Alarma. Los pioneros de Facebook lamentan su masivo uso ideológico y psicagógico. La comisión europea instituye un grupo de trabajo para luchar contras las noticias falsas que se difunden por los nuevos medios informáticos. Un grupo de trabajo contra la desinformación que se produce en las llamadas redes sociales. En suma: la comisión europea nos quiere enseñar a reconocer la verdad.
Causaría asombro a nuestros antepasados recientes la rápida pérdida de valor de actividades que, pocas décadas atrás, se juzgaban de una modernidad triunfante y que parecían ocupar un lugar inalterable en la sociedad. Entre éstas, el periodismo. La sociedad de masas, cuya presencia se describe desde el siglo XIX, difundiéndose desde las grandes ciudades cosmopolitas de la Europa industrial, liberal e igualitaria, encontró en el periodismo – denostado por herederos de la tradición y aristocracias decadentes – su más apropiado modo de expresión. Pronto nuevos medios de masas – radio y televisión – ocuparon su lugar en la propagación ideológica y en la educación de los nuevos ciudadanos, sin que la prensa escrita perdiera su público. Las élites académicas debieron ajustar sus maneras al periódico y, luego, a la radio o la televisión. No pocos juzgaron el esfuerzo como degradante vulgarización y se encerraron en formas pronto extemporáneas, algunos con soberbia elegancia, otros con resentido desprecio. Los mejores lograron hacer de las nuevas formas, herramientas óptimas para la expresión literaria o filosófica. A mi juicio, pocos como G. K. Chesterton han ennoblecido el periodismo al punto de permitirnos hablar de un honesto, aunque efímero, arte del diario. Por no hablar de su espontáneo dominio de una radio incipiente y rudimentaria. También entre nosotros Ortega ha compuesto una parte importante de su obra con destino a la prensa diaria y ha dotado a la columna o al artículo de una indudable dignidad. Habría otros nombres ejemplares, pero la mayoría estamos lejos de mantener tal compostura en el ejercicio de esa forma de escritura funambulesca.
Las formas graves y dilatadas de la Suma o el Tratado (pero incluso del Epítome o el Compendio) sufrieron el mismo proceso de disminución y atenuación que toda forma cultural moderna, de la arquitectura a las costumbres, del arte a la moda. El ensayo se convirtió en el género por antonomasia del orden moderno, pero también su cuerpo se ha ido sutilizando, alcanzando hoy una llamativa ingravidez. Nuestra consigna es la rapidez y la levedad y hasta hace pocos años el periodismo diario resultó la respuesta más ajustada a esa exigencia. Hasta hace pocos años, porque si todo lo sólido se fue desvaneciendo en el aire, hoy el aire mismo se enrarece, merced a nuevos progresos tecnológicos que piden ya no un nuevo grado de ligereza, sino una extrema disipación.
Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han llevado al paroxismo la efímera levedad de las relaciones y las obras humanas. Lo que todavía hoy se llama “comunicación” ya hace tiempo que no merece tan sonoro título. El más inclemente individualismo, que alcanza el rango de una completa atomización, se une a la suspensión de la presencia real del cuerpo, efecto de la enorme distancia desde la que nos tratamos en nuestros intercambios virtuales. La facilidad para la farsa y el travestismo, para el disfraz y la ensoñación, que estas tecnologías esconden, supone un grado inédito de sugestivo fraude, que culmina en el más completo autoengaño. Y, sin embargo, en ese lábil viento electrónico la vigilancia y el control pueden ser perfectos, sin que uno deje de disfrutar de una estúpida sensación de impunidad. Una impunidad que deriva únicamente de la propia insignificancia. La faramalla que caracteriza el ruido electrónico de las redes sociales y su aparatosa forma de censura, domina la espectral vida social de nuestro tiempo. La censura actúa multiplicando el ruido de fondo que impide la escucha lenta y matizada, índice del respeto mutuo y del reconocimiento de la autoridad. La censura ya no impide el discurso, sino que fuerza una expresión incesante de banalidades y una opinión inmediata y gratuita. Este atronador ruido de fondo se ha instalado en nuestra conciencia como un incesante murmullo y una invencible agitación separándonos para siempre de las condiciones de silencio y dedicación asociadas al sentido radical del studium.
Se ha difundido últimamente la especie de que unos activos hackers rusos deforman la verdad interfiriendo en registros estadísticos, procesos electorales o en sistemas informáticos de gestión y administración en este dizque desarmado occidente. Pero la verdad ha sido prostituida por nuestro propio progreso, sin necesidad de intervención externa. Ya no es posible encontrar sus andrajos entre los afilados dientes de la masa de feroces tuiteros cuyos efímeros trinos, escritos en el agua, ahogan cualquier realidad.