Opinión

Las reglas de la excepción

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 06 de diciembre de 2017

Muy raros tiempos los que nos tocan en suerte. Por un lado hemos avanzado fabulosamente en higiene, comodidad y confort; por el otro, aterradoramente, vivimos perdiendo en buen gusto e intimidad. De manera ventajosa las distancias se han acortado; pero, la informatización nos ha puesto al alcance de una pandemia viral de internet que nos vuelve vulnerables. Las semillas pueden germinar o estallan en el aire y hasta el mismo absoluto está en tela de juicio. Diálogos y más diálogos en esta guerra caliente de propuestas para no ponernos de acuerdo y cada cual hacer lo que más le conviene. Dudas y más dudas ante pocas certezas. Nunca más cierto aquello de: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”. Visión pesimista, por supuesto, pero bellamente expresada por el poeta Ramón de Campoamor.

Hoy todo está al alcance de versátiles pantallas digitales que pulsan hasta las personas más simples para comunicarse, o seguir incomunicadas; y lo hacen con la facilidad que antes tenían los envidiados telegrafistas para transmitir mensajes secretos. Esto lo intuyó Marshall McLuhan (The user is the content; el usuario es el contenido, referido al emisor y al receptor), pero se quedó corto. Hoy todos somos emisores y receptores.

Abrumado de noticias, el pañuelo del mundo, sostenido en la Web, nos propone viajar por el hondo espacio sideral. Sometidos a pantallas y mensajes de WhatsApp, Twitter o YouTube, donde los Memes reemplazan gestos y sentimientos, navegamos en un presente amenazado por naufragios que nos maravillan y aterran sin revelarnos la tormenta que ocultan. Todo es misterio sobre misterio. Los arquetipos ya no se encuentran en la épica ni en la cultura; menos en la política, o en la justicia, cada día más bastardas e infames. La llamada modernidad (para algunos pos) se apoya en la cibernética y en una teoría de la comunicación, que inspirada en las matemáticas y la lógica combinatoria nos ofrece un panorama cada día más próximo a un relato de ficción científica, que ni pudieron imaginar Bacon, Verne ni Bradbury, los padres del género.

Así, de esta manera, menos simple que compleja, nuestra convivencia ha pasado a ser confusa y resignadamente aprobatoria. Si hasta el mérito lo medimos por la fama o por esa falsificación de la fama, que hoy llamamos promoción. Casi no existen las epopeyas. La publicidad nos invade de tal forma que poco nos interesa saber qué dicen los mensajes recibidos a mansalva y quién los dice; tampoco la forma en que se transmiten y reciben. Sería vano buscar un espíritu común establecido en la cordura democrática con principios humanitarios. Por consiguiente, los medios señalan los fines, aunque no la orientación y menos aún el destino, que poco o nada ya cuenta. La historia como pasión se nos ha evaporado en esta época donde todo, en permanente cambio, nos arrincona con avatares inimaginables, acechantes a la vuelta de cada esquina o de cada mensaje que flota en el espacio y nos persigue como nuestra propia sombra.

Hegel fue el primero en indagar sobre la dialéctica que centrada en el devenir, en la contradicción y en la mutación opera sobre las cosas y sobre nosotros sin detenerse nunca; todo está sujeto al cambio. Luego Schopenhauer reafirmando ese principio nos advirtió, con indiscutibles argumentos, que lo único inmutable en esta vida es “el cambio”; es decir, que todo está en perpetua evolución y que la unidad de los contrarios y todo lo que nos rodea se modifica incesantemente.

Traídos estos conceptos a nuestros días, en una época que todo cambia de manera sorpresiva, la misma palabra “cambio” (y su aceptación a través de Schopenhauer) parece menos una explicación que el principio de una rareza; expresa, sin embargo, la gran paradoja que sacude al Planeta. Hasta no hace mucho la política era reflejo de las culturas y de la geografía, y los vínculos entre los países parecían tan estáticos e inmutables como una cordillera o una llanura. Hoy las piedras se estremecen hasta en lo más hondo y provocan ciclones y terremotos inesperados; los muros se derrumban y los paisajes mutan de manera sorprendente. Algunos lo atribuyen al calentamiento global y otros, quizá menos rigurosos en el análisis, a un apocalipsis que se empieza a manifestar. Que ocurre en tanto con las relaciones entre los pueblos del mundo. La lectura no es sencilla: de manera paradójica Estados Unidos encarna el proteccionismo; Rusia, el nacionalismo imperial, y el Partido Comunista Chino, la globalización capitalista. “El mundo del revés”, calificaría una ilustre poeta.

