Las luces de Navidad ya no son reflejo de la Luz, y la alegría de los transeúntes – flâneurs cada vez más convenientemente orientados en calles de dirección única – no procede del triunfo de la Realidad. Hay en los rostros un gesto pánfilo cuyo trasfondo es el placer de la compra, que puede mudar rápidamente en dentellada, como lo hace durante la ansiosa depredación de las rebajas. Por otra parte la vieja iconografía navideña se disolvió en una impertinente geometría o una astronomía depurada y vacía de referencias divinas o humanas. Y es que hoy se quiere la vacua celebración de un solsticio impersonal y anti-patriarcal, que se resume en la noche más larga.
Verdaderamente una larga noche nos aguarda, que será engañada con luces artificiales, hilo musical y mercancías insospechadas. Cuando se tilda de neopagana nuestra forma de celebración se comete una injusticia contra el antiguo paganismo. El paganismo antiguo, si no religión verdadera, era una forma de verdadera religión. Pero hoy nos falta el misterio que haría posible un auténtico paganismo, porque la invocación y celebración del solsticio resulta ridícula cuando se contempla como un fenómeno astronómico de naturaleza perfectamente conocida; como si pudiera celebrarse la gravitación o la inercia. El solsticio no esconde a nuestros ojos ningún misterio y, si lo esconde, es simple superstición, fruto de la ignorancia.
Ya hace tiempo que la imaginería inclusiva y la infinita tolerancia oscurecieron el viejo sentido de la iluminación, que ha dejado de lustrar graves páginas, dando lugar a figuras indefinidas cuyo sentido se nos escapa. Iconos mudables y ligeros en el viento electrónico de la existencia virtual. Para culminar esta fantástica atmósfera de impostura comercial sugeriría la posibilidad de imponer por ley el susurro. Acaso los fabulosos ediles que han fijado dirección a los peatones, logren la disminución de la contaminación acústica haciendo que nos hablemos en voz baja. El siseo unánime y el tránsito dirigido harían de nuestros paseos verdaderas ensoñaciones automáticas. Por lo demás, el contenido de la charla ya ha sido, hace tiempo, estandarizado. Los paseantes solitarios marcharán entonces unitariamente según los principios de una sociedad bien administrada. No en vano se ha visto en el zombi la figura de nuestro tiempo.
Por el contrario, la evocación de una cierta Encarnación ha quedado silenciada y se ha extendido una capa de silencio sobre el fundamento milenario de la vieja festividad. Nos limitamos a celebrar un descanso cuyo sentido se limita a la reposición del hastío que produce nuestra vida plenamente profesionalizada. Huimos, simplemente, del sinsentido de una actividad que, cerrada sobre sí misma, se agota en su repetición optimizada. De manera que, cada vez más, su único sentido se busca en su cese. Pero tampoco en el descanso se encontrará la raíz nutriente de una vida consagrada. Alain Finkielkraut señalaba el carácter plenamente secularizado de nuestro “ejercicio profesional”: “Liberados de la tutela religiosa el arte, la economía, la política, el deporte, la guerra se desarrollan en cierto modo cada uno por sí mismo. Liberados de lo absoluto, se profesionalizan” Esa profesionalización supone la completa reducción del trabajo a los términos sólo económicos del rendimiento productivo, una profesión sorprendentemente ajena a toda vocación, que concluye en una vida laboral sin otro sentido que un descanso paradójico: por dinámico, por activo y nervioso. No en vano la científica explotación del rendimiento se complementa con una optimización del consumo. Buscamos la alegría de vivir lejos de una intrascendente vida cotidiana, en una diversión a menudo impostada, siempre desorientada, que no puede satisfacer nuestras profundas demandas. Nuestro ocio se ha constituido en momento del proceso económico conjugado con el trabajo, momento en que debemos ejercer el consumo individual, lúdico-libidinal y de masas que define nuestra plenitud de sumideros: ciudadanos trabajadores, agentes de un consumo responsable.
El nuevo ciclo anual no traerá, en fin, verdadera renovación. Ignoramos completamente la potencia capaz de hacer nuevas todas las cosas y nos limitamos a sustituir el vestuario demodé, la vajilla o el mobiliario, en una ola de trastos falsamente nuevos, pronto obsoletos. Y así vivimos lejos de la única fuente real del don y del agradecimiento. En nuestra afanosa Navidad (ajena al misterio de ese don a la vez todopoderoso e infantil que habitó en su centro) a muchos nos resulta especialmente dolorosa la obligación social – formal y vana – de recibir y entregar eso que llamamos regalos.