Opinión

Franciscus made in Argentina

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 15 de enero de 2018

El reflexivo e intencional mal interpretado viaje del papa Francisco a Chile ha desatado una ola de posturas de diversos sectores de la intelectualidad y del periodismo argentino. No es para menos y se entienden algunas razones; otras no, probablemente por la falta de información. Lo cierto es que la próxima semana, sin duda con mucha nostalgia, el vicario de Jesús en Roma, sobrevolará su tierra para aterrizar en Chile, país ejemplar en el orden democrático, con sus debidas alternancias de izquierdas y derechas, y con el catolicismo más sólido y consecuente de toda la región, que tuvo como adalid al valiente cardenal Raúl Silva Henríquez, una de las principales referencias de Francisco en la contemporaneidad social, plantado en su momento como opositor al dictador Pinochet.

Un vistazo a la situación actual de la Argentina justifica y hace que le sobren razones a nuestro compatriota para no pisar su querida patria; y digo querida porque sé del hondo sentimiento que el papa Francisco profesa a su tierra y a su gente. Sin embargo, sus enemigos –porque los tiene-, de uno y otro sector, lo critican ásperamente llegando a imponer, menos que a sugerir, como lectura obligatoria para establecer sus críticas en estas vacaciones el libro Dios en el laberinto del ensayista Juan José Sebreli.

Aplomado, discreto, oscuramente porteño de San José de Flores, un tradicional barrio ubicado en las adyacencias de Buenos Aires (merecedor en el siglo pasado de un famoso tango que popularizara el maestro Osvaldo Pugliese; “Me da pena verte, hoy barrio de Flores, / rincón de mis juegos de pibe andarín. / Recuerdos cachuzos, novelas de amores. / Que evoca un romance de dicha sin fin…”) y, por lo mismo, medularmente argentino, el Papa Francisco, bautizado en 1936 con el nombre secular de Jorge Mario Bergoglio, que hoy ocupa el 266 Vicariato de Cristo como monarca de la Ciudad del Vaticano, es la figura eclesiástica y política más referencial de nuestro tiempo.

De tal manera, la visita de Francisco a Chile se da en un momento en que la imagen del presidente Mauricio Macri y de su gestión de gobierno viene sufriendo en las últimas semanas una de las mayores caídas en su nivel de popularidad desde su llegada al poder en diciembre de 2015. Esa baja, de aproximadamente diez puntos, no ha sido la única mala noticia para el Gobierno, ya que en la ciudad de Buenos Aires la tensión social también experimentó una importante suba durante el pasado año; si se mide, sobre todo, por la cantidad de protestas callejeras.

En cuanto al libro de Sebreli, comentado acaso tardíamente con el debido oportunismo por un muy leído columnista del diario La Nación, diremos, resumiendo, que empieza por afirmar que Bergoglio es “un conservador popular y que sus apóstoles no encuentran en la pobreza una carencia sino una virtud”. Para ilustrar estos conceptos recurre a las declaraciones públicas formuladas por sus más cercanos colaboradores, que muestran cierta desconfianza frente a la urbanización de las villas, puesto que esa mejora conllevaría “valores evangélicos muy olvidados por la sociedad liberal de la Argentina”. Flota entonces el concepto tácito de que la clase media ha sido corrompida por el dinero, y que ha virado hacia un cierto agnosticismo o tal vez a un catolicismo superficial, como viene ocurriendo en todas las capitales laicas del Occidente. Muestra, sin embargo, en contraposición, las zonas marginadas en todas las latitudes donde Dios brilla sin dudas ni sombras. Uno de ellos sería Chile, podemos agregar. Con estos argumento y con muchos otros, el sociólogo Sebreli refuta la concepción “pobrista” de Bergoglio, catalogándola de falsa sin ningún eufemismo y trae un ejemplo tal vez comprobable al señalar que “el ideal de los villeros no es el de cultivar el “comunitarismo” ni formar una microsociedad, ni preservar su 'identidad cultural', sino salir de allí lo más pronto posible; incluso las familias de villeros más organizados y con mejor situación envían a sus hijos a escuelas lejos de las villas y los que tienen un trabajo dan un domicilio falso. No son los 'porteños' despectivamente tratados por los curas, sino los propios villeros quienes detestan la villa, y querrían integrarse a la ciudad. La ayuda a los pobres no consiste en exaltar la pobreza como un mérito sino en combatirla, y eso solo se consigue con posibilidades de trabajo, educación, vivienda, salud, control de la natalidad, e integración plena a la sociedad”.

