Opinión

Vathek, un clásico de la novela gótica

TRIBUNA

Roberto Alifano | Sábado 06 de enero de 2018

La realidad es harto compleja, tan abarcadora y sucesiva que es imposible detenerse en ella para darle explicación; más arduo nos resulta definirla. Pues es, a la vez, tan fragmentaria, tan maleable y tan simplificada, que un observador sagaz u omnisciente podría redactar un número indefinido, y casi infinito de situaciones que destacan hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista podemos ser nosotros mismos, el otro o los otros. Mi recordado amigo Juan José Saer juega con estos puntos de vista en su notable novela Nadie nada nunca. Si nos disponemos a desarrollar la biografía de un hombre, por ejemplo, podemos imaginarnos que la integran, digamos, diez mil o quince mil hechos. Detenernos en el Ulysses de Joyce, no nos impide concebir una historia de los sueños de un hombre; otra, de las funciones de los órganos de su cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él; otra, de todos los momentos en que se imaginó el mar o el desierto; otra, de su comercio con la noche y con las auroras. Lo que acabo de señalar puede parecer meramente quimérico; desgraciadamente, no lo es. Hay muchas realidades y, como nos enseñan Saer y Joyce, diversos puntos de vista de un mismo hecho contado por diversas personas.

Nadie se resigna tampoco a escribir la biografía literaria de un escritor, la biografía militar de un soldado o la biografía mística de un sacerdote o un pastor; todos prefieren la biografía genealógica, la biografía económica, la biografía psiquiátrica, la biografía quirúrgica, la biografía tipográfica. Entre seiscientas o quinientas páginas comprende cierta vida de Baudelaire, que leí no hace mucho; el autor, fascinado por sus borracheras y amoríos, apenas logra rescatar un paréntesis para Las flores del mal y para la cosmogonía de la traducción de Eureka de Poe. Otro ejemplo pueden ser las múltiples enfermedades del prócer Manuel Belgrano en la biografía que le dedica Bartolomé Mitre. En ese libro se habla tan escasamente de batallas como en el que el mismo autor escribió sobre San Martín. “En nuestra literatura contemporánea –bromeaba Borges refiriendo a Carlyle- se predice nuestra literatura contemporánea; en nuestros días lo paradójico puede ser la biografía de Miguel Angel que tolere alguna mención de las obras de Miguel Angel.”

Vayamos al fabuloso texto que nos ocupa. El arte gótico es la denominación historiográfica del estilo artístico que se desarrolló en Europa occidental durante los últimos siglos de la Edad Media, desde mediados del siglo XII hasta la implantación del Renacimiento (siglo XV para Italia), y bien entrado el siglo XVI en los lugares donde el Gótico pervivió más tiempo. Se trata de un amplio período artístico, que surge en el norte de Francia y se expande por todo Occidente. Según los países y las regiones se desarrolla en momentos cronológicos diversos, ofreciendo en su amplio desarrollo diferenciaciones profundas, siendo más puro en Francia, quizá (muy distinto al de París y al de Provenza), más horizontal y cercano a la tradición clásica en Italia (sobre todo si pensamos en la Divina comedia), aunque al norte se acoge uno de los ejemplos más paradigmáticos, como en arquitectura lo es la catedral de Milán); también se enriquece con peculiaridades locales en Flandes, Alemania, España e Inglaterra.

Detengámonos en Inglaterra, donde floreció en la imaginación y la pluma de prodigiosos escritores como Horace Wallpol, Mary Shelley, o en las sangrientas vivencias de Gilles de Rais (o Gilles de Retz), que me condujo a su castillo de Tiffauges hace un par de años. Ahora, la relectura de una añeja biografía de William Beckford (1760-1844), que también leyó Borges y le sirvió como fuente inspiración para su prólogo del Vathek, el clásico de este prodigioso escritor, me han motivado las anteriores observaciones.

William Beckford, de Fonthill, encarnó un tipo suficientemente trivial de millonario de aquella remota época, gran señor, viajero, bibliófilo, constructor de palacios y libertino; Chapman, su biógrafo, desentraña (o procura desentrañar) su vida laberíntica, pero prescinde de un análisis de Vathek, novela a cuyas últimas diez páginas William Beckford debe su gloria. Pues bien, Beckford fue una figura fascinante, que no habría estado fuera de lugar en el círculo de Lord Byron. Al igual que Byron, tenía gustos extravagantes tanto en el arte como en la vida y como él se vio inmerso en escándalos que le obligaron a pasar un tiempo considerable fuera de Gran Bretaña.