Vemos así que la Unión Europea, el mayor ejemplo de sensatez internacional del siglo XX, se ve acechada no por los “neoliberalismos”, sino por ciertos “neopopulismos territoriales” y por “secesionismos inquietantes”. En el cercano y lejano Oriente los fanatismos religiosos se enfrentan en una contienda despiadada que repercute con crueles atentados terroristas del otro lado del Mediterráneo. Los conflictos africanos afectan a millones de seres humanos. Un repaso de la situación social nos deja helados; la violación a los derechos humanos afecta la vida de sus habitantes, su seguridad y su convivencia.

Iberoamérica, en tanto, ofrece un panorama más reposado. Desde hace décadas se terminaron los golpes militares y las hegemonías de las grandes potencias, sin intervención directa, operan prudentemente a través de ausencias o presencias económicas que no alteran demasiado el desarrollo y la convivencia de los pueblos. El bloqueo a Cuba es menos operativo que formal y a través del aporte de los países europeos, aunque con algunas limitaciones, se comercia sin demasiadas alteraciones. Venezuela, paradójicamente, sigue vendiendo petróleo en los Estados Unidos, y con eso aún respira, haciendo alarde de una independencia exagerada, con la más alta inflación de nuestros días, que ha sumido en privaciones a un pueblo, donde sus gobernantes siguen restringiendo la libertad y exhibiendo sus banderas bolivarianas de soberanía populista. Países como Uruguay, Bolivia, Paraguay, Colombia, Ecuador y Perú han encontrado un centro que les permite afianzar un sistema democrático estable. Brasil crece, a pesar de las monumentales coimas sin costado político que emergen cada día. Chile, el país más adecuado a un esquema de alternancias entre derechas e izquierdas moderadas, se muestra algo confundido dentro de unas elecciones presidenciales que no altera su extraordinario desarrollo. La economía, con los correspondientes altibajos de un consecuente libre mercado, permanece estable y con saludables perspectivas.

Sólo la Argentina parece empecinada en continuar su descenso político y económico, tropezando siempre con la misma piedra y a contramano de casi todos los demás países del Continente. Marchas y contramarchas que la llevan de un extremo a otro perdiendo terreno cada vez más y dificultando un avance que entorpece su desarrollo y atenta contra la calidad de vida de sus habitantes. En el disparatado teatro, que va desde propuestas de ajustes insólitos a naufragios de obsoletos submarinos, los golpeados peronistas fatigan un rumbo incierto y cada día más rezagados se oponen a un tibio cambio que propone el actual gobierno sin demasiada convicción. El Estado no deja de agrandarse y el gasto público descalifica las buenas intenciones.

Luego del triunfo de Cambiemos el tembloroso peronismo de estos días ya no es un sentimiento; es, lamentablemente, un melancólico resentimiento que mantiene la peregrina idea de que sólo esa corporación puede gobernar a la Argentina. En su actual decadencia e inequidad, sus caciques y capitanejos, dueños de un provechoso modus vivendi que los convirtió de hecho en una casta de magnates, ahora tiemblan ante la abstinencia de poder, echando espuma por la boca y reclamando los perdidos privilegios. Quizá en este momento no hay en la Argentina algo más conservador que un peronista. Los gobernadores de la corporación acaban de avalar con total impunidad las reformas previsionales, laborales y financieras, que afligen a trabajadores, pequeñas empresas y jubilados. Por otro lado, si las dos dilatadas décadas de peronismo hubieran significado un avance consistente de la Argentina, si su prometido rol de fuerza democratizadora en lo económico y social se hubiera verdaderamente cumplido, si hubiera sido capaz de mantener su templanza centrista y no se hubiera bamboleado alegremente de izquierda a derecha, hoy no estaría siendo tan cuestionado por algunos de sus coherentes seguidores. A la vista de los resultados, con un cuarto de siglo como muestra cabal, “el peronismo administró pesimamente a la Argentina” hundiéndola más en el subdesarrollo.

