Es cierto que siempre es más fácil y, como se dice ahora, ventajista hablar a toro pasado, pero también es verdad que muy pocos esperaban algo de estas elecciones que diera con un cambio de rumbo en Cataluña. Las encuestas, aunque poco precisas en ocasiones anteriores, anticipaban una igualdad importante, pero no ha sido notable porque al final sí parece atisbarse un emparejamiento claro para garantizar una mínima estabilidad y será en la parte separatista: exactamente lo mismo que hasta hoy.
Es verdad que lo que se dice y promete en campaña pasa a mejor vida en el momento en el que el ciudadano deposita su voto en la urna. Lo que ayer eran odios irreconciliables hoy puede convertirse en guiños de complicidad. Todas las tortas que se han repartido en dos semanas de repetitivos discursos con más ataques que programas hoy son manos tendidas al diálogo. Lo que pasa en campaña, se queda en la campaña y si Junqueras criticaba a Puigdemont por fugarse a Bruselas y no dar la cara, este viernes rebajará a bien seguro la vehemencia de sus valoraciones y hasta puede que, incluso, lo justifique.
Se esperaba una alta participación y parecía llamativo que el crecimiento de ésta fuera menor en zonas tildadas de independentistas. Hacía pensar en un repunte del constitucionalismo puro de Arrimadas. Pero los resultados son los que son, la Ley D´Hont es la que es, y la suma del bloque independentista, que siempre tuvo más claro su objetivo, a pesar de los rifi rafes de campaña, hace que todo quede igual que antes.
No hemos avanzado nada. Ser el partido más votado no significa gobernar necesariamente. No en España, ya lo hemos visto. Amarga victoria de Ciudadanos que, sin embargo, deja también mal sabor de boca a los independentistas que siempre llevaron a gala tener “el mandato de la población” para justificar todas sus tropelías. Ya no pueden decir que una amplia mayoría de la ciudadanía catalana quiere la independencia. Más de uno soñará con Arrimadas y Rivera, pero lo hará desde el Gobierno, si se ponen de acuerdo.
Habrá, en cualquier caso, que agradecerle a los separatistas que hayan despertado el españolismo dormido en tierras donde la calle parecía coto privado de ‘esteladas’. Lo que parece claro es que la alta participación legitima unas elecciones que deben servir para tomar nota de lo que pide la ciudadanía, pero actuando siempre desde la legalidad.
¿Habremos aprendido algo? Han pasado muchas cosas. Hay políticos prófugos, encarcelados, en libertad bajo fianza, más de tres mil empresas fuera de cataluña, ruptura social y pendientes quedan innumerables investigaciones y juicios mientras se aplica el 155. Pero todo para nada. Todo para quedarnos como estábamos. ¡Lástima!