En 1969, siendo director de la Biblioteca Nacional, Borges publicó su libro Elogio de la sombra. Ya la ceguera lo había alcanzado y él ejercía, con orgullo, en ese momento, una las profesiones más antiguas del hombre. Entre las páginas del volumen hay un precioso poema titulado “Junio, 1968”, donde destaca esa actividad indisolublemente unida al libro y a su origen, y el tacto que produce ese objeto mágico:
En la tarde de oro
o en una serenidad cuyo símbolo
podría ser la tarde de oro,
el hombre dispone los libros
en los anaqueles que aguardan
y siente el pergamino, el cuero, la tela
y el agrado que dan
la previsión de un hábito
y el establecimiento de un orden...
Para el gran lector que es Borges, el concepto del bibliotecario como crítico es pertinente, porque más que un erudito, se ve como un agente de información que sabe, dentro de su especificidad, dónde está todo. El bibliotecario no sólo conoce, junta y agrupa libros, sino que también discrimina. Y dice en otro tramo del poema:
(Ordenar bibliotecas es ejercer,
de un modo silencioso y modesto,
el arte de la crítica.)
El hombre, que está ciego.
sabe que ya no podrá descifrar
los hermosos volúmenes que maneja
y que no le ayudarán a escribir
el libro que lo justificará ante los otros…
Ahora bien, ¿es acaso necesaria esta tarea en tiempos donde todo se presenta ante nuestros ojos como productos del mismo valor, listos para ser consumidos con la misma intensidad? No dudamos en responder afirmativamente, pues el libro como elemento cultural que contiene el registro gráfico del conocimiento y como medio de comunicación a largo plazo, tenemos la certeza de que seguirá vigente. Encontramos así al bibliotecario como guardián de libros y como su organizador, proveedor y facilitador; por consiguiente, como profundo conocedor de sus contenidos, dando como resultado los dos extremos en los que oscila el oficio: inquisidor y erudito.
Pero vayamos a la historia de dos grandes bibliotecarios, quizá poco conocidos, aunque no menos esenciales que honraron esta profesión. Empezaré diciendo que le debo a uno de ellos, mi compatriota, el cardenal Jorge María Mejía, haberme descubierto al otro, el casi ignorado Bartolomeo Platina; hombre de los libros y también de la cocina, que yo luego le revelé a mi amigo Darío Falú, otro admirable devoto de los libros y la profesión. Agrego que el cardenal Mejía fue un riguroso hombre de la Iglesia, compañero de estudios del Papa Juan Pablo II, que lo nombró “Bibliotecario y Archivero del Vaticano” en el año 2001.
Cuando investigué sobre la vida de Dante Alighieri, mediante la buena gestión de Rogelio García Lupo, tomé contacto con él. Predispuesto y generoso, el cardenal me abrió casi todas las puertas de la magna institución, aunque me negó siempre que los originales de la Divina Comedia estuvieran en la milenaria biblioteca que él conducía.
Sigamos ahora con Bartolomeo Sacchi, conocido como Bartolomeo Platina (o simplemente como “Il Platino”). Nuestro bibliotecario nació en Piadena en 1421 y fallecido en Roma, en 1481, fue un humanista, escritor y gastrónomo del renacimiento italiano, que por esos caprichos de la historia cobró menos fama como bibliotecario y literato que como cocinero.
Durante su juventud Bartolomeo se inició en la carrera militar, pero cambió rápidamente hacia las humanidades, teniendo como maestro, entre otros, a Vittorino da Feltre. Fue luego preceptor de los hijos de Luis III Gonzaga y se trasladó a Florencia para seguir los cursos de Juan Argyropoulos. En esa época trabó amistad con los humanistas de la ciudad, ocupando el cargo de mayordomo en casa de los Medicis. Sin embargo, nuestro Bartolomeo no fue solamente un educador, sino uno de los principales humanistas del Renacimiento y uno de los mayores estudiosos de la literatura y las tradiciones populares. Hacia fines de 1461 se aposentó en Roma, al servicio del Cardenal Francesco Gonzaga como secretario, trasladándose rápidamente al servicio de los Papas Pío II y Pablo II con un éxito moderado, ya que cinco años después fue encarcelado y torturado por la Inquisición bajo el cargo de sostener ideas paganas y conspirar contra el Papa. Para vengarse, Bartolomeo describirá, de manera desfavorable, a Pablo II en la biografía que le dedicó diez años después.
