Jueves 10 de julio de 2008
El paro nacional convocado para el miércoles por la CGTP (Confederación General de Trabajadores del Perú) tuvo un seguimiento irregular, en el que destacaron las diferencias entre la capital, Lima, y las provincias. De esta forma se hizo patente la brecha existente, cada vez mayor, entre el centro y la periferia de un país que, paradójicamente, es uno de los que más y mejor está creciendo de toda América Latina. Y decimos paradójicamente, porque, a pesar de las excelentes cifras de crecimiento económico, el aumento de las inversiones y exportaciones o la baja inflación, la popularidad del presidente Alan García cayó el pasado mes en más de 30 puntos y la huelga de esta semana se convocó en protesta por las políticas económicas de su Gobierno. El problema estriba que amplios sectores de la sociedad peruana consideran que de poco sirve el crecimiento del país si sólo disfrutan del mismo unos pocos sectores de la sociedad, mientras que el resto sigue sumida en la pobreza.
Sin embargo, a pesar de que el paro haya tenido un eco mediático, no parece que sus efectos vayan a llegar muy lejos. Falta una figura importante que canalice el malestar existente, más allá de los sindicatos que, a pesar de que salen reforzados después de la huelga, necesitan de un brazo político que canalice sus demandas. Con una oposición prácticamente desaparecida, que ni siquiera se personó en ninguno de los actos, los trabajadores no pueden esperar que sea ella quien cumpla esta función. De hecho, la CGTP debería agradecer al Gobierno la publicidad que hizo del paro en los días anteriores al mismo. Sin la criminalización de la huelga que se hizo desde el ejecutivo de García -se llegó a acusar a los huelguistas de terroristas y se movilizó al Ejército-, seguramente el paro habría tenido una mayor incidencia.
Desde el punto de vista político, la CGTP no ha logrado demasiado. Alan García no va romper los Tratados de Libre Comercio ni a virar la política pro inversionista de su Gobierno después de este paro. Pero desde el punto de vista de higiene democrática, los sindicatos han demostrado tener una idea mucho más clara de cómo hay que comportarse en democracia -salvando algunos incidentes aislados, las protestas se desarrollaron en un ambiente pacífico-, frente a un Gobierno que parece no entender que la confrontación legítima y la presión social forman parte del sistema.
TEMAS RELACIONADOS: