Estaba sentado en una de esas terrazas cubiertas con estufa. En Madrid no sé si volará bajo el grajo, pero cuando se enfría la ciudad hace un frío del carajo. Un café descafeinado de máquina y unas hojas en blanco para inventar algo que llene el apetito de mis lectores. Estoy en las proximidades de un Centro de Salud de la Seguridad Social. Atención primaria a discreción dada las fechas recientes. Ahora es cuando el colesterol no engaña y la cepa del virus de la gripe ataca cuerpo a cuerpo con bayoneta calada.
Hay quienes salen del centro asistencial con cara de pocos amigos. La salud es lo que tiene. Sin embargo otros entran en exclusiva para coger algún ejemplar de ese periódico gratuito que se dispensa por las mañanas. Estos salen más relajados. Sin embargo me llama la atención alguien muy malhumorado, tanto que sale acompañado por un vigilante de seguridad. ¡Tengo cita y tengo derecho a ser atendido! –exclama el propio. “Sí, pero ello no le da derecho a agredir a su médico” –oigo decir al vigilante.
Uno guarda vestigios de otros tiempos pasados y no por nostalgia de aquello, sino por el pudor de lo que, llamándose respeto, permitía no sentir la vergüenza ajena que hoy salta a la mínima. En la España en blanco y negro de aquellos años los médicos de familia eran toda una institución. Por ejemplo, para un pueblo cualquiera su iconografía lugareña estaba representada, principalmente, por el médico, el alcalde, el maestro, el boticario, la guardia civil y el señor cura; a partir de ahí los oficios que cada cual revertían en los paisanos, ya fuere la labor de sanar cuerpos como la de encarrilar almas, pasando por las variables que cada cargo tenía a bien desempeñar. Estas figuras formaban el todo de la obediencia debida al tratarse de autoridades que infundían respeto; aunque estos prefectos, y en determinados casos, lo confundieran con el abuso de poder.
Pero hoy viene a citas la figura del médico de familia. Resulta curioso como los galenos han ido perdiendo el sitial de lo icónico en lo que a consultas de proximidad se refiere. Antes a cualquier hora del día o de la noche, fuera jueves o fiesta de guardar, traía a consulta del médico esa figura con maletín negro más propio de un prestidigitador que de alguien capaz de conocer a través de sus manos y de la propia acústica del fonendo, el sentir de los adentros corporales. Entonces no existía otra que la de presentarse en el ambulatorio y pedir la vez para ser atendido. Ahora, sin cita previa no eres nadie.
Mejor, mucho mejor, que quieren que les diga, porque en cosa de citas en la sanidad pública no hay quien nos gane. En realidad es como si lo de ir al médico fuera una cita a ciegas y claro, hasta para violentar a los médicos hay quienes guardan su agrio carácter. Según la Organización Médica Colegial las agresiones a médicos en toda España se incrementan de manera muy preocupante. En cuanto a la autoría, según estas fuentes, el 39% de los embates fueron llevados a cabo por pacientes con cita previa.
Y claro, preocupa la cosa más que nada por si esto pudiera ser algo vírico y por tanto contagioso. Uno arrima a otros su estancia en la sala de espera y queda a merced de estos brotes de violencia y mira por donde, pillas lo que no tienes. Hombre, entrar en consulta y discrepar con el médico en orden a lo que te duele y no estar conforme con ello, es algo natural. A nadie le gusta tener una esofagitis y que te hagan ver que la dolencia te viene del oído, por ejemplo, pero de ahí a sacudir estopa ya es otra historia.
Hoy en día el personal anda muy desorientado, hay que entender que todo lo que sea respetar para ser respetado está fuera de lugar. Hay de todo, por supuesto, pero el facultativo que se precie, me consta que rara vez tuvo ganas de pelearse con nadie, salvo con los virus ajenos. Mucha más furtiva es la idea de que alguien pida cita para acudir a la consulta médica con la clara intención de vengarse de todo lo que se menea por vayan ustedes a saber qué asunto. Lo cierto es que tratándose de la sanidad pública, cuanto más nos dan, más nos quejamos. En fin, al menos hoy esto me ha servido para no tener que escribir de política.