Opinión

Palabras van palabras vienen

TRIBUNA

Roberto Alifano | Martes 02 de enero de 2018

Para Herbert Georges Wells, el célebre autor de La máquina del tiempo y El hombre invisible, considerado como el padre de la ciencia ficción moderna, “la civilización es una carrera entre la educación y la catástrofe”; menos trágico que esperanzado, agregó luego (con una sonrisa entre dientes, claro) que cuando veía a un adulto en bicicleta no perdía sus esperanzas en la raza humana. Tampoco nosotros las queremos perder.

Sucede que en esta compleja contemporaneidad que nos toca desenvolvernos, tan hostigada de prodigiosa y extravagante tecnología, nunca llovieron como ahora las palabras que en “mensajes de textos”, muy al descuido, utilizamos para comunicarnos; aunque algunos se quejan, con razón, de que han limitado y vulgarizado el idioma. Se afirma, por otro lado, que utilizamos apenas un promedio de 240 palabras para hablar cotidianamente por los medios modernos. No obstante –y en evidente discrepancia-, la nueva edición del diccionario de la Real Academia Española, que acaba de publicarse parece resignada a la invasión cibernética y abruma con cientos de nuevas acepciones, lo que hace que el volumen supere en peso más de los dos kilos que el anterior. Por supuesto que nuestra respetable publicación jamás podrá ser perfecta, simplemente porque las palabras que sirven de alimento corren más rápido que la prisa por atraparlas y porque los diccionarios no son un espejo del presente sino un compendio que intenta aproximarse a las últimas respiraciones del habla. Lo cual demuestra, una vez más, que el idioma no cesa de moverse y que las palabras flotan un día para elevarse al otro como globos o hundirse para siempre en un naufragio posterior. Quizá las nuevas tecnologías son la prueba más contundente de estas mudanzas; el verbo que ahora se impone como una suerte de moda, mañana quizá perezca sepultado por otro más potente. Hoy tuiteamos, chateamos, blogueamos, etcétera, etcétera. ¿Y mañana? ¿Mañana quién puede saberlo con estas tormentas de WhatsApp, Twitter y YouTube que van y viene todo el tiempo y hasta amenazan con cubrir el sol.

Pero, nuestra preocupación va por otro lado. Mientras tanto, ¿qué lugar ocupa la literatura -y en especial la poesía- acosada ahora por la paradójica amplitud de los académicos? ¿Se justifica asumir una actitud lírica o romántica ante la desidia de una época en que las emociones y los sentimientos parecen asunto de vieja historia? En lo personal, creo decididamente que siempre habrá poesía mientras existan el amor y la ternura, la belleza y los sueños. La poesía es, además, un arma del espíritu. Cuando Pablo Neruda, ya debilitado por su enfermedad, se enfrentó a los militares golpistas que allanaron su casa de Isla Negra, pronunció decidido estas palabras: “Aquí no hay armas, señores o, mejor dicho, hay una sola arma más poderosa que todas las demás: la poesía”.

Recuerdo también que en el remoto Siglo de Oro, le tocó a don Francisco de Quevedo, comparecer ante los acólitos del duque de Osuna, que pretendían hacerlo retractar de sus versos condenatorios, y acuñó aquella frase gloriosa: “La poesía no se compra porque no se vende”. Acaso poco leída (raramente un libro de poemas puede llegar a ser un best-sellers), la eterna poesía es -y seguirá siendo- la Cenicienta de los géneros literarios. Aunque nos puede servir para aproximarnos a esa suerte de alquimia verbal, que con atrevimiento y cierta temeridad usamos para nombrar aquello que a veces se teme nombrar o se considera innombrable; sobre todo cuando está en juego la jerga del lenguaje de internet.

No obstante, la poesía suele ser hasta premonitoria. Casi cuatrocientos años antes del ataque terrorista que produjo la caída de las Torres Gemelas, don Luis de Góngora, anunciaba en la primera cuarteta de un inmortal soneto que hasta las altas torres pueden besar sus fundamentos:

Cosas, Celalba mía, he visto extrañas:
Cascarse nubes, desbocarse vientos,
Altas torres besar sus fundamentos,
Y vomitar la tierra sus entrañas…

La zozobra es tal que, en otro sentido, quizá vale la pena recordar aquello que dijo Albert Einstein al referirse al universal disparate del hombre siempre en contra del hombre: “Ignoro qué armas se van a usar en la Tercera Guerra Mundial, pero de lo que sí estoy seguro es de que en la Cuarta el hombre peleará con palos y piedras”. Frase aterradora si las hay. Aunque ahora sabemos, casi a ciencia cierta, que en la Tercera Guerra Mundial no van a combatir personas, sino computadoras y robots. ¿Y luego y luego y luego…?

En lo personal sigo creyendo en la aventura de la palabra, en esa posibilidad de libertad que nos brinda y en el sendero estético que nos abre. ¿Por qué no emplear nuestras herramientas y aproximarnos a ese lenguaje pretendidamente cientificista, que la mayoría considera antipoético, pero cuya invención pertenece a un mundo en vertiginosa transformación, que vuela adelante del idioma. La palabra es algo libre y exultante de vida. Es probable que ciertas expresiones choquen a los puristas, pero tengo la convicción de que ya se ha establecido con la misma intensidad que las palabras amor o melancolía, tan necesarios a la construcción de cualquier poema.

Va aquí una muestra de que en asuntos de palabras todo es posible. El arte de la literatura también admite lo lúdico. Mi amigo y compatriota, el poeta Antonio Requeni, apoyado en las formas clásicas del gran don Francisco de Quevedo, utilizó la muy moderna palabra “celular” para construir, jugando seriamente, este precioso soneto que tituló “Quevediana” y se publicó en la revista Proa hace poco tiempo:

Érase un hombre a un celular pegado.
Érase un celular autoadhesivo.
Lapa en la oreja y timbre intempestivo.
Molusco digital. Verme amaestrado.
Era un archiartefacto muy preciado
con el que un hombre, acaso inofensivo,
desde la calle o en el colectivo
podría demoler todo un Estado.
Era un celoso caracol ceñido
al ser parlante y eran los dos uno.
Lengua y oreja siempre caminando.
Érase un celular a un hombre unido
por designio jamás inoportuno.
Pero aquel hombre, ¿de qué estaba hablando?