Viernes 11 de julio de 2008
Todos los indicadores de nuestra economía apuntan en una dirección nada halagüeña, y esa dirección se llama crisis, ahora que por fin Zapatero pronunció la palabra maldita. Y maldita en verdad es una crisis en que se combina inflación con recesión: ciertamente, un círculo que no puede ser más vicioso. Lo último ha sido el dato del IPC -Índice de Precios al Consumo-, que subió el 0,6 por ciento en junio lo que situó la tasa anual en el cinco por ciento. Esta cifra es cuatro décimas superior a la de mayo y supone la más alta registrada desde hace trece años, según datos del INE -Instituto Nacional de Estadística-. Por si esto fuera poco, patronal de las empresas de trabajo temporal, las populares ETT, ha constatado la destrucción de empleo que se está produciendo en España.
A nivel doméstico, la sensación de crisis es palpable. Aún quedan plazas hoteleras, la hostelería de lugares costeros está notando un descenso de clientes, y hasta los concesionarios de coches han visto incrementar el número de vehículos “kilómetro cero” en stock, dado que el ciudadano medio se lo piensa dos veces antes de hacer un desembolso importante. Decía Zapatero que la medida de los famosos 400 euros iba destinada a potenciar el consumo, a su juicio una buena receta para reactivar la economía. Por su parte, el Ministro de Industria, Miguel Sebastián, presentaba su plan de ahorro energético, en base al cual España debería ahorrar un diez por ciento del petróleo que consume en el plazo de dos años. Salvo esto, poco más. Se antoja una panoplia demasiado exigua ante lo que se nos viene encima. Con una crisis económica sin parangón en los últimos años, se echa en falta una batería de medidas efectivas que procuren paliar en lo posible la recesión que padecemos. Discutibles o no, pero al menos, iniciativas concretas. Eso, si es que la crisis no ha llegado también al laboratorio económico de Ferraz, donde, a veces, se diría que atienden más a la economía de la política que a la política económica.
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