Opinión

Una Navidad sin religión

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 03 de diciembre de 2017

Para los católicos de todo el mundo, el Adviento que comienza hoy no es el final de un año sino más bien el comienzo de otro. A la fiesta de Cristo Rey, última del año litúrgico, le sucede el tiempo de preparación para la Venida del Salvador del Mundo. Con ella, todo comienza de nuevo para culminar en la Resurrección, verdadero centro de la revelación cristiana.

En el pensamiento bíblico, esta renovación del tiempo tiene consecuencias personales y sociales. Por una parte, el Adviento supone una preparación para el nacimiento del Mesías. Las lecturas, las oraciones y, en general, la liturgia va encaminada a “preparar el camino al Señor” con una alegría contenida por la espera de la Natividad. En palabras de Karl Rahner, uno de los grandes teólogos del siglo XX junto a Joseph Ratzinger, “la Navidad significa que Él ha venido, que Él ha iluminado la noche. Que Él ha convertido la noche de nuestras tinieblas, la noche de nuestra ignorancia, la noche terrible de nuestras angustias y desesperanzas en una noche buena, en una noche santa”. Esto celebran la antífona del oficio de Laudes de Navidad, en que el canto gregoriano adquiere notas de una belleza deslumbrante: “La madre ha dado a luz al Rey, cuyo nombre es eterno, y se alegra de haber sido madre manteniendo su pureza virginal. No ha habido antes ninguna como ella ni habrá después, aleluya.” Durante veinte siglos, la identidad de Europa se construyó sobre esta convicción de que la historia puede ser redimida y de que las tiranías, las injusticias y las tragedias no tienen la última palabra sobre la vida del ser humano.

Esta convicción de que el Creador no abandona a su criatura ni a su creación tenía evidentes consecuencias políticas. El potencial profético del cristianismo -su oposición a que el poder temporal acapare todas las facetas de la vida humana, su recuerdo constante de las viudas, que representan las personas más vulnerables del tiempo de Jesús, y de los pobres, los enfermos, los extranjeros y los presos- ese potencial, digo, jamás pasó desapercibido a los gobernantes del mundo. La Encarnación anticipa la radicalidad cristiana: el Salvador del Mundo nace pobre y forastero, en un pesebre “porque no tenían sitio en la posada”. Millones de cristianos se sienten así física y espiritualmente: sólo les queda la esperanza de Cristo y la redención de la condición humana que su Encarnación representa.

Por eso, los regímenes totalitarios del siglo XX -los más poderosos que jamás hayan existido- desconfiaron tanto de esta celebración que anuncia “una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor”. Algunos trataron de prohibirla y otros de controlarla. Todos intentaron influir en ella.

Quizás la forma más efectiva de neutralizar el potencial espiritual del Adviento y la Navidad sea despojarlo de significado religioso. Privado de esa fuerza de renovación, este tiempo se ha ido convirtiendo en un periodo de compras, estrés festivo y buenas votos que caducan a poco de comenzar el año nuevo. De ser un tiempo sagrado de reflexión y elevación, el Adviento se ha ido convirtiendo en la antesala del gran consumismo navideño y de Reyes.

Por doquier, uno escucha canciones navideñas en inglés que celebran la llegada de Santa Claus a la ciudad y mensajes que invitan a comprar juguetes. El rojo y el blanco de Papá Noel, tomados de la publicidad de una bebida refrescante, se alternan con los colorines de la iluminación de las calles comerciales de las ciudades de España. Los abetos se engalanan con bolas y cubos brillantes que presagian regalos. Dentro de poco, las felicitaciones navideñas con paisajes nevados y fotografías más o menos “bonitas” inundarán los buzones.

Cada vez es más difícil encontrar al Niño recién nacido, a la Virgen María, a San José y al imaginario que ha dado a la cultura europea algunas de sus obras de arte más bellas. Apenas se recuerda el sentido último de este tiempo de Adviento, que no es prepararse para cenas más fastuosas ni regalos más generosos, sino ponerse en disposición de asistir al misterio fastuoso y la generosidad infinita del cumplimiento de la mayor promesa de la Historia: la Salvación del mundo. Esto profesan los cristianos que sufren una progresiva expulsión simbólica de su tiempo y sus fiestas sagradas.

En la iluminación “navideña” de las calles de Madrid -permítanme tomar el ejemplo que tengo más a mano en la certeza de que sucederá algo similar en el resto de España- hemos ido pasando de las estrellas a las escobas luminosas y los cubos-cajita de regalo hasta llegar a luces desplegadas que solo brillan. Nada recuerda el misterio de la Navidad que se aproxima. Nada evoca el sentido religioso de la fiesta. A fuerza de luz, se ve cada vez menos de qué trata todo este tiempo.

Tampoco los belenes gozan de la presencia que merecerían. Esta tradición que llegó de Italia y se hizo tan española viene sufriendo ataques año tras año por parte de aquellos que pretenden celebrar la Navidad -y desde luego aprovechar sus festivos- sin que quede el menor rastro de su verdadero significado. So pretexto de no ofender a nadie, en realidad se trata de volver invisibles a los cristianos.

Por eso, deberíamos devolver al Adviento y a la Navidad la presencia religiosa que deben tener en el imaginario de nuestras ciudades. Si las calles van a adornarse, es absurdo adornarlas con luces de colores sin significado alguno. Si han de embellecerse las fachadas, los deseos de paz y buena voluntad del final de año no deberían soslayar que su inspiración es bíblica y aun evangélica, y no fruto de un “espíritu navideño” que solo aspira a impulsar las ventas de los comercios.

Ese potencial liberador y profético que tiene este tiempo -ahí Juan, el Bautista- nos recuerda que nuestra vida no es fruto del azar y que, desde luego, no se agota sólo en lo que podemos comprar. En estos días, debería resonar con fuerza la profecía de Isaías: “¡oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed sin plata y sin pagar, vino y leche!”. Los seres humanos valemos por lo que somos y no por lo que tenemos. Deberíamos recordarlo más a menudo.

No tengo nada contra las compras navideñas ni contra las felicitaciones ni contra las luces -aunque las de Madrid son de pésimo gusto desde hace mucho tiempo- pero toda esta parafernalia está ocultando el sentido sagrado y profundo de esta fiesta que viven millones de creyentes en España y en el resto del mundo. A una verdadera colonización cultural -hay una cadena de cafés carísimos a la que ya no voy porque el troleo con White Christmas se me ha hecho insufrible- se suma el desprecio y el olvido de las raíces de lo que se celebra. Esto sí que me preocupa.RUIZ