Cerrada Interviú, los Teatros del Canal han tomado el relevo del destape, zeitgeist cultural de la Transición. Para festejarlo, la pandilla dionisíaca de Jan Fabre les ha montado un follorama de veinticuatro horas con ínfulas de tragedia griega. Vamos, peor que un discurso de Fidel Castro. Al parecer, en el orgasmo del asunto, un actor le metió a otro el puño por el rulé; haciéndole, como era previsible, algo de pupa. Aunque el incidente tuvo pocos testigos, porque la mitad del personal estaba de receso, quitándose el olor a gimnasio que imperaba en el gallinero.
Leo el fatuo y retorcido programa de la obra. Mucho bajo vientre, estilizado con música de Mozart. Nada nuevo. El Stallerhof de Kroetz: “Sepp está sentado en el retrete y defeca; entretanto, se masturba”. Cosas de estas ya podían verse en Madrid, hace cuarenta años. Como cuando el Centro Dramático Nacional llevó al teatro María Guerrero una versión de Kafka, a modo de escaparate para escenas de masturbación; escenas, afinaba Guerrero Zamora, sin duda ejemplares.
Es normal que las crónicas del peraltado bodrio hayan recogido testimonios de sopor, de saturación, de coñazo total. Es el mismo regusto que dejaba el “Follorama” del Foro Nacional del Sexo, en San Francisco, allá por los años 70: “Mientras el público se repantigaba en la oscuridad a sus anchas sobre almohadones, toda la pared se encendió con imágenes de seres humanos, y a veces de animales, participando en todos los actos sexuales imaginables, con un fondo de gemidos, chillidos, quejidos y gritos entre el primer movimiento del concierto para violín de Tchaikovski (…) ¿Nuestra reacción? Algunos se escandalizaron; hubo risas, excitación esporádica y, por último, aburrimiento” (George Leonard, El fin del sexo, 1983).
Los del Canal, en un alarde de progreso, nos han devuelto al París de los tangos con mantequilla. A la movida de los sentidos. Al imperio del bonobo y del chimpancé. He aquí, a enero de 2018, el taquillazo de un director belga, en un teatro público madrileño. No podía empezar mejor, el centenario de La decadencia de Occidente. Ya sólo falta que los de las almohadas se sumen en familia a la fiesta, con ansias de proclama pornosocial. Como diría Guerrero Zamora, ¿por qué íbamos a extrañarnos de nada?
Dicen que el momento del puño corresponde a la escena titulada: “Hércules destrozado por una serpiente”. Un epígrafe, sin duda, inflado por arrobas. Yo creo que le iría mucho mejor este de Quevedo: “Gracias y desgracias del ojo del culo”. Aunque para tratados de fontanería, me quedo con Mor de Fuentes.