Opinión

Los doscientos años de un héroe secreto y solitario

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 20 de diciembre de 2017

Con toda la humildad que me asiste y sin salvar las incomodas distancias, que me parecen un cómodo lugar común, me permito discrepar con el célebre Carl Marx en este punto que es la base de su teoría social y política. La historia universal no es ciertamente una recopilación del pasado de las masas populares como él afirma; estas no hicieron más que obedecer, para bien o para mal, a los hombres que asumieron el papel de líderes para conducirlas. Thomas Carlyle sostenía, por el contrario, que la historia es la biografía de sus héroes. Sin embargo, la conjetura del pensador escocés no deja también de encerrar un peligro. Esos arquetipos, sean de cualquier signo político, hoy están perpetuados en mármoles, no en sus ideas ni en sus principio morales o éticos. Las batallas que ganaron o los triunfos que obtuvieron han dejado de serlo con el tiempo y degeneraron en meras fechas conmemorativas, cuya veneración concluye en una rutina indiferente.

También hay héroes anónimos, no celebrados y muy poco tenidos en cuenta, que no han conquistado territorios ni derrocado imperios ni encabezado famosas revoluciones, pero han emprendido combates secretos o solitarios no menos épicos que el de los reconocidos paradigmas. De manera entonces que un filósofo o un rebelde que intenta hacer valer su talento, o sus derechos, puede tener también para nosotros la categoría de héroe. En este concepto me quiero apoyar para escribir sobre los 200 años del nacimiento de Henry David Thoreau, una conmemoración que pasó bastante inadvertida no sólo para los lectores, sino además para muchos estudiosos y beneficiarios, tales como los ecologistas. Y como hay pocos pensadores tan contundentes como este norteamericano, autor de los ensayos Desobediencia civil, y Walden, la vida en los bosques, textos que debieran ser lectura obligatoria en los colegios y universidades.

Acaso por encima de su pensamiento, para nosotros la historia de Henry David Thoreau es, ante todo, la historia de sus rebeldías. Fue escritor, poeta y filósofo de tendencia trascendentalista y origen puritano, autor de una obra coherente con su acción y pensamiento, agrimensor de oficio, naturalista, conferenciante, fabricante de lápices, y uno de los padres fundadores de la literatura estadounidense; pero, es también el impulsor de las prácticas de desobediencia civil, la no violencia y, como ya señalamos, del ecologismo.

Henry David Thoreau nació en Concord (Massachusetts), 12 de julio de 1817 y murió el 6 de mayo de 1862. Pertenecía a una modesta familia rural. Su padre era fabricante de lápices. Aplicado y riguroso alumno, en la escuela de su pueblo aprendió latín, griego y diversas lenguas modernas como el francés, el italiano, el alemán y el español. Gracias a una beca, entró en uno de los colegios de Harvard (que por ese entonces no era aún la Universidad de prestigio y estudió en que se convirtió hacia finales de siglo XIX) y allí cursó hasta 1837. Vivió luego en Hollis Hall y siguió cursos de retórica, literatura clásica, filosofía, matemáticas y ciencia.

Las profesiones tradicionales abiertas a los graduados universitarios (leyes, negocios, medicina, religión) no le interesaban a Thoreau; pidió una licencia en Harvard para enseñar en un instituto de Canton (Massachusetts). Y, tras graduarse, renunció para dar clases en la escuela pública de Concord, no obstante su disconformidad con los métodos disciplinarios empleados, lo que hizo que renunciara a las pocas semanas para no tener que administrar castigos corporales a sus alumnos. Él y su hermano John abrieron entonces una escuela de gramática, que bautizaron con el nombre de Concord Academy, donde introdujeron en su enseñanza varios conceptos progresistas en educación; tales como caminatas por la naturaleza y visitas a tiendas y negocios locales. Sin embargo, la escuela se vio obligada a cerrar cuando John enfermó fatalmente de tétanos al cortarse mientras se afeitaba. Días después murió en los brazos de Henry.​

Al regresar a Concord, Thoreau conoció, a través de un amigo común, al filósofo y poeta Ralph Waldo Emerson, que sería decisivo en su vida.​ Emerson quedó impresionado por el talento del joven y asumió hacia él un interés paternal, siendo su guía intelectual y presentándolo a un círculo que incluía a escritores y educadores como Ellery Channing, Margaret Fuller, Bronson Alcott, el famoso narrador Nathaniel Hawthorne y su hijo Julian Hawthorne. Apenas un muchacho en ese momento, Thoreau entablaría una cercana relación con todos ellos que, en diversos modos, influirían en su formación y en las actitudes que asumiría posteriormente.

