Opinión

Villancicos laicos en Vizcaya

TRIBUNA

Kepe Zuri | Martes 26 de diciembre de 2017

Parece que este año, no solamente se les va a quitar a los niños de Euskadi el turrón, porque engorda, sino que también les quieren suprimir los villancicos.

Los villancicos son la banda sonora de las fiestas de Navidad. Se cantan desde tiempo inmemorial. Desde los teológicos hasta los populares, que hacen alusión a cuestiones profanas como la comida y la bebida. Estos últimos pueden ser más o menos satíricos, pero siempre dentro de la ternura que supone un nacimiento en las peores circunstancias, como fue el de Jesús en Belén, y forman parte de la esencia de nuestra civilización.

Ahora resulta que los villancicos son restos a extinguir de una cultura invasora de raíces cristianas, que en estos momentos se encuentra emparedada entre otras religiones emergentes, que se merecen todo respeto, y que se pueden sentir ofendidas si se las quiere callar con los cánticos tradicionales del país que han elegido para subsistir.

Cuando el emperador Constantino impuso el cristianismo como culto de cohesión entre todos los del imperio romano, los dirigentes de los primeros siglos no tuvieron inconveniente en transmutar las costumbres paganas a esta nueva religión: así las fiestas Saturnales, que celebraban al “sol invicto”, cuando los días comienzan a ser mas largos, se convirtieron en las Navidades, adjudicándole la fecha del 24 de diciembre al nacimiento de Jesucristo. Coordinando de esta manera a las diferentes comunidades, que lo celebraban arbitrariamente, dado que la fecha real se desconoce.

Pero el pueblo vasco es prerromano. Para él las Saturnales eran una modernidad. Y no digo nada las Navidades, que solo las lleva celebrando mil quinientos años de nada. Y, siendo como es, un pueblo profundamente cristiano, no parece que el cristianismo haya configurado su subconsciente colectivo en tanto tiempo sino que ha resbalado sin hacer mella.

Para afirmar su antigüedad prerromana, precristiana y, sobre todo, prehispana, han rebuscado entre sus personajes mitológicos y encontrado la figura del Olentzero, un pobre carbonero, al que se identificaba con el año solar que termina, y al que se quemaba para olvidar el pasado, que no había sido tan bueno como prometía. Ahora el Olentzero ha perdido su carácter astral: se ha infantilizado y sustituye a los Reyes Magos trayendo regalos, por lo que quemarlo supone una ingratitud. Y, como no hay que ser sexistas, le han emparejado con Mari Domingi, no nos digan que olvidamos el lado femenino igualitario.

Esta afirmación de la identidad es recurrente en todos los pueblos soberanistas. Se hace un salto, olvidando la historia próxima, hasta llegar a aquellas leyendas remotas, que dan sentido a su primigenia libertad. Siempre de acuerdo con expresiones políticamente correctas, naturalmente. En este caso no es correcta la afiliación a la religión mayoritaria porque somos colegios públicos de un pueblo laico, que debe respetar profundamente a las demás religiones.

Los ideólogos que mueven los sutiles hilos de la enajenación, no son capaces de distinguir entre religión y cultura, olvidando que cualquier vasco puede no ser católico creyente, pero lo es culturalmente. Quiera o no. No puede liberarse de una cultura que impregna todos los aspectos de su vida y los ritos por los que se rige desde que nace hasta que muere.

Me produce una pena infinita la ignorancia –que éste es un problema cultural, no nos equivoquemos- de los mitos cristianos en la mayoría de personas que tienen un estatus intelectual que les permite hablar de Prometeo o de Sísifo y desprecian, porque los desconocen, los dogmas en los que se basan la música, el arte y el lenguaje, en los que están sumergidos. Se puede no creer en la divinidad de Jesús, pero celebrar su nacimiento es un canto al milagro de la vida.

Pertenecemos a un pueblo en el que no hay términos medios. O somos unos meapilas o nos cargamos la Iglesia. Ahora parece que toca lo segundo. Para ello suprimimos los deliciosos villancicos que cantaron nuestros abuelos cuando vivían en la aldea e impedimos que nuestros niños cojan el testigo de una cultura que sí hemos vivido, que no hemos tenido que inventar para justificarnos como entidad diferente.

Yo tengo varios cuentos del Olentzero cargados de la mística de la antigua mitología vasca, que es hermosísima, escritos con la intención de acercar la Naturaleza -encarnada por la diosa Mari- a los niños. En ellos aparecen personajes fantásticos como lamias, sorgiñes, o galtzagorris que constituyen el acervo mitológico local. Un mito no destruye al otro sino que lo enriquece. Y el niño, cuando sea capaz de discernir, se dará cuenta de que antes como ahora, las sucesivas generaciones que le han precedido han intentado explicar el misterio de la vida con los medios que tenían a mano.

Parece que este año no habrá campana sobre campana en los colegios públicos de Euskadi.

Ni nadie le va a robar los calzones a san José porque María se queda sin lavar en el río, donde los peces beben y beben y vuelven a beber.

Será por la sequía.