Absuelto en un juicio a principios del año 1469, la fortuna le volvió a sonreír durante el pontificado de Sixto IV, quien le nombró director de la Biblioteca Vaticana en 1478, donde escribió Liber de Vita Christi Pontificum colección de biografías de los Papas hasta su tiempo. A la vez, publicó varios libros: De principe, De vera nobilitate y De falso et vero et bono. Pero, curiosamente, su obra principal, la que le dio cierta fama, es De honesta voluptate valetudine, un breve tratado de cocina, que se imprimió por primera vez en Roma entre 1473 y 1475, de forma anónima, sin notas tipográficas y, poco después, en 1476, en Venecia (Platine de honesta voluptate et valetudine, Venetiis: Laurentius de Aquila). Esa versión cuenta, además, con las indicaciones y notas del autor.
Pero, la edición más “correcta” y la más antigua, según el italianista Emilio Faccioli, es la publicada en Cividale del Friuli en 1480, primera impresión de Gerardo da Fiandra. En este libro, Platino traduce al latín todas las recetas del libro, originalmente escrito en vernáculo por el Maestro Martino, el cocinero italiano más famoso del siglo XV, en donde Platino alaba su inventiva, talento y cultura. La iconoclasia de Martino empuja a Platino a otros análisis tan inéditos como futuristas sobre gastronomía, regímenes alimentarios, el valor de los alimentos e incluso sobre la utilidad de una actividad física regular. Esta edición de 1480 ha sido reproducida en facsímil en 1994 por la Società Friulana Filologica (Sociedad Filológica de Friuli) y es la que tengo en mis manos al tomar este apunte.
Vayamos ahora a un hecho también insoslayable que tiene a Bartolomeo Platina como protagonista. Siendo prefecto de la Biblioteca del Vaticano, en una carta de 1481, poco antes de su muerte, recomienda al escultor Andrea Bregno, su amigo, al poderoso Lorenzo de Médici para que pudiera transportar hasta Siena, cruzando el territorio de Florencia, bloques de mármol para la capilla, como le había ordenado el cardenal de Siena. De hecho, entre 1481 y 1485, trabajó Bregno en la Capilla Piccolomini, en el altar mayor, que realizara en honor de Enea Silvio Piccolomini (Pío II), donde firmó Opus Andreae Mediolanensis MCCCCLXXXV, en nombre del cardenal Francesco Todeschini Piccolomini, a continuación elegido Papa con el nombre de Pío III.
Cierro esta reseña haciendo especial referencia al cardenal Jorge María Mejía, que me alentó y me facilitó muchos medios para concretar mis investigaciones sobre Dante Alighieri. Mejía nació en Buenos Aires en 1923 y murió en Ciudad del Vaticano en 2014. Fue un alto prelado de la Iglesia católica, cardenal, bibliotecario de la Biblioteca Vaticana y archivero de los Archivos Secretos del Vaticano, cargo que conservó en calidad de emérito hasta su fallecimiento. Realizó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires y fue ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Buenos Aires en septiembre de 1945; tenía un doctorado en teología en el Angelicum y una licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma. Fue profesor de Antiguo Testamento en la facultad de teología de la recién creada Universidad Católica Argentina. Durante la época de Perón editó la revista católica Criterio y fue perito en el Concilio Vaticano II. Desde 1976 fue secretario del Departamento de Ecumenismo del CELAM, hasta que fue nombrado secretario de la Comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los Judíos hacia 1977. En 1986 fue nombrado Vice-Presidente de la Pontificia Comisión "Iustitia et Pax" y arzobispo titular de Apollonia.
Años después, en 1994, fue nombrado secretario de la Congregación para los Obispos y secretario del Colegio de Cardenales y en 1998, se lo designó archivero de los Archivos Secretos del Vaticano, y bibliotecario de la Biblioteca Vaticana de la Santa Sede, cargos a los que renunció por su mayoría de edad, conservando hasta su muerte el título de archivero emérito del Vaticano, designado por Juan Pablo II en el consistorio de 2001, con el título de San Girolamo della Carità.
El cardenal Jorge María Mejía murió el 9 de diciembre de 2014 a los 91 años. Sus restos fueron sepultados en Roma, en la iglesia de su título cardenalicio. Una de sus aspiraciones, me confió, era que si se esculpía su figura, estuviera en el jardín de la Biblioteca Vaticana, donde persiste la de “Il Platino”, que él me reveló. Que yo sepa, hasta ahora, no se ha cumplido ese justo deseo. Sin duda, el cardenal Jorge María Mejía, merece estar al lado de su admirado colega.