En 1841, Thoreau se fue a vivir a la casa de Emerson y hasta 1844 trabajó como educador de sus hijos. Era también ayudante editorial, podador y jardinero. Se puede decir que fue Emerson el que instó a Thoreau para que escribiera ensayos y poemas, que serían publicados en The Dial y, también, el que lo presentó a la famosa editora Margaret Fuller. El primer trabajo de Thoreau, publicado fue “Aulus Persius Flaccus”, un ensayo sobre este poeta satírico romano. Otras de sus colaboraciones consistía en pasajes revisados de su Diario, que había empezado a redactar siguiendo los consejos de Emerson y constituiría una de sus obras más extensas y notables.

Acaso estamos en lo cierto si afirmamos que Thoreau fue el primer filósofo de la naturaleza y su relación con la condición humana. En sus primeros años siguió el Trascendentalismo, o Unitarismo, una corriente idealista holgada y ecléctica defendida por Emerson, Fuller y Alcott. Fueron críticos de la sociedad contemporánea por su conformidad irreflexiva y urgieron a que cada individuo buscara, en palabras de Ralph Waldo Emerson, una relación original con el universo. Thoreau fue el primero en observar que la naturaleza es el signo exterior del espíritu interior, expresando la “correspondencia radical de las cosas visibles y los pensamientos humanos”, tal como lo desarrollaría Emerson en su libro Nature y él en Walden.

En 1845, Thoreau volvió a Concord y trabajó en la fábrica de lápices de su familia, lo que continuó haciendo la mayor parte de su vida adulta. A él se debe el proceso de hacer buenos lápices con grafito inferior, pero usando arcilla para fabricarlo. Esa invención mejoró la calidad de los lápices y enriqueció el llamado proceso Conté (patentado por Nicolas-Jacques Conté en 1795). Su otra fuente había sido Tantiusques, una mina operada por nativos americanos en Sturbridge y Massachusetts. Más adelante, Thoreau incorporó a la empresa familiar otra fábrica para producir el plumbago (grafito), que se utilizó luego en el proceso de los electrotipos, tan bien aprovechados por Edison.

Instalado en Concord, Thoreau pasó por un período de inquietud. En abril de 1844 él y su amigo Edward Hoar accidentalmente encendieron un fuego que consumió 300 acres (1,2 km2) de Walden Woods.​ Suceso que lo llenaría de culpa y lo marcaría definitivamente. Escribiría después “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que tenía que enseñar, y no descubrir al morir que no había vivido, pues no quería vivir lo que no era vida.”

La paciencia y perspicacia que Thoreau le dedicó a los árboles, las flores y los arroyos, nos puede servir como un modelo de lo que debemos hacer cuando nos sentimos indefensos y sobrepasados por la magnitud de los horrores que nos agreden en forma periódica. Nos urgiría, en estos tiempos en que la Tierra que él tanto veneró sufre un saqueo insensato, cuando las migraciones forzadas han llegado a definir nuestro siglo violento, que escuchemos su llamado a una resistencia pacífica a la opresión, su profecía de que “nunca es tarde para que los hombres honestos se rebelen”.

No se trataba, para Thoreau, de meras palabras. Oponiéndose a las dos iniquidades de su tiempo, las infamias de la esclavitud y de la guerra de los Estados Unidos contra México (cuyo fin imperial era expandir los territorios donde podía prosperar la venta y explotación de esclavos), se negó a pagar sus impuestos, prefiriendo que lo encarcelaran. Fue esta postura la que condujo a Thoreau a escribir su ensayo sobre la Desobediencia Civil, que iba a servir de inspiración a Tolstoi y Gandhi, a Martin Luther King y a mi amigo Pérez Esquivel.

Por cierto, muchas veces tales actos de desafío a la autoridad y a la ley tienen consecuencias penosas y a veces letales. Y es igualmente cierto que muchos entre nosotros –y me incluyo a regañadientes en esa mayoría– no poseen ni la fuerza de voluntad ni el coraje para aguantar tales agravios. Eso no significa que estemos condenados a llevar “vidas de silenciosa desesperación que terminan en el cementerio sin haber cantado la canción que llevamos adentro”. Thoreau comprende que el camino del martirio no es para todos. Por el contrario, doscientos años después de su nacimiento, sugiere que cada uno de nosotros puede participar a su manera en la transformación del mundo: “Puesto que no importa cuán pequeño parece algo en su comienzo: lo que se hace bien tiene efectos eternos.” Thoreau cree que nosotros, como la Naturaleza misma, podemos renovarnos “completamente cada día que pasa”. Su voz nos alienta para que descubramos aquel mínimo gesto con que contribuir a una sociedad diferente.