Opinión

Ciudadanos no es una ilusión

TRIBUNA

Agapito Maestre | Lunes 27 de noviembre de 2017

Inés Arrimada es la candidata más fuerte para ganar en Cataluña. Las encuestas así lo confirman. Tiene detrás de ella un líder nacional y, además, un partido cada vez más sólido. Conforman un grupo de personas con ideas claras, preparadas y coherentes. Entran en los temas que dominan y no tiene miedo a ser tildados de radicales en cuestiones de alto calado político, por ejemplo, el cupo vasco. Albert Rivera no está solo; está bien rodeado por políticos de envergadura y algunos de fuerte contextura moral. Eso fue lo que pensé el otro día paseando por Madrid. Mientras caminaba hacia mi domicilio, aún no eran las cuatro de la tarde, cuando pasé por la calle Zorrilla hacia la de Cedaceros, miré al Patio del Congreso de los Diputados y vi a varios diputados en animada charla, mientras fumaban; destacaban en el grupo que formaban los catalanes Tardá, el separatista de ERC, y Xavier Domènech, uno de En Comú-Podemos, que se dio un beso en la boca con Pablo Iglesias en una sesión del Congreso; fumaban compulsivamente y hablaban con desgana, aligeré el paso ante aquel espectáculo del Patio del Congreso no fuera a sentarme mal mi paseo de sobremesa, pero al instante pensé en otro diputado catalán, Juan Carlos Girauta, de quien había leído por la mañana una columna, en El Español, tan bella como melancólica, cuya tesis fundamental era que el nacionalismo catalán le había robado una buena parte de su existencia en Barcelona.

Me costará mucho olvidar el comienzo de su artículo: “Llego a Madrid los lunes a las diez de la mañana, emerjo de Atocha y respiro libertad. Es algo inmediato.” La asociación de ideas me persiguió hasta mi casa: ¿se sentirán Tardá y Domènech cuando llegan a Madrid tan libres como Girauta? ¡Vaya usted a saber, me dije, cuáles son los humores de unos diputados que dicen que Cataluña no es España y que el hombre jamás será libre mientras haya capitalismo! Ponerme en la cabeza de esa gente me resulta imposible. Quizá por eso es tan difícil hablar con ellos. El nacionalista catalán, que tanto aplauden los comunistas de Podemos, vive en un mundo raro, entre la locura y el poder, donde hoy dicen una cosa y mañana otra; todo vale, declaran la guerra a España y, al rato, nos sugieren que era una broma; el nacionalista es un fanático, aunque se exprese con formas suaves, que puede mantener una cosa y la contraria si es para reivindicar que los catalanes (independentistas o no) conforman una raza superior al resto de los mortales españoles.

Ya digo, eso, el separatismo catalán, es una locura contra la que arremete Girauta con alma racionalista y esperanza liberal en su columna. Lo viene haciendo hace ya años, pero ahora ha añadido un punto de vista personal e íntimo que muestra el lado más trágico del nacionalismo: está devorando la intimidad de las personas. Sí, la desgracia de la ideología nacionalista ha hecho que los mediocres, según mi amigo, se sientan especiales, los ignorantes ilustrados y los frustrados realizados, mientras unas pocas familias arramblaban con todo en una operación latrocinio impune como no la ha conocido Europa occidental desde la segunda posguerra. Pero hay todavía algo peor, según mi combativo amigo, esa cruel ideología ha invadido el terreno de lo privado hasta quebrar y destrozar los afectos personales y familiares. La misma vida de Girauta se pone como ejemplo de esa terrible escisión. Una quiebra que quizá se cure con el trabajo del olvido de los años perdidos. Una fractura del alma que los paseos por el bosque chejoviano del Retiro transformará en fuerzas para otras generaciones: “Resistir tantos años sin que haya llegado a rozarme esa podre ha resultado un empeño agotador. Pero lo he conseguido. Pronto los desalojaremos del poder, aunque yo ya estaré lejos, sumergido en aquella novela de Mircea Cartarescu u olvidando en el Retiro los años perdidos.”

El nacionalismo catalán no solo ha terminado con una vida pública más o menos sana, sino que ha invadido la esfera privada y más íntima de los seres humanos. Ha conseguido emular el mayor de los horrores del comunismo y del nacionalsocialismo: ha hecho desaparecer la confianza entre los miembros de una misma familia; hoy es difícil no hallar en Cataluña una familia que no esté emponzoñada por el proceso secesionista. El enfrentamiento entre padres e hijos, la ruptura de relaciones entre hermanos y las turbulentas vinculaciones entre amigos, en fin, el mundo de las relaciones privadas ha sido invadido, o sea pervertido, por el nacionalismo… Cuando se confunden los terrenos público y privado, desaparece la política, y domina la imposición totalitaria. La sociedad es asfixiante. Todo se hace irrespirable. Por eso, nadie se extrañe que un diputado por Barcelona en Madrid, Juan Carlos Girauta, se sienta el hombre más libre del mundo. Madrid respira libertad. Madrid es solo una ciudad. Será el estro de Ciudadanos para que Barcelona se afirme en lo que fue “archivo de cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valiente, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, en sitio y en belleza, única.” (Cervantes).