Hay hombres que han alcanzado la fama por aquello que en términos jurídicos se denomina interpósita persona; tal es el caso de don Josef de Lara, al que Quevedo, ya recluido en su Torre de Juan Abad, le dedica su precioso soneto Elogio de la lectura, que espléndidamente empieza:
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos…
Y luego vienen, en el primer terceto, los versos donde inmortaliza a su generoso amigo:
Las grandes almas que la Muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran Don Josef!, docta la Imprenta…
En otro caso, más cercano a nosotros, la fama del hombre se debe, también, a un famoso poema que le dedicara en su libro Residencia en la Tierra Pablo Neruda, su camarada entrañable y compañero de trasnochadas en los años juveniles. Alberto Rojas Jiménez viene volando, es el título de la torrentosa composición que está en la memoria de muchos, entre quienes me incluyo. Citemos pues algunas de las preciosas estrofas:
Entre plumas que asustan, entre noches,
entre magnolias, entre telegramas,
entre el viento del Sur y el Oeste marino,
vienes volando.
Oigo tus alas y tu lento vuelo,
y el agua de los muertos me golpea
como palomas ciegas y mojadas:
vienes volando…
Vienes volando, solo solitario,
solo entre muertos, para siempre solo,
vienes volando sin sombra y sin nombre,
sin azúcar, sin boca, sin rosales,
vienes volando…
Pero, ¿quién fue este ya mítico Alberto Rojas Jiménez? Sabemos que nació en Quillota, un pueblo cercano de Valparaíso en 1901 y que murió muy joven en Santiago, hacia 1934; sabemos que perteneció a una familia de discreto nivel económico y que llevó una vida jalonada de innumerables altibajos. Poco le duraban los amables empleos que, más de una vez, sus relaciones familiares le consiguieron, y que muy pronto quedaba al filo de la más oscura inopia; lo que no le impedía seguir consumando sus románticas y alucinadas aventuras de muchacho transgresor. Sabemos, por sus amigos, que este irreverente Rojas Jiménez fue dueño indiscutido de un lirismo otoñal, de una bohemia incansable y ciudadana y de una capacidad creativa admirable; según Vicente Huidobro, fue un artista libre y emblemático, que un día se embarcó rumbo a París, donde estableció su destino por un dilatado tiempo y donde se acercó a los grandes y escribió sobre ellos. Allí conoció a Proust, a Breton, a Valery… Y con su autoridad de cronista caminó desde Montmartre al Quartier Latin para sentarse como un par a la mesa de Picasso, de Braque y de juan Gris, de Anatole France, Jacques Lipchitz y de Jean Cocteau para intimar con ellos.
Y escribió subyugado: “Pasear bajo las frondas doradas de Versalles, deambular por entre las callejas torcidas y empinadas de Montmartre; conocer las orillas húmedas y melancólicas, los cafés y los bailes de Montparnasse y gozar del amor de una midinette, es un sueño que acarician todos los artistas jóvenes de América, desde que cae en sus manos el primer libro que vierte en sus oídos esta palabra, este nombre de leyenda y sortilegio: París (…). Un salón marca en París el advenimiento de cada estación del año creativo de la pintura. Allí uno se encuentra con los grandes del arte universal”, escribía en El Mercurio de Santiago en 1927. “El corazón del arte de nuestro tiempo florece en París –exclamaba eufórico-; básteme citar a Cézanne, Vlaminck, Matisse y Derain.”
Una tarde de 1924, mientras tomaba su café en La Rotonde, nos cuenta en otro artículo que se sentó en la mesa vecina “un hombre de cabellos y barba encanecidos que empezó a ojear libros y revistas. A través del objetivo, yo me había formado una imagen de Unamuno bien diferente de lo que él es en realidad. Creía yo que don Miguel era de estatura mediana, paliducho, débil. Y me había formado esta imagen a pesar de conocer muy bien la reciedumbre de sus acciones y de su obra entera. El hombre que tenía frente a mí era un hombre de raza vigorosa, alto sanguíneo, de gestos rotundos y de mirada penetrante, casi dura (…)
Me miró por encima de sus lentes, sonrió y me preguntó:
-¿Es usted griego?
-No, don Miguel –respondí-. Soy sudamericano, de Chile.
Y continuó, sin extrañarse de que yo le llamara familiarmente “Don Miguel”.
