La política es una forma civilizada para resolver los problemas del presente o no es política. El principal de esos problemas en España, como todo el mundo sabe, es la amenaza de secesión de Cataluña, o sea la desaparición de España como Estado-nación. ¿Quién puede solucionar ese asunto con más facilidad? La respuesta es obvia: el Gobierno de España. Pero el gobierno de Rajoy, lejos de resolverlo, sigue dando palos de ciego hasta el punto de que está consiguiendo quebrar su principal fuerza, a saber, el propio partido que lo sustenta en el poder, el PP, que apenas tiene presencia en Cataluña. Ahí, precisamente, reside su extrema debilidad para sortear el reto que le han puesto sus antiguos socios de CiU (nadie olvide que el PP siempre colaboró con Pujol y sus congéneres en la intimidad y en la calle).
Ya sé que tampoco es “moco de pavo”, como diría un castizo, que la viabilidad de este gobierno dependa de los apoyos que le prestan Ciudadanos y la abstención del PSOE en temas clave, pero ahora esos apoyos comparados con los resultados catastróficos del PP en Cataluña son cosa sin importancia. La escasa representación política del PP en el territorio español susceptible de ser seccionado del resto de España convierte al gobierno del poder Ejecutivo, aunque se le mire con los mejores ojos, en una fuerza política inviable para resolver los grandes problemas del presente. Que el partido del Gobierno de España apenas tenga una representación de cuatro diputados en ese parlamento regional, que ni siquiera le sirven para formar grupo parlamentario, convierte a esta fuerza política en un objeto de máxima vulnerabilidad.
Por eso, precisamente, resulta incomprensible, dicho sea como motivo de escándalo, que no haya habido la más mínima “autocrítica” por parte de los dirigentes del PP en general, y de Rajoy en particular, de un asunto que a otros les habría conducido o forzado a la dimisión. También es otro motivo de escándalo que un asunto tan central en la vida política española sea silenciado por la mayoría de medios de comunicación. Terrible. ¿Por qué callan sobre lo evidente los periodistas egipcios, es decir, que reciben “sueldos” y “ayudas” por todas partes?, ¿por qué no levantan acta del profundo significado de la derrota política del PP en Cataluña y dejan de criticar a Ciudadanos porque no quiere violentar las reglas de la democracia, o sea, prestarle un diputado al PP para que forme grupo parlamentario en el Parlamento de Cataluña?, ¿por qué los “egipcios” no narran y explican que el gobierno de Rajoy durará lo que quieran que dure esta legislatura Ciudadanos y el PSOE? Allá ellos con su conciencia y sus miserias.
Pero, independientemente del futuro del Gobierno y sus comisarios políticos en los medios de comunicación, una cosa es clara: el PP no es el partido llamado a resolver un problema político tan urgente como es el catalán: ni tiene presencia suficiente en Cataluña, en verdad ha desaparecido de la vida política catalana, ni es capaz de tomar medias serias y contundentes desde el Gobierno de Madrid no sólo porque esté condicionado por Ciudadanos y el PSOE, sino porque le falta cuajo moral e inteligencia política para tomar grandes decisiones. Sólo ha tomado una y está siendo letal. Sí, la decisión de someter a un “extraño” plebiscito, las elecciones del 21-D, el más frágil, sensible y decisivo componente de la democracia, la Nación española, ha resultado un fiasco porque los independentistas siguen teniendo mayoría y el PP casi ha desaparecido de Cataluña. Ante este lúgubre panorama, propiciado por un gobierno sin cabeza, no me extraña que hasta la decisión del Tribunal Constitucional para impedir la investidura de Puigdemont nos parezca una pieza de gran “altura política y jurídica”…