No sólo el arte es un juego que, como proponía Robert Louis Stevenson, debemos jugar con la seriedad con que juegan los niños. Un criterio más amplio nos puede llevar a la conjetura de que todo es un juego en esta existencia frágil y fugaz. Hasta lo más dramático o patético puede formar parte de algo lúdico menos afín a la realidad que a la ficción, o lo que entendemos por realidad. En cuanto a las ocupaciones, hay algunos que jugamos a ser escritores o periodistas, otros a ser políticos o jueces, otros médicos o ingenieros, otros policías o ladrones, otros curas o militares, otros ministros o presidentes, otros a ser pintores, escultores, músicos, poetas. Estos últimos, la gente que se dedica al arte, juega un juego inofensivo que no daña a nadie y, por el contrario, prodiga amablemente belleza y buen gusto. Pero hay otros, sin embargo, que suelen ser fanáticos y feroces y “juegan con armas de fuego” que los llevan a cometer actos terroristas y provocar guerras con consecuencias espantosas y funestas; es decir, a profundizar la división entre los seres humanos y revivir el “homo hominis lupo” (el hombre es un lobo para el hombre) del comediante latino Plauto.
Pero vayamos a una rama de la ciencia, llamada “espeleología”, que jugando con elementos naturales se encarga de explorar y estudiar la formación y el origen de las cavidades subterráneas del suelo terrestre, su fauna y flora. Ese deporte, por llamarlo de otra manera cordial, acaso banal e inocente; sobre todo si tenemos en cuenta que consiste en el descubrimiento y la exploración de cuevas naturales (tendientes a transformarse en “grietas”), se ve muy al alcance de la mano en este momento de la historia donde muchos, casi todos, parecemos estar en contra de todos; en especial en la Argentina, país donde los desmanes ya son asunto de cada día. Cosas de “grieta”, claro; esa dura metáfora afín a cualquier sociólogo, politólogo o comentarista de la cotidianeidad gráfica, televisiva o radial. Toda gente profesional, sin duda bien intencionada, que ha hecho un lugar común de esta palabra espeleológica.
No caben dudas de que asistimos a una crisis muy extendida de la política, de los sistemas políticos, de las formas de representación, y esto sucede casi exclusivamente en el Occidente. En este contexto de inestabilidad de los sujetos tradicionales con que se movía la política en muchos países se inscribe lo que ha pasado en las últimas semanas en la Argentina. Expresión que se agranda y se profundiza entre gente exagerada por naturaleza, siendo ya un tremendo abismo insalvable. Y como todo es un juego, tal como comentamos en los párrafos anteriores, la “grieta” nos está llevando a vivir alegremente en su laberinto, que también lo tiene. Un sitio donde todo se justifica, hasta lo injustificable, donde todo es funcional a todos y donde el sálvese quien puede se profundiza. Llámese economía, inseguridad, negocios espurios, transas, robos a mano armada, etcétera, etcétera. País, en definitiva, donde las corporaciones, las grandes mafias (para nombrarlas sin eufemismos), o pequeñas mafías, o mafias intermedias actúan como don Juan por su casa apropiadas de un poder ilimitado.
Lo cierto -y para escribir sin vueltas de hojas- es que la “mafiocracia” hoy lo ha contaminado todo y es una infección que no se sana y se expande cada día hacia todo el organismo social. Y cada vez más, pues se disemina a través del virus “complicidad”, que involucra también a todos, o a casi todos, sean estos políticos, magistrados, empresarios, gremialistas, dirigentes de fútbol y todos los etcéteras que se quieran.