-De Chile… Sí, tengo allí muchos amigos. Estudiantes. Y algunos escritores (...). Me voy, dijo levantándose. Venga usted a casa: 2 rue de la Perousse. Venga mañana. Charlaremos. Le mostraré mis dibujos. Don Miguel me estrechó la mano, dejó un franco sobre la taza para pagar su café y se marchó erguido, a pasos rápidos, con los pantalones recogidos sobre sus piernas todavía fuertes (...). Cuando al día siguiente fui a visitarlo, me recibió como a un viejo camarada. Lo que completa el texto de Rojas Jiménez es conmovedor. Entablaron una amistad que llegó hasta la confidencia.
Yo tuve el privilegio de conversar algunas veces con Pablo Neruda sobre este singular artista; posteriormente con Borges, que fue su amigo epistolar. Una relación curiosa y digna de mencionarse, pues nunca estrecharon sus manos ni se confundieron en un abrazo. Se empezaron a escribir en el año 1923 a través del novelista Salvador Reyes, a quien Borges conoció en Madrid en la tertulia de Rafael Cansinos-Asséns. Esa amistad epistolar duró hasta una semana antes de la muerte de Rojas Jiménez; el testimonio son los poemas de uno y otro publicados en las revistas Claridad de Santiago y Proa de Buenos Aires; luego, también, a través de cartas, fue presentado a Borges el inquieto joven Pablo Neruda, que publicó las primeras composiciones de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada en Proa. “Cruzar la cordillera era en esa época más imposible que cruzar el Océano”, recordaba el autor de Ficciones. “Algunas cartas llegaron luego de París, la ciudad en la que se había radicado Alberto. De regreso a su patria seguimos comunicados, pero repito: no era fácil cruzar la cordillera”.
Animador de una tertulia permanente de la noche santiaguina, transgresor infatigable, la entrega a la vida desordenada de Alberto Rojas Jiménez sabemos que tampoco conoció límites, hasta una lluviosa noche de invierno en que falló, al parecer, su encanto personal de príncipe de los noctámbulos y en una posada le pasaron una cuenta por una cena sibarítica que no pudo cancelar. Le obligaron a dejar en prenda su sobretodo. Salió a la intemperie y caminó desabrigado demasiadas cuadras a la orilla del río Mapocho y enfermó de una neumonía que se lo llevó “con los más”, como calificaban los griegos el acto de morirse. Fue una despedida quizá poco épica, pero su velatorio fue coronado por la epopeya. Ya es leyenda que mientras sus amigos rodeaban el cadáver, apareció un individuo que ninguno conocía, mal trajeado y cara trasnochada, el cual afirmó una mano sobre el ataúd y saltó por encima con una cabriola de experimentado acróbata de circo, y se marchó de inmediato, dejando a todos definitivamente perplejos. ¿Quién era el personaje y por qué lo hizo? Jamás nadie lo supo.
Original en todo, transgresor empecinado, vanguardista en su literatura, artista completo (pues además era dibujante aventajado, pintor en ocasiones e ilustrador de textos; con la diferencia, eso sí, que no firmaba con su nombre sus creaciones sino con una copa y una botella de vino, y es muy probable que el que encuentre aún en algún viejo bar de Santiago una decoración con esta firma simbólica distinguirá quién era el ilustre autor).
La obra literaria de Alberto Rojas Jiménez fue breve. Un perdido volumen de poemas y un libro de crónicas tituladas Chilenos en París, publicado en 1930, en el que relata la vida de personajes chilenos más y menos célebres, tales como: Vicente Huidobro, Julio Ortiz de Zárate, Óscar Fabres y el pintor Abelardo Bustamante Paschín, que lo llevó a París cambiando un pasaje en primera, que había ganado en un concurso, por dos de segunda clase.
Sus poemas esperan aún ser reunidos en un volumen. Acaso discretamente, y con la intención de permanecer él en el anonimato, Rojas Jiménez les pide a quienes lo rodean que lo dejen en penumbras, que no encienda la luz.
No encendáis las lámparas
ni me llaméis.
Dejadme aquí sin luces.
Mi alma está mejor en la penumbra.
Ved cómo la sombra maravillosa
envuelve mi frente.
Mirad mis manos,
mirad mi aspecto dulce
y que os oiga decir:
“Dejadlo está soñando,
dejadlo solo, allí sin lumbre.”
En 1994, justicieramente, los amigos del poeta que aún vivían publicaron un libro en su homenaje, titulado Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba. Juan Camilo Lorca y Pedro Pablo Zegers, dos talentosos contemporáneo se encargaron de la investigación y de ordenar los textos.
Estamos enterados que ahora en Sevilla –y esto nos llena de regocijo-, Abelardo Linares, el príncipe de los editores españoles, dará a la imprenta un volumen dedicado al poeta inmortalizado por Neruda. Que así sea. Alberto Rojas Jiménez ahora volará cantando.