No es exagerado asegurar que la reedición de un Gobierno de las Generalidad formado por los partidos separatistas supone una tragedia para España y, aún más, para Cataluña. Ni siquiera la gran victoria de Arrimadas frenará la sed de venganza de Puigdemont, Junqueras y compañía, que volverán al discurso de que el pueblo catalán ha votado a favor de la soberanía. Y quizás no les falte razón.
No se sabe si Puigdemont ejercerá de presidente de la Generalidad desde Bruselas y Junqueras de vicepresidente desde Estremera. Pero los separatistas volverán a ocupar el Palacio de la Generalidad para seguir engordando y subvencionando el “procés” y aplastarán a la Oposición en el Parlamento catalán con el rodillo de su mayoría absoluta. Como antes, como siempre.
Solo el fanatismo de una mayoría del electorado catalán explica el resultado de las elecciones. Han vuelto a votar a los partidos separatistas a sabiendas de que se incrementaría la inestabilidad política, la crisis institucional, el enfrentamiento de la sociedad, la ruina económica y el rechazo del mundo occidental. Cataluña se ha convertido en un problema endémico sin visos de solución.
Es verdad que el pasteleo de los Gobiernos españoles con los nacionalistas, desde Suárez hasta Rajoy, han contribuido a que, de Pujol a Puigdemont, la Generalidad se ha centrado en expandir en las escuelas y en los medios de comunicación, tanto los públicos como los privados comprados a golpe de talonario, el adoctrinamiento político secesionista adornado con un letal mensaje de odio a España. Y, al final, hoy mismo, la mayoría del electorado catalán se inclina por la independencia.
Los separatistas, prietas las filas, han vuelto a ganar. Rajoy se ha dado un batacazo histórico, en manos de un desorientado Albiol. Sánchez ha vuelto a bailar en la equidistancia de la mano del simpático Iceta. Solo se salva Rivera, que ha elegido a una gran candidata y ha centrado su valiente discurso en defender la unidad de España y la Constitución. Y con esas armas ha derrotado a los separatistas en su terreno. Una victoria ejemplar y sin precedentes. El único consuelo que nos queda.