La prédica del Papa, según Sebreli y su comentarista del diario La Nación, no reconocen el Estado de bienestar de las democracias republicanas; en consecuencia, sus relaciones no se arman en torno a partidos políticos, sino a organizaciones sociales, cuya consigna es “imitar al pobre” y cuya especialidad consiste en “gerenciar la dádiva”, cosa que, según afirman, Bergoglio y sus seguidores han hecho desde pasadas épocas. Es decir, ser partidarios de la corrección de abusos, pero no de los cambios de usos. “Ni los diversos marxismos, ni cualquiera de los liberalismos posibles son afines a esa ocurrencia de fondo: ambos pretenden razonablemente resolver un problema económico con la economía”, conjetura el autor de Dios en su laberinto, siendo visiblemente aplaudido por el columnista.

A esta nueva concepción eclesiástica, Sebreli la califica de “utopía reaccionaria”, negadora de la modernidad y prejuiciosa con el capitalismo de cualquier orden, dado que confunde las partes con el todo, es decir, los múltiples defectos y desigualdades del sistema, con sus cualidades, y con la innegable prosperidad social que produjo en muchas naciones. La alternativa parece ser un populismo religioso que sospecha del progreso; con liderazgos carismáticos y con un rasgo curiosamente anti intelectual: Sebreli anota que durante el Tedeum del 25 de mayo de 1999 el entonces cardenal instaba a beber de “las reservas culturales de la sabiduría de la gente corriente” y a no hacer caso de “aquella que pretende destilar la realidad en ideas”.

Quien esto escribe, bastante cercano a Bergoglio antes de que fuera Cardenal o Papa, desmiente estas versiones cercanas a la infamia. El religioso siempre estuvo del lado de los pobres y lo hizo con sinceridad, algo que interpretó y busca poner en práctica ahora. Esta política no es más ni menos que la Doctrina Social de la Iglesia, que sirvió y sirve de base al movimiento peronista. Creo que ningún rico de la Argentina puede mostrar una foto de Bergoglio sentado a su mesa degustando manjares o buenos vinos; abundan en cambio las que lo hace tomando mate con la gente humilde.

Otro capítulo, Sebreli lo dedica a la formación laica del célebre vecino del barrio de Flores; que, como todo argentino cabal, disfruta las ventajas de ser inclasificable. Abunda luego en su paso por Guardia de Hierro (el grupo más extremista del peronismo de derecha), e indaga en su lectura jesuítica de la realidad y luego lo retrata en lo que intenta mostrar en estos días. Para Sebreli el Papa humilde que se disimula como cura de aldea esconde un político habilísimo y astuto y es para él una mezcla del maquiavélico Ignacio de Loyola travestido en el dulce Francisco de Asís. Dualidad que ya estaba en ‎Giovanni di Pietro Bernardone, el poverello de Asis, a quien Chesterton, su principal biógrafo, califica como “el divino demagogo”. El aspecto dual de su gestión parece plagado de contradicciones y picardías (“Hagan lío, pero no usen profiláctico; sean revolucionarios pero que sea ‘la revolución de la gracia de Dios”), y también de perogrulladas, como cuando exhorta a los narcos a dejar de serlo “a riesgo de ir al infierno”.