La “mafiocracia” tiene ya identidad propia y sus virus sobrevive en complicidad con otras bacterias y otros virus. Borges, cuando se refería a la Argentina, país por antonomasia del corsi e recorsi; es decir, de la constante repetición, afirmaba que “como el espacio es infinito, podemos seguir cayendo infinitamente”. Nunca se toca fondo y, lo que es peor, corremos el riesgo de despertar a los añejos dinosaurios, que, redivivos (llámense socialistas, comunistas, peronistas, radicales, kirchneristas, etcétera) nos pueden causar en cualquier momento un dolor de cabeza descomunal, similar al de una pesadilla, quizá como la vivida por Axel y su tío Otto Lidenbrock en la famosa novela Viaje al centro de la Tierra, del célebre Julio Verne, cuyo argumento se basa en una expedición al interior del Planeta. Historia de una “grieta”, por supuesto, que mucho tiene que ver con la que se cohabita en la Argentina.
A grandes rasgos aproximémonos a la imaginación de don Julio y se verá que nuestra realidad bien puede superar a esa ficción. El protagonista de la historia, el joven Axel, reside en una vieja casa junto a su tío Otto Lidenbrock, un prestigioso profesor de mineralogía a quien describe como un hombre temido por su fuerte carácter pero muy original. Ocurre que un día el profesor lo llama para enseñarle un manuscrito de gran valor del Heimskringla, de Snorri Sturluson. Pero ese libro esconde una gran sorpresa: un pergamino de origen rúnico que oculta un mensaje secreto. Tras muchos esfuerzos y gracias a un descubrimiento casual de Axel, lograrán descifrarlo. En él, un alquimista islandés llamado Arne Saknussemm, les revela cómo llegar al centro de la tierra. El profesor, eufórico, decide ir al lugar indicado en el pergamino junto con su sobrino Axel, que está muy asustado y se niega a acompañarlo, pero no tiene otra opción, y salen rumbo a Islandia, el punto indicado en el pergamino.
Siguiendo las indicaciones de Saknussemm, para emprender el viaje hacia el corazón terrestre llevan víveres de sobra, herramientas, armas, instrumentos, linternas eléctricas y un botiquín. La marcha es penosa, pero al fin alcanzan la cumbre del volcán. Llegados al fondo del cráter, se abren las tres chimeneas señaladas por el alquimista en el pergamino y averiguan cuál de las tres conduce al centro de la Tierra. Por medio de una cuerda, se van deslizando y bajan así 2800 pies en once horas. En ese sitio improvisan una cama para dormir y recuperar fuerzas. A la mañana siguiente, siguen hundiéndose en las entrañas del Globo dejándose caer por pendientes inclinadas, formadas por lava seca que tapiza el interior del cráter. Tras un largo descenso, llegan al fondo de la chimenea, donde se encuentran con dos caminos. El profesor Lidenbrock decide tomar el del Este, y tal camino resulta ser el erróneo, pues al tercer día se quedan sin agua y han de retroceder para ir hacia el Oeste. Cuando los personajes están muriéndose de sed tras varios días sin hallar nada de agua, Hans, el guía que los acompaña, halla un torrente bajo las rocas. Perforan la piedra con las herramientas que llevan y consiguen agua, pero a 100 grados de temperatura; la dejan enfriar y de ese modo logran saciar la sed y llenar las cantimploras. Caen después accidentalmente por otro pozo, pero la inclinación les llevará hasta donde están Hans y su tío. Cuando Axel vuelve en sí, ve que se encuentran junto a un mar: están en una caverna capaz de contener la cantidad de agua de un océano. Cerca de allí, hay un bosque de hongos donde hallan esqueletos de animales y de humanos. Hans construye una balsa, y de ese modo embarcan e inician una travesía con el fin de alcanzar nuevas salidas en las orillas opuestas. El viaje por mar se hace más largo de lo que pensaban. Durante la travesía pescarán peces extintos del género pterichthyodes y se encuentran con monstruos marinos enormes, un ictiosaurio y un plesiosaurio pero, por suerte, los animales están luchando entre ellos y no se percatan de la presencia de la balsa.