Era hijo de un hombre riquísimo y poderoso que había sido dos veces alcalde de Londres. A la muerte de su padre en 1770, se convirtió, a la edad de diez, en el plebeyo más rico de Inglaterra y esto le permitió, a medida que crecía, entregarse a su pasión por las, incluso a tomar clases de música con Mozart.

Beckford viajó bastante por Europa. Escribió varios libros sobre arte y sobre sus viajes, pero su gran obra literaria es Vathek, iniciada en 1782, un relato ambientado en el mundo árabe, pero escrito con una sensibilidad gótica y con condimentos para encarar lo grotesco y demoníaco. La historia cuenta cómo el califa Vathek, animado por su madre, busca el saber arcano y las hechicerías prohibidas a los buenos musulmanes. Aunque para ello tenga que ultrajar al visir Morakanabad y al jefe de los eunucos Bababalouk. Tentado por una Giaour, quien le promete los tesoros del Palacio Subterráneo de Fuego y los talismanes que controlan el mundo, Vathek abjura del Profeta y comete una serie de crímenes antes de salir a encontrar un camino hacia palacio.

Esta relectura me llevó también a confrontar varias críticas del libro. El prólogo que Mallarmé redactó para su reimpresión de 1876, abunda en observaciones felices (ejemplo: hace notar que la novela principia en la azotea de una torre desde la que se lee el firmamento, para concluir en un subterráneo encantado), pero está escrito en un dialecto etimológico del francés, de ingrata o imposible lectura. Hilaire Belloc en A Conversation with an Angel, 1928, opina sobre Beckford sin condescender a razones; equipara su prosa a la de Voltaire y lo juzga uno de los hombres más viles de su época; pero, quizá, el juicio más lúcido es el de Saintsbury, en el undécimo volumen de la Cambridge History of English Literature.

Pero sigamos con el argumento del relato de Beckford. Haciendo caso omiso de las instrucciones del Giaour, Vathek acepta la hospitalidad de la santa Emir Fakreddin y se excita con el deseo de la joven hija del emir, Nouronihar. Si bien hasta ahora los dos se hacen inseparables, Nouronihar es a la vez halagada por las atenciones del califa e igualmente tentada por la promesa de poder y tesoros de otro mundo. De tal manera, los dos viajan a la ciudad en ruinas de Istakhar, a través del cual podrán entrar en el Palacio Subterráneo de Fuego, el dominio de Eblis (Satán en lengua islámica). El lector se sorprenderá al descubrir que la recompensa prometida no es exactamente lo que se espera para Vathek y Nouronihar.

Agrego que la historia es entretenidamente contada con un inmenso estilo y brío. Llena de descripciones de belleza, lujo y con una magnífica definición del mal, la muerte y el horror. Los personajes principales son fascinantes y atractivos. Exuberantes y aterradores, entre ellos los malos como Carathis.

Vathek es una novela no muy extensa. Está dividida en los llamados “episodios”. Las historias fueron descubiertas hace unos cien años y publicadas como Los episodios de Vathek. Existía en un principio un episodio sin terminar (una historia de jóvenes, gemelos incestuosos) más tarde completada por el autor de fantasía americana Clark Ashton Smith. Al igual que con muchos libros antiguos, el lector moderno tiene que dejar a un lado las suposiciones contemporáneas hasta cierto punto y simplemente disfrutar de la historia como lo que es. Entonces, y sólo entonces, se alucinará con el majestuoso libro de la fantasía premoderna que es Vathek.

