Opinión

Centenario de Pedro Infante

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 16 de noviembre de 2017

Llegamos al aniversario redondo del icónico cantante y actor mexicano Pedro infante. No es de mis favoritos, debo adelantarlo, pero no desconozco su talla mundial, o al menos en el mundo iberoamericano, al referirse a la música mexicana más renombrada, la ranchera, su nombre salta acompañado inevitablemente del de Jorge Negrete.

Nacido el 18 de noviembre de 1917, al leer usted estas líneas es partícipe de este centenario.

Se trató de un personaje popular, aunque considero que endiosado por Televisa, que con los derechos de sus películas –retransmitidas hasta la saciedad– ha explotado la imagen de un prototipo de mexicano que ya ha fenecido en gran medida. Para bien o para mal. Si a mí Infante me sonaba ya retro cuando era niño, hoy me suena prehistórico. Me sucede igual que con las imágenes en blanco y negro de sus afamadas películas –y pese a las escasas en color que alcanzó a filmar– nutriendo su efigie y su leyenda, que ya eran pasadas, chapadas en otra época.

Beneficiario como otros de sus contemporáneos, de la figura del charro mexicano –enaltecido exitosamente en el cine mexicano de la “Época de oro” de los años cuarenta del siglo XX– la gran pantalla lo catapultó con un don de gentes y un carisma reconocibles e inigualables que captaron perfectamente la lente de las cámaras. Yo desconozco si fue un buen o mal actor, o un magnífico cantante –a mí nunca me ha sublimado– pero de que se consagró, no cabe duda. Figuró y sigue figurando en el estrellato. No cabe duda que supo granjearse el gusto del público dentro y fuera de México. Entiendo que era un mazazo cada vez que se aparecía en una nueva película. Arrastraba multitudes y mucha gente siente especial cariño y apego por sus acciones y su apariencia.

Muerto en 1957 en un avionazo de oscuras causas –¿transporte de droga, consigna de matarlo, accidente?– perduró su imagen. Se afirma que murió en el momento preciso, en la cúspide de su carrera. Con cien años a cuestas es verdad que se dificulta pensar que realmente no murió. Le contaré algo: como no siempre hubo internet, cuando yo era niño y habían pasado menos años desde su fallecimiento, estudiando la primaria con un compañero extranjero, nos sorprendió a mis condiscípulos y a mí diciéndonos que la tarde anterior fue a la papelería a buscar una estampa, una monografía del ídolo de multitudes. Extrañados, le preguntamos la razón de semejante búsqueda, respondiéndonos que habiéndolo oído mentar tanto, le intrigaba su persona. Nos pareció ridículo. No la halló, desde luego, aunque hoy sí es posible dar con ella, amén de las bondades de internet.

La anécdota nos ilustra bien que en efecto, Pedro Infante fue muy seguido por la gente, si bien considero yo que con el paso del tiempo se ha diluido su estampa, tanto como el gusto por la canción ranchera, que se ha quedado en repertorio muy sobado y muy limitado cuando la invoca el gran público. Es decir en lo más conocido y comercial. Una lástima. Empero, Pedro Infante pertenece a una etapa ya pasada, y el mundo cambió igual que lo hizo México.

Concluyo: Pedro Infante cuenta con mucha más raigambre que Jorge Negrete, si bien hablamos acaso de públicos distintos. Porque a Infante siempre se lo miró más cercano al pueblo. Si Carlos Monsiváis lo declaró el personaje representativo del siglo XX mexicano, lo cual siempre será discutible, hoy pertenece al panteón de las grandes voces iconográficas que dieron a México una destacada presencia musical. Del género ranchero con esos tamaños acaso en la actualidad solo perviva Vicente Fernández, ya en retiro. El resto, ya no es lo que fue aquello.

Y reflexiono ¿será que Infante representa una imagen idealizada de un país en crisis? ¿acaso nos evoca una etapa que pensamos que fue mejor, enriqueciendo nuestro imaginario? A saber. Algo es verdad: muchas personas oyen sus canciones y recuerdan ipso facto a sus padres y abuelos haciendo lo mismo.