Opinión

El sol en el ocaso, la nueva aurora

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 12 de enero de 2018

Obviamente no es para tanto ni podemos escuchar con claridad aquel canto entre mortuorio y de celebración por el cual se nos anunciaba la muerte del rey y la asunción del nuevo monarca a quien se le deseaba larga vida.

Sin embargo… el gobierno de Enrique Peña se disgrega y se congrega de nuevo, pero a todos los recién llegados o transferidos o colocados en otras posiciones, les queda el amargo regusto de un lapso mínimo para sentirse cobijados por el largo manto del armiño presidencial. Diez meses.

-Ha muerto el Rey; viva el Rey.

No es este tiempo ya para ofrecer las promesas de asuntos públicos cuya solución ya debería ser parte del inventario y no del anhelo de campaña.

Lo hecho, hecho queda y lo irrealizado no se hará en estos fugaces meses en los cuales la atención del público estará puesta en las campañas, la contienda electoral, su resultado y el nacimiento de una nueva aurora para la nación, el cual se presentará bajo un cielo nublado desde su inicio.

Graves son las condiciones nacionales. Pero esa es la realidad y no se tiene otra a la mano pues ya sabemos: la realidad es insobornable y única. No hay otra y no es con los ojos cerrados como se modifica. Tampoco con los párpados abiertos.

El gobierno se cambia pero no cambia. Los mismos personajes ocupan posiciones distintas. El mando único en el juego presidencial no se altera, pero la lealtad ya ensaya en otros teatros. El Presidente emplea sus capacidades y prepara una salida correcta y busca, también, una protección al futuro. Alguien cuya lealtad lo siga hasta el desierto de la ciudadanía al cual volverá, así sea por poco tiempo, cuando de sus manos caiga la banda presidencial y otro pecho, nadie sabe el de quien, todavía, la luzca con orgullo y sed de preeminencia, cuando no de venganza –si se trata de algún opositor maltratado--; de justificación del cargo; de reivindicación personal.

Este es el indefectible camino del poder: la más fastuosa carretera hacia la soledad de cuando se pierde.

Mientras tanto otras cosas pasan aquí y en el mundo:

El año pasado escribí algo en referencia al acoso sexual en la industria cinematográfica de los Estados Unidos y sus repercusiones y similitudes en cualquier parte del mundo.

“… ¿Cuántas veces vimos al porcino señor Weinstein, con su redonda y abrumadora humanidad, blandir como una antorcha los muchos “Oscar” logrados por su firma en decenas de películas espléndidas?

Muchas. Y en todas esas escenas lo miramos rodeado de las increíblemente bellas mujeres de la pantalla, las cuales lo abrazaban y le agradecían públicamente el trabajo colectivo, pues (dice el lugar común); “…el cine es un trabajo de equipo…”.

Pero quizá las cosas cambien en verdad, sobre todo ahora con la demostración de poderío (empoderamiento, le llaman los cursis de la post modernidad) realizada “la noche de los vestidos negros” durante la ceremonia de entrega los premios “Golden Globe” y cuya naturaleza decisiva bien podríamos advertir en estas palabras de Oprah:

“Por mucho tiempo, las mujeres no han sido escuchadas o creídas si se atreven a decir la verdad al poder de esos hombres.

“Pero su tiempo se acabó”.