Ángel Duarte | Martes 08 de julio de 2008
No se preocupen ustedes. No es lo que sigue una crítica al uso, habitual entre los cofrades de una misma corporación académica: encomiástica si se trata de un amigo, denigratoria si el que la recibe se encuentra en las antípodas del que la escribe. No. La columna de hoy es, si me lo permiten, algo mucho más espontáneo. No hay segundas intenciones, ni afanes analíticos. Es una mera invitación a la lectura. Eso sí, a la lectura de un libro de historia.
Se trata del estudio que Jorge Vilches ha realizado sobre los liberales que, en 1808, se sumaron, intentando darle un sesgo determinado, a la revuelta contra el ocupante francés (Madrid, Gota a gota, 2008). Una revolución, la de 1808, que permitió a los españoles -a algunos de ellos- vislumbrar la posibilidad de pasar de la condición de vasallos a la de ciudadanos, de súbditos de la corona a patriotas de una nación en la que fuese posible -Constitución mediante- la plenitud de derechos y de deberes. Una revolución inconclusa -como casi todas- pero que les hizo concebir el lazo inextricable que en el mundo que se abría ante sus ojos, gracias al protagonismo popular, unían los conceptos de Libertad y de Nación.
El libro, pulcramente escrito, es, de hecho, una historia de las ideas-fuerza que impulsaron y nacieron del combate de los liberales de entonces. También es una aproximación a los medios de todo tipo de los que se dotaron para dar a conocer esas ideas emancipadoras, para extenderlas entre el común, para hacerlo frente a sus enemigos internos -los serviles, la reacción. Porque de todas las Españas que desobedecen, en la España europea que es de la que trata Vilches, sólo algunas creen en ese vínculo antes enunciado. Creen en él y lo propagan, lo sistematizan e intentan difundirlo.
De todos los personajes que pueblan las páginas del libro el que concita más simpatías es el madrileño, ilustrado, liberal y patriota Manuel José Quintana. Fundador de tertulias, polemista ardiente, alma del Semanario Patriótico. Personaje tentado por su admirado Gustavo O’Farrill, ministro del rey José. La escena tiene su qué. A la sugerencia de O’Farrill, en el sentido que la nueva dinastía estaba asentada y que “la razón y la prudencia” aconsejaban el apoyo a los Bonaparte, Quintana respondió que el “instinto moral de la nación española sería más fuerte que todos los cálculos políticos y militares”. La apuesta era arriesgada. En esta ocasión la ganó. No le ocurriría lo mismo -lo sabía con antelación y no quiso ni marcharse ni dar pasos atrás- al volver el Deseado. La fatalidad de los liberales españoles no siempre ha venido de fuera de nuestras fronteras. Casi siempre -y la caución es para no pillarnos los dedos- de dentro.
El libro de Vilches es, como todos los suyos, un libro de combate. Un texto en el que el autor no oculta sus discrepancias con otras maneras de entender el pasado de España. Maneras que él considera, con empuje vivaz, de globalmente académicas e izquierdistas. Bien, para eso está la crítica y el debate científico. Aquí, para lo que estamos es para recomendar la lectura de un texto entusiasta que intenta conciliar las lecturas del pasado y las preocupaciones del presente.
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