Hay, sin embargo, quienes intentan reivindicarlo y hasta resultan inimputables, acaso por los ingenuos conceptos esgrimidos; verbigracia el exaltado sociólogo francés Alain Rouquié, pensador menos clarividente que perspicaz, quien afirma que “ser peronista es una mezcla de ternura y pasión que está más allá de la política”; algo así como una forma de decir “yo no me meto en política porque siempre fui peronista”, frase pronunciada por uno de los personajes de No habrá más penas ni olvidos, la ya célebre novela de Osvaldo Soriano. En parte quizá tenga razón el profesor Rouquié, pues hay bibliotecas enteras sobre el peronismo, lo que significa que no lo entendió nadie. Nuestro amigo, enamorado con imprudencia de Juan Domingo Perón, su objeto de estudio, hoy se pregunta también, con gravedad académica, si no será “la hora de los peronismos en Europa”. Algo también menos disparatado que inocente si tenemos en cuenta que los movimientos populistas han caducado (o están caducando) en todo el mundo; a excepción del creado por el líder argentino, que renguea, pero prosigue con cierta vigencia. El fascismo de Mussolini o de Franco se ha disipado de la faz de la tierra. Y ni hablar de engendros como el APRA peruano (Alianza Popular Revolucionaria Americana), que ni siquiera lo evoca el generoso folklore de su país.

El marxismo-leninismo también está en picada en toda la región. En los años 70’ prosperó intelectualmente en países como Chile y México y fue el dispositivo político que durante décadas recogió la indignación, el inconformismo social y la oposición al “sistema capitalista”; entendido éste como una democracia institucionalista en busca de un Estado de bienestar, que la izquierda creyó siempre imposible o en todo caso indignante. No se trataba de la revolución delirante, sino de un proyecto que por la vía pacífica mutara en una sociedad socialista. La aspiración más apasionada, la de Chile, fracasó rotundamente con Salvador Allende, dando paso a una las dictaduras más violentas del Continente. Fue en los remotos tiempos en que la Unión Soviética era una superpotencia y dominaba medio mundo con esperanzas hegemónicas; las otras formas del socialismo real, aunque a veces antagónicas, operaban de algún modo bajo esa sombra gigante y verosímil.

Con decisión, aunque sin demasiado poder político en el terreno popular, el maoísmo operaba por medios más violentos, con apoyo de las corrientes radicalizadas. Era un trotskismo duro en el planteo social, aunque débil ante el contexto militar, que lo llevó a una frágil lucha armada con fracaso rotundo. La conquista de la prosperidad por parte de los europeos y sus imitadores y la implosión del proyecto soviético con la consecuente caída del Muro de Berlín pulverizaron esa bipolaridad y abrieron las puertas al trasnochado concepto de otro “fin de la historia”.

Por suerte, aunque el Occidente ha sido a su vez escenario de muchas convulsiones, ninguna de ellas modificó realmente las estructuras económicas, sociales y políticas. Y países como Francia, Gran Bretaña, Holanda y Bélgica han dejado de ser imperios coloniales. Alemania se unificó y los Estados Unidos siguen siendo la cabeza del Occidente. El modo de producción es el capitalismo y los sistemas no han cambiado en lo fundamental. En uno de los países con mayor y más honda tradición marxista, Alemania, se produjo un cambio de signo contrario: Hitler y sus nazis. Otro rebote del marxismo. Quizá Nietzsche y Dostoievski vieron más lejos que Marx: la gran novedad del siglo pasado no ha sido el socialismo sino la aparición de los estados totalitarios, siempre en manos de un comité de inquisidores.

Pero en la realidad, la historia nunca se termina, es dialéctica como querían Hegel y Schopenhauer; apoyada en el “cambio permanente” sigue su marcha incontenible. Y así, la pulsión antisistema, refundido el aparato que le daba cauce, buscó una nueva alternativa. Una suerte de neopopulismo, revival de experiencias anacrónicas y peligrosas, hijo dilecto de la tara anticosmopolita y pariente atolondrado del languideciente fascismo. Y, por suerte también, se cayeron los grotescos nacionalismos. Ninguno tuvo en cuenta la confesión de Albert Camus: “Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista”. Ni a don Camilo José Cela, que profetizó con una sonrisa que “El nacionalismo se cura viajando”. En fin, todas las reglas tienen su correspondiente excepción.