Así, Axel y sus dos acompañantes continúan el viaje con su monótona uniformidad. Siguen el camino y les amenaza una tempestad de viento que sopla a una velocidad incalculable, los relámpagos no cesan, el calor aumenta. De repente ven un disco de fuego pasearse por el espacio a la velocidad de un huracán (posiblemente un rayo globular), que les arranca la vela con el mástil, y los tres amigos son arrastrados con gran rapidez hasta que la almadía choca con los arrecifes de la costa. Axel y su tío se libran de la muerte gracias al guía, Hans, que los arranca del abismo tumbándolos en la arena de la playa. Consiguen rescatar la pólvora, la brújula, el manómetro y alimentos para cuatro meses, si bien han perdido las armas. Con la ayuda de la brújula, comprueban su situación y ven que durante la tempestad han retrocedido en lugar de avanzar. Furioso y desafiando todos los peligros, el profesor Lidenbrock dice que han de volver a la balsa para seguir el viaje, pero antes quiere inspeccionar el lugar donde habían llegado a la deriva. Este lugar les reserva más sorpresas: un cementerio de cuerpos fosilizados en el cual hallan primero un cráneo humano y luego un cadáver entero semimomificado de la era cuaternaria.
Según Lidenbrock, para llegar al centro del Globo aún tienen que bajar 1500 leguas. Para seguir el viaje deben tomar por una galería, pero una roca enorme obstruye la entrada y no les permite penetrar por ningún sitio. Optan por romper la roca con la pólvora que tienen. Preparan todo, encienden la mecha y se refugian en la almadía que tienen en la playa. No obstante, la extremada inestabilidad del terreno hace que la explosión provoque un terremoto y que el mar, convertido en una ola gigante, se los lleve violentamente a lo largo de diversas galerías. Pronto acabarán en una vertical, pero el agua entonces, al recobrar su nivel natural, empieza a subirles a gran velocidad, a modo de un ascensor super rápido. Los tres exploradores se consideran perdidos, viendo que a causa de la velocidad de su ascensión apenas pueden respirar y que el calor se hace insoportable. Las paredes se mueven, los vapores se condensan; son los síntomas de una erupción, y están dentro de la chimenea de un volcán en actividad. De repente, un movimiento giratorio se apodera de la balsa, que se balancea sobre las olas de lava en medio de una lluvia de cenizas, y salen disparados por el abrasador orificio del cráter.
Axel y su tío regresan a casa. La noticia de su viaje al centro de la Tierra se había propagado por todas partes, pero nadie se había creído semejante aventura. No obstante, la presencia de Hans y varios informes llegados de Islandia cambian el criterio de la opinión pública. El profesor Lidenbrock y Axel pasan a ser hombres famosos, y Hans regresa a su tierra natal de Islandia. Descubrirán hacia el final del libro que la indicación de la brújula por la cual habían creído retroceder era errónea: la bola luminosa con la que se encontraron en la tempestad había alterado los polos, haciendo que señalara el norte donde en realidad estaba el sur.
Pues bien, aquí estamos nosotros en el sur, en nuestro profundo sur, que es la Argentina y, como los personajes de la fábula de Verne, descendiendo por nuestra “grieta”. Pero, ojo, también está Bergoglio, nuestro papa Francisco que ante la falta de un conductor en el peronismo, que aparece muy difusa y convenientemente lejana, se agranda cada vez más allá en Roma. Con el peronismo vacante, no es disparatado pensar que la Iglesia se puede hacer cargo de la demanda social (de hecho ya lo está haciendo e irrita al Gobierno); no solamente porque el peronismo no puede formularla, sino para que esa demanda corre el riesgo de radicalizarse hacia la izquierda.
Nosotros, en tanto, los resignados ciudadanos, debemos rogar para que los monstruos de la novela, esos espantosos dinosaurios del remoto pasado no resuciten y nos devoren a todos. El odio que se manifestó ante el Parlamento y continúa en las calles durante los últimos días es más que una señal de alerta. Ojala no se termine jugando con fuego.