Nos lo habían dicho en tono sombrío: marzo había sido el peor mes en la historia de la contabilidad criminal en México, en especial lo relacionado con los homicidios dolosos, y si bien las cifras no explican sino agravan el horror cotidiano, ese por el cual usamos guardaespaldas cuya inexperiencia termina por matar a quien los contrata, como acaba de suceder –aparentemente--, con el señor Lagos Espinosa, estos datos son horribles.
Solamente en octubre se dio apertura a 2 mil 371 carpetas de investigación; junio era hasta esa fecha el mes “record”; con la triste y efímera medalla de oro con 2 mil 238 asesinatos.
El problema, nos dicen, se inició cuando Felipe Calderón declaró la guerra al narcotráfico, batalla cuya extensión se prolongó a toda clase de organización delictiva. Los resultados no, podrían haber sido peores, contraproducentes y fatales.
Durante el sexenio de Felipe Calderón hubo 80 mil 573 investigaciones registradas en el sistema de seguridad. En este sexenio, las cifras son espeluznantes, si aquellas lo hubieran sido menor: 93 mil 659 y contando.
Si el delito es como un cáncer estamos frente a una metástasis intolerable. Muchas voces han dicho ya basta, pero no basta con las voces de urgencia, alarma o advertencia. No basta, por lo visto para que baste.
Hoy como nunca antes vuelve a tomar vigencia aquella frase de Vasconcelos cuando en un viaje de ferrocarril durante su campaña presidencial les preguntó a sus colaboradores por el olor de México.
Muchos, bucólicamente, hablaron del olor de la tierra y los bosques, otros del olor de la masa y la milpa, algunos de la fragancia de las flores. Pero el maestro les dijo molesto, no señores, el paisaje mexicano huele a sangre. Pero nunca ese olor se había convertido en la peste de los días actuales.
-¿Hasta cuándo, hasta cuándo?