Donde Sebreli resulta más duro es en el terreno de los usos y costumbres de la vida moderna, la moral sexual y familiar, y la libertad artística; allí, asegura, que “el humilde padre Jorge”, como lo llamaban sus cercanos en Buenos Aires, “fue un reaccionario sin matices”. Esto trae de inmediato a nuestra memoria el asedio y la condena que lanzó contra el artista plástico León Ferarri, por su obra Cristo crucificado, que Bergoglio no dudó en calificar de blasfema y anticristo, y en la que no estamos de acuerdo con su postura atentatoria a la libertad del arte. Como tampoco lo estamos con la carta que envió a las carmelitas para frenar el matrimonio igualitario; en esa misiva se advertía que la campaña contra aquella ley era directamente “una guerra contra Dios”. Más tarde, Bergoglio pareció abandonar sus actitudes homofóbicas al decir, cuando ya había sido consagrado Papa: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?” Pero no hubo pedido de perdón por haber perseguido a homosexuales, algunos de la propia Iglesia, ni se abordó el tema en el primer sínodo de su pontificado. Sebreli asegura que desde su papado y a través de notorios dirigentes peronistas hasta frenó reformas al Código Civil, aunque acaso para inclinar la balanza insinuó ambiguamente una cierta apertura hacia los divorciados. "Francisco habla de ‘misericordia’ y de ‘curar heridas’, cuando lo que buscan los homosexuales o las parejas divorciadas o las mujeres que abortan no es la piedad ni el perdón sino el reconocimiento del esencial derecho humano a usar el propio cuerpo, a ser reconocidos en plano de igualdad con los heterosexuales -escribe el sociólogo y coincidimos con él-. La misericordia, la piedad, convierten a la víctima en un objeto de lástima". Sebreli sostiene que el “relato papal” ha sido tan eficaz que provoca el temor del ala conservadora y la esperanza del ala progresista. “Unos y otros se equivocan -concluye-. Bajo el mandato del papa Francisco habrá algunos cambios porque el mundo cambia, pero decepcionará a los católicos liberales; los conservadores pueden tranquilizarse”.

Tal vez sólo el tiempo dirá si el señor Sebreli, al que respeto y de quien soy habitual lector, tuvo razón en sus condenatorias observaciones. Lo innegable es que así como Woitila deber ser tratado como un activista del anticomunismo y Ratzinger como un intelectual y teólogo, Bergoglio debe ser juzgado como un político quizá muy a la manera de Perón, a quien –me confesó- admira como personaje, capaz de mutar y de decirle a cada uno lo que quiere oír, y de utilizar para tales fines incluso a sus antiguos adversarios los Kirchner y ahora Macri, siempre y cuando estos se encuentren en retirada y él pueda hacerse cargo prácticamente sin costos de ese liderazgo en disolución. Actitudes sin duda lícitas en cualquier político que echa agua para su molino. Pero, claro, algunos consideran a la Iglesia como una corporación sin pecados; en especial si se trata del representante de Dios en la tierra.

Ya he contado en otras oportunidades como conocí al cura Bergoglio cuando lo visitaba a Borges hacia fines de los años setenta y como nos reencontramos cuando era Cardenal Primado de la Argentina y luego de asumir como Papa. Y hasta cómo modificó su manera de ser un poco adusta a esta manera alegre y carismática. El soneto Everness de Borges es nuestra clave que nos impulsa a recitarlo a dúo cuando nos encontramos (una cuarteta él, la otra yo y, al final, juntos los dos tercetos). Lo reproduzco porque nunca está de más agregarle poesía a un texto en prosa:

Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido…

Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía…

Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores

y las puertas se cierra tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.

Muchos, muchísimo católicos argentinos (se calculan más de un millón) cruzarán la cordillera para rezar con él en Chile. Alguien me informó que no quiere ver políticos argentinos ni nadie que pertenezca a la clase dirigente; incluido el mismo presidente Macri. “Recomiendo que no lo hagan porque pueden pasar un papelón; me vienen a ver a Roma para sacarse fotos conmigo, que después utilizan de manera canallesca”, advirtió ante el asombro de Rogelio Pfirter, nuestro embajador ante la Santa Sede, que fue su alumno en el colegio de La Inmaculada, donde dio clases de literatura. Esto evidencia su malestar hacia toda la dirigencia de su patria, sin considerar a ninguno.