Opinión

De churritos y chalinas amarillas

TRIBUNA

Mariano Torralba | Lunes 11 de diciembre de 2017

Como mostrencos iban amarillos, no por exceso de porros ni desmayos blanquillos, pero iban. Se manifestaban y aun lo hacen de color traición; churritos en pecho y chalinas tapabocas que no sordinaban mofas ni ludibrios. Fanáticos, parecían evocar a Judas, quien durante siglos fue vestido de amarillo en la iconografía medieval. Un tiempo en que el amarillo era distintivo de hipocresía y marginación.

Protegidos de aposematismo amarillo (coloración de advertencia). Viajeros de la utopía, sin alcanzar el número de aquellos Cien mil hijos de San Luis del duque de Angulema, sus intenciones eran parejas: acabar con la Constitución. La de 1812 los absolutistas y los amarillos la del 78, aprobada por éstos, al noventa por ciento.

Cuenta una tradición rabínica que el limón, por el color de la corteza y la acidez de su pulpa. Era el fruto prohibido del Paraíso. Incluso en la Biblia es comparado el color amarillo del azufre; con el color y el hedor del demonio. El amarillo azufre, es considerado el paradigma de lo negativo; el símbolo del mal. En las indicaciones que alertan sobre elementos tóxicos, explosivos o radiaciones dañinas, se utiliza la luminosidad destellantedel color amarillo.

El amarillo en el mundo del teatro es el mal fario, el fracaso y hasta la muerte, desde que el francés Jean-Baptiste Poquelin, Molière, en febrero de 1673, estrenó El enfermo imaginario, vestido de amarillo. Durante la representación el comediante-dramaturgo se sintió indispuesto e instantes después moría, casi en escena. Desde aquel infausto día, se considera al amarillo, gafe para las gentes de la farándula. También la mala suerte se cebó con la obra Salomé, de Oscar Wilde, en cuya escenografía dominaba el amarillo. Las representaciones fueron prohibidas en Gran Bretaña hasta 1958.

Se dice de El Signo Amarillo, cuento extraviado de Robert W. Chambers: “el libro puede inducir a la locura, o incluso a la muerte, a quienes tienen la desgracia de fijar la mirada sobre él”. Y a los que se apoderan del Signo Amarillo, o lo heredan sin considerarla intención con la que lo han recibido, les aguarda un destino incierto.

A los mostrencos no se les apaciguaba esa suerte de maldición gitana provinciana que les aqueja, cargada de odio, frustración, ansia de venganza, impotencia, envidia, maldad… ignorantes ellos de que, a quien se le vuelve una maldición gitana mal hecha, no "levanta cabeza", no escapa de su maleficio, no tiene paz ni sosiego, nada le sale bien. A caballo de su maldición lucían sus churritos y chalinas amarillas, sin importarles las connotaciones del mal elegido color, símbolo del destierro con el que se marcaba en la Edad Media, a madres solteras y mujeres adúlteras, a herejes, a hetairas, a judíos,y a mendigos. Eran, están los mostrencos, con sus distintivos teñidos de fiebre amarilla, una enfermedad viral grave causada por el Flavivirus amaril y por el independentismo inútil.