Opinión

Volverás a Cádiz

TRIBUNA

Jorge Casesmeiro Roger | Martes 21 de noviembre de 2017

Una ex presidenta del parlamento catalán dice que debe contar hasta diez antes de hablar. Para no liarla cuando dice lo que piensa. Como el “por qué no te vuelves a Cádiz” que le ha tuiteado a la lideresa regional del partido naranja.

Mensaje que no creemos sea fruto de un calentón ni que lamente. Pues microscopía con demasiada exactitud la sustancia de eso que Juncker ha llamado el veneno nacionalista.

Seguro que muchos gaditanos recibirían contentos a la señora Arrimadas. Pero la que necesita un viaje de refresco por el tómbolo es la otra. Para que le cuenten lo de sus paisanitos en las Cortes de Cádiz. Donde se personaron en tropel al parto fallido de la nación liberal.

Al parecer llegaron los primeros. Y fue precisamente un clérigo catalán, Lázaro Dou, el primer presidente de aquellas Cortes. Destacando también el humanista y reputado taurófilo Antonio Capmany, para quien allí no había diputados de Cataluña, sino por Cataluña, ya que todos eran diputados de una sola Nación.

A Capmany lo incluyó Sempere y Guarinos en su enciclopédico Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III. Que es el rey del retrato tras El Discurso del Rey. Y Sempere y Guarinos, el que Julián Marías nos recuerda que refirió en su citada obra:

“Mientras una nación no llegue a consolidar en su seno el espíritu de unidad y de patriotismo, le faltan todavía muchos pasos que dar en la civilización. No es el mejor medio para extinguir la rivalidad de las Provincias, el referir por menos las patrias de sus Escritores. Antes acaso, convendría sepultarlas en el olvido, a lo menos por cierto tiempo, y que de ningún hombre de mérito de nuestra nación se pudiera decir más que ‘es Español’”.

El localismo, advertía Marías en dicha Tercera, hace ya una generación: “Se ha extendido asombrosamente y ha ocupado zonas de la sociedad en que es más extemporáneo y falso. Lo que era real en los mercados y en las aldeas se ha trasladado a las universidades y las publicaciones”.

Hoy conocemos bien el calado y la profundidad de esos fenómenos. Sin embargo, bien está que Sempere fuese alicantino, y Dou y Capmany de Barcelona, como la ex presidenta por el parlamento autonómico.

Y Arrimadas nació en Cádiz, igual que Albéniz en Gerona. El músico, digo. Que compuso sus impresiones andaluzas para escuchárselas a su amigo “Quinito”, el pianista barcelonés Joaquín Malats, el de la Serenata española.

Le entusiasmaba, a Albéniz, que un español estrenara sus obras: “Esta Iberia de mis pecados la escribo esencialmente por ti y para ti”, carteó Albéniz a Malats, consciente de haber llevado en esas impresiones el ‘españolismo’ y la dificultad técnica al último extremo.

Y cartas en las que también aprovechaba para desquitarse de Madrid: “Región de guasa perpetua, de la encubierta envidia”. Pero única provincia no sureña de la serie, en la que incluyó su alegrosa y libérrima Lavapiés.

Aunque mucho más bella es la gaditana El puerto. La Vanguardia la saludó como: “Un poema de una naturalidad y una frescura admirables, con ambiente clásicamente español”.

Balsámico ambiente, que acaso nos habría arrimado a la Condal la Agencia Europea del Medicamento. Y ambiente por el que hoy hace campaña una catalana de Jerez de la Frontera. La ciudad del vino que privó a los ingleses, y del caballo entero que todo el que entiende admira.

Esa Jerez tartesia, romana, goda, mora y castellana, a la que brindó Albéniz su ibérica de más lograda y acrecida complejidad. A juicio del decano Enrique Franco: “Cuantos elementos confluyen en el último Albéniz se sustancian y presentan en Jerez con la mayor naturalidad”. Es decir, con la frescura popular de esa copla de Perelló, que galopa y corta el viento / cuando pasa por el puerto / caminito de Jerez.

Era murciano, Perelló, igual que la madre de uno de los Jordis. Los que quisieron edificar una república sobre el capó de un coche de la Guardia Civil. Y entraron en Soto del Real, caminito de Jerez, porque no contaron hasta diez; como sí lo hicieron a tempo las ex presidentas del parlamento regional.

Tenía razón, María Zambrano. La historia comienza cuando se erige una construcción. Pero el orden de una sociedad democrática está más cerca del orden musical que del arquitectónico.