Opinión

La ignominia de las pateras

Jueves 10 de julio de 2008
Desde hace algunos años, el inicio del verano suele traer consigo buena mar, y con ello la llegada de las primeras pateras a nuestras costas. Este flujo va aumentando a medida que transcurren los meses cálidos. Pero lo que en tiempos era una mera anécdota se ha convertido últimamente en un problema de dimensiones considerables, cuya magnitud traspasa fronteras -nunca mejor dicho-. Si ya es trágico tener que abandonar familia, hogar y país en busca de un porvenir -cuando no simplemente sobrevivir-, lo es aún más perder la vida en el intento. En esta ocasión, 15 personas han perdido la vida intentando arribar a costas españolas. Por si cabía aún más dramatismo, algunos de ellos eran bebés, arrojados al mar por sus propias madres al ver que habían fallecido, a causa de la dureza de la travesía.

Sobrecoge las imágenes de los inmigrantes, sin fuerzas apenas para valerse por sí mismos; sobrecoge, fundamentalmente, ver sus rostros, que son la viva imagen de la desesperación. Saben lo que les aguarda: la repatriación a sus países, y en muchos casos, el tener que enfrentarse a la mafia que les trajo, con consecuencias impredecibles. Se hace imprescindible una buena dosis de humanidad con gente que arriesga su vida por darle un futuro a los suyos. Unido, indefectiblemente, a otro tanto de firmeza. Firmeza que se antoja imprescindible en asuntos de esta índole. España ha demostrado una voluntad de acogida y una sensibilidad con los inmigrantes -recordemos las imágenes de bañistas socorriendo a náufragos de algún cayuco- fuera de toda duda; pero el deber de prestar ayuda humanitaria no debe distraer de la obligación, igual de importante, de dejar bien claro el mensaje de que en Europa sólo es posible entrar legalmente. Ese mensaje debe contener un adenda con la inexcusable tarea de socorrer a quien lo necesite, como no puede ser de otra manera. Pero abrir las fronteras y dar papeles erga omnes, lejos de ser una alternativa, supondría dar alas a una catástrofe humanitaria de dimensiones colosales. Y mientras ese mensaje no quede claro, el problema subsistirá. Tenemos meses para comprobarlo.

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