Esencialmente la fábula de Vathek no es demasiado compleja como ya supone mi lector. Vathek (Harún Benalmotásim Vatiq Bilá, noveno califa abasida) erige una torre babilónica para descifrar los planetas. Estos le auguran una sucesión de prodigios, cuyo instrumento será un hombre sin par, que vendrá de una tierra desconocida. Un mercader llega a la capital del imperio: su cara es tan atroz que los guardias que lo conducen ante el califa avanzan con los ojos cerrados. El mercader vende una cimitarra al califa; enseguida desaparece. Grabados en la hoja hay misteriosos caracteres cambiantes que burlan la curiosidad de Vathek. Un hombre (que luego desaparece también) los descifra; un día significan: “Soy la menor maravilla de una región donde todo es maravilloso y digno del mayor príncipe de la tierra; otro: Ay de quien temerariamente aspira a saber lo que debería ignorar”. El califa se entrega a las artes mágicas; la voz del mercader, en la oscuridad, le propone abjurar la fe musulmana y adorar los poderes de las tinieblas. Si lo hace, le será franqueado el Alcázar del Fuego Subterráneo. Bajo sus bóvedas podrá contemplar los tesoros que los astros le prometieron, los talismanes que sojuzgan el mundo, las diademas de los sultanes preadamitas y de Suleimán Bendaúd. El ávido califa se rinde; el mercader le exige cuarenta sacrificios humanos. Transcurren muchos años sangrientos; Vathek, negra de abominaciones el alma, llega a una montaña desierta. La tierra se abre; con terror y con esperanza, Vathek baja hasta el fondo del mundo. Una silenciosa y pálida muchedumbre de personas que no se miran erra por las soberbias galerías de un palacio infinito. No le ha mentido el mercader: el Alcázar del Fuego Subterráneo abunda en esplendores y en talismanes, pero también es el Infierno. (En la congénere historia del doctor Fausto, y en las muchas leyendas medievales que la prefiguraron, el Infierno es el castigo del pecador que pacta con los dioses del Mal; en ésta es el castigo y la tentación.)

Saintsbury declara o sugiere que la invención del Alcázar del Fuego Subterráneo es la mayor gloria de Beckford, su más alto logro literario. Borges, por su parte, afirma que se trata del primer Infierno realmente atroz de la literatura. Yo, compulsivo lector de la Comedia, arriesgo esta paradoja: es el más ilustre de los avernos literarios, el dolente regno de Dante, un sitio no tan atroz; el sitio en el que sí ocurren hechos atroces. Supongo que mi temeraria distinción puede ser válida.

Stevenson, en A Chapter on Dreams, refiere que en los sueños de la niñez lo perseguía un matiz abominable del color pardo; Chesterton, en The Man who was Thursday, IV, imagina que en los confines occidentales del mundo acaso existe un árbol que ya es más, y menos, que un árbol, y en los confines orientales, algo, acaso una torre, cuya sola arquitectura es malvada. Poe, en el Manuscrito encontrado en una botella, habla de un mar austral donde crece el volumen de la nave como el cuerpo viviente del marinero; Melville dedica muchas páginas de Moby Dick a dilucidar el horror de la blancura insoportable de la ballena…

Quizá, como buen devoto y lector de Borges. Me he prodigado en demasiados ejemplos; quizá hubiera bastado observar que el Infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla. La Divina Comedia es, para mí, el libro más justificable y más firme de todas las literaturas: Vathek (en esto también coincido con Borges) es una mera curiosidad; creo, sin embargo, que Vathek pronostica, siquiera de un modo rudimentario, los satánicos esplendores de Thomas de Quincey y de Poe, de Charles Baudelaire y de Huysmans.

Chapman indica algunos libros que, de acuerdo a su criterio, influyeron en Beckford: la Bibliothéque Orientale, de Barthélemy d'Herbelot; los Quatre Facardins, de Hamilton; La Princesa de Babylone, de Voltaire; las siempre denigradas y admirables Mille et une Nuits, de Galland. Recuerdo que alguna vez Borges me señaló que complementaría esa lista con las Carceri d'invenzione, de Piranesi, que son aguafuertes alabadas por Beckford, en la que se representan poderosos palacios, que son también laberintos inextricables. Beckford, en el primer capítulo de Vathek, enumera cinco palacios dedicados a los cinco sentidos; Marino, en el Adone, ya había descrito cinco jardines análogos. Como nada nace de la nada, tampoco nos cuesta imaginar que esa fue otra fuente de inspiración para nuestro gótico Beckford.

Sólo tres días y dos noches del invierno de 1782 requirió William Beckford para redactar la trágica historia de su califa. La escribió en idioma francés; Henley la tradujo al inglés en 1785. “El original es infiel a la traducción”, se quejó ante mí Silvina Ocampo, coincidiendo con Saintsbury, que observó que el francés del siglo XVIII es menos apto que el inglés para comunicar los indefinidos horrores de la singularísima novela. La editorial Perrin, de París, ha publicado una nueva versión del texto original, revisado y prologado por Mallarmé. En español Alianza ha hecho lo propio con traducción y cuidado de Javier Martín Lalanda.

Confieso que me resulta raro que la laboriosa bibliografía de Chapman ignore la revisión y el esclarecedor prólogo del poeta Stephan Mallarme. Pero, como señalamos al comienzo, la realidad es harto compleja, tan abarcadora y sucesiva que es imposible descifrarla. ¿Podemos, por consiguiente, perdonar tan lamentable omisión?