Opinión

Jorge Santayana, poeta y filósofo español

TRIBUNA

Roberto Alifano | Sábado 20 de enero de 2018

Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, nacido en Madrid a fines del año 1863 y bautizado con esa abundancia de nombres, fue un poeta y filósofo que figura en la historia de la literatura como George Santayana, ya que es considerado un hombre de letras norteamericano más que español. En 1872 sus padres se radicaron en los Estados Unidos. Eran católicos y Santayana se deploró a sí mismo esa fe perdida. “Es un pensador que cree que no hay Dios, pero que la Virgen es la madre de Dios”, lo calificó con humor Wallace Stevens, su más cercano amigo. Se doctoró en Harvard en 1866 y unos años después publicó Sonetos y poemas, su primer libro. A los 48 años dejó de enseñar en la Universidad para regresar a Europa y nunca más volvió a los Estados Unidos. Escribió, sin embargo, sus obras en inglés. Su último deseo fue ser enterrado en el panteón español de Roma. Probablemente su cita más conocida sea: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”, frase que nos roza de cerca a muchos en el mundo, empecinados a tropezar con la misma piedra.

Su historia familiar es azarosa y siempre fue una carga para él. Su padre, Agustín Ruiz de Santayana, fue un diplomático nacido en Zamora, intelectual y latinista que tradujo las Tragedias de Séneca, además de discreto pintor. Su madre, Josefina Borrás, era hija de un oficial español destinado a las Islas Filipinas, nacida en Londres y educada en Glasgow (Escocia). Jorge fue el único hijo del segundo matrimonio de su madre, que cuando se casó con Agustín era viuda de un comerciante de Boston con quien había tenido cinco hijos, de los que le habían sobrevivido tres. Ella continuó viviendo en Boston tras la muerte en 1857 de su primer marido, pero en 1861 se llevó a sus tres hijos supervivientes a Madrid y fue allí donde se casó en 1862 con Agustín, al que ya conocía de sus años juveniles en las Filipinas.

La familia vivió en Madrid y en Ávila, donde el joven Jorge pasó su primera infancia hasta que, en 1869, su madre decidió volver sola a Boston junto a los hijos de su primer matrimonio, dejando a Jorge, que entonces tenía cinco años, al cuidado de su padre en España. El niño y su progenitor la siguieron en 1872; pero, no encontrando la ciudad y la vida americana de su agrado, Agustín decidió regresar solo a España, donde permaneció ya el resto de su vida; de manera que Jorge se quedó con su madre en Boston y en pocas oportunidades volvió a ver a su padre. Ya de muchacho ingresó en la Universidad de Harvard. En algún momento, a lo largo de este periodo, Santayana americanizó su nombre a “George”, el equivalente en inglés, aprendió el idioma de Whitman como un nativo y se destacó en el mundo académico y literario estadounidense, aunque jamás terminó de asimilar este nuevo mundo, viviendo ajeno y despegado de todo lo norteamericano. En su autobiografía Personas y lugares puede leerse lo siguiente: “He procurado escribir en inglés la mayor cantidad de cosas no inglesas que he podido”.

Santayana se convirtió así es uno de los grandes autores en inglés de la primera mitad del siglo XX, con ensayos como El sentido de la Belleza, Tres poetas filósofos y una gran novela de fondo autobiográfico que alcanzó la fama: El último puritano (1935) y, por supuesto, sus singulares memorias. Yo llegué a su lectura a través de Borges, Bioy Casares y José Bianco, que lo admiraban.

Recuerdo que en una de las habituales cenas en casa del matrimonio Silvina Ocampo – Adolfo Bioy Casares, el tema de conversación fue Jorge Santayana. En la revista Sur Victoria Ocampo y José Bianco le habían dedicado un número en la década del cincuenta con motivo de su fallecimiento. Fue Bioy Casares el que lo evocó casi con reverencia. “Acabo de leer su biografía que es una maravillosa lección de vida”, elogió. Todos admitieron que Santayana era un poeta y pensador poco difundido por las editoriales. “Yo recuerdo especialmente ese capítulo en que estando recluido en Roma -prosiguió Bioy-, cuenta que a los ochenta y tantos años estaba viviendo la época más feliz de su vida, porque ya se habían agotado todas sus expectativas y sus aspiraciones, y habitaba en el presente disfrutando intensamente de cada momento, ya sea de lectura, soledad o conversación.”

