Desde hace años la ciencia política y la política misma se han negado a encarar uno de los principales desafíos del poder: el valor de la democracia. En nombre de la democracia se han cometido --en lenguaje figurado y real-- muchos crímenes. El concepto mismo de democracia requiere un replanteamiento a la luz de los conflictos, reorganizaciones y nuevas formas de la convivencia social.
Hacia 1987 y 1988, Giovanni Sartori y Norberto Bobbio iniciaron un replanteamiento de la democracia, el primero revisando su Teoría de la democracia y el segundo con su estudio sobre El futuro de la democracia. En 1989 se desmoronó el muro de Berlín y las ideas políticas tuvieron que repensarse, aunque con la limitante del neoliberalismo o victoria --cuando menos conceptual-- del mercado.
En dos casi tres décadas la democracia se ha enredado En nombre de la democracia se imponen dictaduras o dinastías civiles y militares. En el México del PRI se inició en 1958 una batalla por la democracia contra el régimen autoritario y en el 2000, cuarenta y dos años después, la democracia prohijó la alternancia partidista en la presidencia de la república: el PAN desplazó al PRI hasta ese momento invencible.
Pero la democracia llevó al PRI de un promedio electoral de 80% en 1976 a 40% en la actualidad… y las cosas no sólo siguieron igual, sino que empeoraron. Si la democracia en México es, como dice el artículo 3º constitucional, “no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino… un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”, el autoritarismo priísta se justificó con la prioridad del bienestar y no las reglas tradicionales de la democracia. El régimen priísta comenzó a abrir los espacios de la democracia en 1969 y llegó hasta la alternancia, pero casi en sentido inverso el bienestar se fue perdiendo.
La elección presidencial del primero de julio próximo en México deberá abrir un debate sobre la democracia. Las elecciones como ejercicio de la democracia han servido para dos cosas: cambiar gobernantes y votar proyectos de gobierno. El desencanto con la democracia entre los mexicanos --70%, según Latinobarómetro-- ha comenzado a regresar los dilemas al pasado, cuando el autoritarismo se diluía con tasas de bienestar.
En los años del autoritarismo priísta 1934-1982, el PIB promedio anual fue de 6%. En el ciclo democrático 1983-2018, la tasa promedio anual del PIB ha sido de 2.2%. Somos más democráticos, pero más desiguales. O como dice la voz popular: estábamos mejor (bienestar), cuando estábamos peor (autoritarismo). Los politólogos temen que pueda haber una reversión en los enfoques políticos de los ciudadanos que permitan el regreso al viejo PRI, a cambio de bienestar. Este sería el argumento de López Obrador, ex priísta y pre-pos populista.
Entre la democracia y el autoritarismo se localiza un hoyo negro que representa el punto central del futuro de México: el modelo de desarrollo, ya sea con autoritarismo o con democracia. El bienestar en el pasado autoritario priísta fue posible por el control corporativo de las clases sociales. El ensayista marxista José Revueltas señaló en un texto que la cave de la estabilidad con desarrollo en México fue el control de la “totalidad” de las relaciones sociales al interior del PRI; la lucha de clases se anuló por el Estado paternalista en el PRI. Cuando el PRI perdió el control sobre las relaciones sociales, desarrollo y estabilidad perdieron su ritmo.
Lo que menos se desea es la reconstrucción del dilema autoritarismo-bienestar, pero el PRI sigue controlando las relaciones sociales-relaciones de producción a través del Estado autoritario porque los nuevos partidos no priístas han fracasado en la construcción de liderazgos clasistas: el Partido Comunista Mexicano arrió sus banderas en 1989 y se transformó en PRD como partido que quiere reconstruirse como el viejo PRI populista; el PAN se ha corrido de la derecha al centro y en la presidencia en 2000-2012 reprodujo y magnificó el populismo paternalista priísta. Por eso el PRI siguió gobernando desde la oposición.
Las dos funciones originales de la democracia --poner-quitar gobernantes y definir proyectos de gobierno-- funcionan en México, pero el problema radica en la baja calidad de los candidatos y la ausencia de un modelo de desarrollo alternativo al neoliberal definido por Salinas de Gortari desde 1980. Las figuras que procesan sus candidaturas han aceptado mantener la estabilidad macroeconómica, eje dominante del neoliberalismo mexicano. Por tanto, gane quien gane no habrá nuevo rumbo en el desarrollo y México seguirá en el nivel de 2.2% promedio anual de PIB por otros seis años más.
Y ahí es donde los ciudadanos preguntan si vale la pena votar para poner-quitar gobernantes y por las propuestas continuistas de gobierno, si ninguno de los candidatos ofrece una alternativa de modelo de desarrollo/política económica. La democracia, por tanto, no responde a las necesidades de bienestar de los ciudadanos. Y como se ven las cosas no puede haber una tercera opción, sino que candidatos y partidos reconcilien democracia con bienestar usando las elecciones como oferta de un modelo de desarrollo social. Si no lo hacen, en Mexica habrá abstención que deslegitime a los próximos gobernantes o un voto de castigo a favor del candidato que no quiere el establishment pero que implicaría un voto de resentimiento o venganza social.
La democracia será eficaz en tanto ofrezca pluralidad ideológica y alternativas de bienestar.