la esclavitud. Cuando se piensa que las cuestiones básicas en la esfera individual o social tienen una única respuesta que puede ser descubierta, ocurre que se considera que debe ser llevada a cabo a todo trance, y que quienes la conocen merecen ser obedecidos.

Ocurre, en cambio, que los valores en la vida política no se encuentran ordenados o jerarquizados según una escala ineludible, antes bien, han de conjugarse en la organización de la comunidad, y su consecución no puede imponerse perentoriamente, sino irse logrando poco a poco, a medida que se extiende su aceptación en la sociedad. La igualdad no puede imponerse sobre la libertad, pues conduce a la asfixia y el retraso; ni la libertad sobre la igualdad, pues lleva a la anarquía. La seguridad del statu quo no puede impedir las nuevas iniciativas. "Ciertamente, si todo el mundo buscase la seguridad o la paz nadie perseguiría la gloria en la batalla o los deportes peligrosos".

Me conmueven en el discurso de Berlin dos cosas. Primero, el elogio de la moderación frente al entusiasmo, del pragmatismo frente al idealismo. Desde luego, la bandera de la templanza no es aquella que seduce a los jóvenes idealistas y entusiastas, pues parece dócil, demasiado razonable y burguesa, y no concita emociones generosas. "Pero, creedme, dice Berlin, no se puede tener todo lo que se desea, no solo en la práctica sino en la teoría también. La negación de esto, la búsqueda de un solo y total ideal, porque es el único verdadero para la humanidad, inevitablemente conduce a la coerción". Berlin parece insinuar el contraste que señalaba Kedourie, entre lo que entendía por política ideológica, que pretende bajar el cielo a la tierra, y la política constitucional, cuyo propósito es más modesto y que se conforma con mejorar gradualmente las condiciones de vida de la gente. El gran constitucionalista alemán Konrad Hesse ha apuntado a un cierto escepticismo valorativo, no muy propicio al entusiasmo o la movilización continua, como precondición ideal de la democracia.

La segunda reflexión a anotar es acerca de la fractura de la identidad entre la realidad política y la naturaleza, que explica la singularidad del conocimiento histórico, pero como viera García Pelayo, implica una cierta renuncia a ampliar el horizonte del conocimiento en las ciencias sociales. Ello, ha de admitirse, frustra algunas aspiraciones, como la idea de la Constitución como ley política, que aspiraba a racionalizar el mundo de la política. La idea de la moderación, esto es, de la necesaria composición o del pacto, podría haber sido relacionada por Berlin, con el elogio que Kelsen hacía del conflicto y el pluralismo en la vida política parlamentaria frente a la exaltación de la homogeneidad y orden de Schmitt como manifestación de la única voluntad del soberano, inoponible en el tiempo de la crisis.

Pero hablábamos de dos textos a comentar al comienzo de la columna. El segundo, en efecto, sí que está referido a la Revolución de Octubre y consiste en un estudio singular de la clase política que la llevó a cabo, esto es, de los bolcheviques. Su autor es Yuri Slezkine. El trabajo a que me refiero lleva el título, que hay que explicar, "The House of Government: A Saga of the Russian Revolution". También debo contarles que el autor en cuestión había publicado con anterioridad un artículo académico sobre la política de Lenin acerca de las nacionalidades, de gran interés, porque arroja luz sobre los resultados bien equívocos de tal política. Pero contarles qué es "el edificio del gobierno" enfrente del Kremlin, y cómo dejó la cuestión nacional en la URSS la política de Lenin, ya no cabe en la columna de hoy.