Emotivo, José Bianco nos relató su encuentro en Roma con Santayana. Charlaron toda una tarde y luego cenaron juntos (“unas abundantes pastas, que apenas probó”). “Viajé especialmente para verlo. Fue una de las personas más amables que conocí en mi vida”, se conmovió nuestro amigo. “Era cautivante su trato y su conversación, un ser delicioso. Fue una de las personas que más me deslumbró escuchar; todo lo que refería era memorable”. Borges, a su vez, habló de un artículo que le dedicó a Santayana a mediados de la década del treinta en la revista El Hogar y que alguien lo criticó por nombrarlo como Jorge y no George, como había decidido el propio Santayana llamarse. Silvina desaprobó la actitud de Borges. “Si él quería llamarse George no había porque desaprobarlo. Ese fue un capricho tuyo”, lo amonestó. “Era español y fue bautizado con ese nombre”, concluyó Borges.

Como muchos, Santayana tuvo una inicial vocación de poeta, aunque debió pensar, sin duda, que el tono de poesía de pensamiento de sus composiciones mejores (o más originales) le llevaba inapelablemente al ensayo. En esta cuidada traducción a la que recurro, vertida al español por Alberto Zazo, con rimas asonantes, vemos que la poesía más honda de Santayana es la más antigua, una poesía de raigambre metafísica, sobre el Ser y el Todo.

Le devuelvo a la tierra lo que la tierra me dio,

todo va para el surco, nada para la tumba.

Se ha consumido el pábilo y la vela del espíritu;

la vista no podrá ir adonde fue la visión.

Sólo dejo el sonido de muchas palabras

oídas al azar con ecos burlones.

Canté al cielo. El exilio me hizo libre,

llevándome de mundo en mundo, desde todos los mundos…

Luego los sonetos se van volviendo amorosos –hacia una amada ideal- y aunque son bellos vemos brillar la tradición del Cancionero de Petrarca o incluso cierto eco shakesperiano. Hondamente líricos y reflexivos, los sonetos de Santayana son siempre bellos y sabios, aunque a veces triunfa lo metafísico o lo ideológico sobre los amorosos:

No teme el temporal el que se sabe

copo feliz que baila con el viento…

Algunos nacen para estar perplejos,

a un lado con su pena: de esos soy…

Según Robert Frost, junto con Ralph Waldo Emerson, Santayana fue uno de los mejores estilistas de la tradición clásica estadounidense. El tema dominante de sus escritos es la relación entre la literatura, el arte, la religión y la filosofía. Ocasional corresponsal de Unamuno y durante una época su amigo epistolar, fue, sin embargo, Jorge Guillén el que más se acercó a él y tradujo sus sonetos, menos conocidos para ser publicados en España, en México y en la Argentina, país adonde quizá más se lo tradujo y se lo divulgó. Célibe, soltero siempre y al que nunca se le conoció amor, no ha faltado quien se ha hecho eco de la posible, oculta homosexualidad de Santayana.

Pero volvamos a su primera época para completar esta reseña. En 1912, una herencia de su madre le permitió retirarse de Harvard y regresar a Europa para pasar el resto de su vida. Después de residir algunos años en París y Oxford, estableció su residencia en Roma, en el Convento de las Hermanas Azules, alrededor de 1920; allí recibió numerosas visitas (Edmund Wilson, Robert Lowell, Gore Vidal, Octavio Paz (que califica como “elegante” a su pensamiento), Victoria Ocampo y José Bianco. Cabe agregar que con gran sentido del humor, Santayana bromeaba diciendo que, como el Papa, recibía “visitas que no estaba obligado a devolver”. Eso no significa, obviamente, que se mantuviera aislado: mantuvo una correspondencia ciclópea de la que se han recuperado 3000 misivas enviadas a unos 300 corresponsales, publicadas luego en ocho volúmenes entre 2001 y 2008.​

Durante esos cuarenta años en Europa escribió más de veinte libros y rechazó importantes puestos académicos. La mayoría de sus amigos y corresponsales fueron estadounidenses, incluyendo su asistente y eventual productor literario, Daniel Cory. Ya anciano, de manera sorprendente, Santayana se encontró en el candelero otra vez, en parte porque sus memorias noveladas, El último puritano (1935), fueron muy bien acogidas generándole una nueva fuente de ingresos, de manera tal que pudo apoyar con una generosidad asombrosa a otros filósofos como Bertrand Russell (aunque no estaba de acuerdo con él ni en el terreno filosófico ni en el político).

Jorge Santayana, vivió sus últimos años entre Londres y París, ocasionalmente en España y hacia el final Roma, donde murió en 1952. Está enterrado en el Panteón de la Obra Pía Española del cementerio de Campo Verano. El nombre grabado en su tumba está en español, y sus versos también:

Le devuelvo a la tierra lo que la tierra me dio,

Todo va para el surco, nada para la tumba.