Aurelia no sabía quién era, qué hacía tan quieto a su lado, no pudo conocer su propia hambre, ni supo distinguir el día de la noche, la vida de la muerte. Se adormeció en una atmósfera densa, junto al cuerpo sin vida de su hijo, y se disipó plenamente siguiendo la misma línea de atenuación indefinida por la que resbalaba desde hacía años. Aurelia padecía un estado muy avanzado de ese devastador eclipse de la memoria que llamamos Alzheimer. Agustín acaso previó la tragedia, tras la dolorosa punción en el pecho que le dejó sentado frente al televisor. Junto a su raíz vital, al lado de su madre absorta y quieta, a la que condenaba su propia muerte. Sea como fuere, quedó inmovilizado ante una pantalla absurda, mudo para siempre, con el corazón roto. Dos viejos – el uno para el otro – aislados del mundo, uno para otro el mundo todo. Fueron encontrados tiempo después, dos cadáveres más en el páramo de soledad en que se va convirtiendo nuestro mundo. Al menos dos, juntos, encadenados en su hundimiento. La noticia es desoladora pero conserva un aliento de humanidad.
James Dempsey de 89 años se extenuó dolorosamente sus últimas horas en una cama de hospital, las enfermeras que vigilaban su última batalla no sólo ignoraron su agonía, sino que se burlaron de su dolor. Dempsey falleció en 2014, ahora pueden verse las imágenes terroríficas que delatan el sistema de atención sanitaria. Un sistema sucedáneo de la sutil atmósfera comunitaria que envolvió tradicionalmente los graves momentos que jalonan toda vida y, muy especialmente, el nacimiento y la muerte.
Semanas atrás, en el curso de un desahucio, se encontró el cuerpo momificado de un hombre de 56 años, fallecido hacía cuatro. El cadáver habitó la casa cuatro largos veranos, siguió cumpliendo años bajo la luz del sol o el frío de la noche, a pocos metros de unos vecinos que soportaron un profundo “olor a pozo” hasta que el desahucio se consumó y el cadáver pudo hallar la tierra. El piso ha sido ilegalmente ocupado por una familia que acaso redima esas paredes de su silencio.
Hace meses una anciana en situación de miseria falleció a causa de un incendio, efecto de las velas que usaba para suplir la energía eléctrica que no podía pagar. Pronto un clamor se elevó contra el Estado que no registró la situación de miseria extrema de la ciudadana. El vecindario se hizo cruces ante tamaña falta de eficacia política. Muchos conocían la lamentable situación en que la fallecida se encontraba, pero el auxilio es para nosotros una función política que sólo el Estado puede aportar. El Estado, que viene a relevar el orden antropológico de nuestra vida en común. Este memorial de desdichas quiere, simplemente, plasmar los datos de la estadística. Diariamente se encontrarán noticias semejantes, cada día menos visibles, más habituales, pronto irrelevantes.
En Suecia casi la mitad de la población adulta vive sola y un número creciente abandona este mundo en la misma soledad que arruinó sus días. En Inglaterra junto al crecimiento constante del número de singles apareció hace décadas el fenómeno de un nuevo modo de relación contractual, interindividual, sin registros ni ceremonias: Double-income no kids (dinki) Dos sueldos sin hijos. Se comparten algunas horas, aficiones y ratos de ocio, ocasionalmente se visita la misma cama. Cada uno mantiene su fabulosa independencia, sin lazos determinantes, sin vínculos permanentes. Alta renta y ocio compartido, acaso los años permitan construir un hilo tenue que sostenga la unión hasta el último aliento. Pero la solidez no es la norma de nuestras relaciones.
Un progreso revolucionario ha conmocionado nuestras vidas, propagando una oleada de bienestar que afecta a todos nuestros gestos. Se verifica la promesa de una nueva civilización, fruto del progreso racional y tecnológico: incremento productivo, facilidad de movimiento, satisfacción inmediata de deseos o necesidades. Acaso semejante bendición productiva justifique el dolor del individualismo inclemente. Acaso venga después el regreso a formas de vida en común fruto del cálculo racional y la decisión informada. A día de hoy, liberación tras liberación, hemos llegado a un abismo de soledad sin matices. Éste es nuestro mundo y nosotros los responsables.
En la búsqueda de una redención de esa soledad se abren paso confusas formas de espiritualidad. Energéticas, místicas, alternativas a una religiosidad periclitada y languideciente. Y junto a los que buscan – o en ellos mismos – se encuentran otras vidas, heridas de una brutalidad impensable: manadas orgiásticas, evasiones violentas, experiencias oníricas. Habría que empezar por mirar a todo y a cada uno, a un horizonte que se pierde y a un prójimo que se aleja.