Opinión

Escenas de Leguina en el sofá

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Martes 30 de enero de 2018

Un ilustre ideólogo y estrella televisiva sentó en un sofá de decorado al ya entrado en años y expresidente de la comunidad de Madrid, Joaquín Leguina. Allí le sometió a una actuación asombrosa que encandiló, suponemos, a su público. El programa de marras estuvo dedicado a las mujeres y Leguina recordó a su madre y a algunos de los amores de su vida. Pronto cambió la actitud del tentador de la opinión pública. El ilustre presentador emitió las palabras malsonantes de un conocido juez de menores, que alguna vez aludió al modo de vestir de algunas jóvenes afirmando que “visten como putas”. El publicista indignado pidió la inhabilitación del juez ante un atónito Leguina que, reconociendo la grosería de la expresión, se atrevió a intentar dar razón del sentido de la afirmación del juez. El tono exasperado del entrevistador recorrió la escala completa de la ofendida indignación hasta pedir la inhabilitación del juez. El mero intento de dar razón del sentido de las inapropiadas palabras del juez indujo una sospecha de connivencia y complicidad en el mal entre el juez y el expresidente.

En cierta ocasión una reputada académica se indignó de modo parecido tras oír de mi boca la expresión “ideología de género”. El término “ideología” resultaría agresivamente ofensivo. El comunismo, el socialismo democrático o el liberalismo… son – nadie impugna la designación – ideologías. Pero los “estudios de género” sólo merecen, al parecer, el tratamiento estricto y distanciado de ciencia o, cuando menos, filosofía. Naturalmente, en el diferente tratamiento se esconde la cuestión de su verdad. No es tolerable llamar ideología a la que pretenden neta y depurada expresión de la verdad. Aunque resulta que los practicantes de estos “estudios de género” no dejarán de adherirse a una u otra suerte de feminismo y éste, o acaso me esté dejando llevar por la sugestión del –ismo, sí recibiría sin estridencias el título de ideología.

La molestia que mi expresión “ideología de género” pudo producir en los sensibles oídos académicos parece análoga a la indignación que produjo el esfuerzo, por parte de Leguina, de dar razón, no ya de las palabras del juez de menores, sino también de algunas de sus propias manifestaciones, según se ve inaceptables. No reconocer la verdad, dada además la preclara inteligencia del expresidente, induce la sospecha de una oculta intención o, acaso más precisamente, una oscura constitución machista, un prejuicio y superstición inconsciente, inoculado durante su más temprana formación en una sociedad patriarcal, en los tiempos – para más inri – del tiránico gobierno del ínclito dictador. Leguina se arriesga a figurar, quiera o no, en la falange de los criptofranquistas. En semejante escenario se ahogó el patético ruego del machista desvelado que, en un determinado momento, imploró: “sólo quiero matizar”. Recuerdo que al dirigirme a la insigne académica – especialista en estudios de género – me dijo con alguna displicencia: “al menos estará a favor de la igualdad”. Mi respuesta no le dejó duda sobre mi imposible rehabilitación. “Pues, mire Ud. no sin matices”. En efecto, siempre repito, ante cualquier programa político o ante el curso de la historia, que no hay ganancia sin pérdida. Sin embargo para quien se envuelve en la luz sin matices de la verdad, el progreso encierra sólo ganancias netas. Es la actitud convencida y hermética del progresista.

En efecto, para acabar de sazonar el espectáculo, allí apareció Beatriz Talegón, que tuvo sus minutos de gloria en uno de esos congresos caducos de la Internacional Socialista. Allí emitió un discurso emotivo, de estilo semejante al que pudimos escuchar en el programa del sofá. El discurso de Talegón, como tantos otros diariamente, se inscriben en un vasto movimiento cuya más visible expresión ha sido la rosa blanca de los afectos al “me too”, un movimiento que se presenta en defensa de la igualdad entre hombres y mujeres y contra el acoso sexual. Demandas que se prolongan más o menos tácitamente en una línea de progreso radical: contra el patriarcalismo, contra la sexualidad heteronormativa… siempre en forma negativa. Nadie cuestionará la igualdad de derechos o será partidario del acoso sexual, pero apoyándose en tan aceptables demandas el discurso se desliza hacia un individualismo abstracto, contrario a las tradicionales estructuras de parentesco, sospechosas de legitimar formas oscuras de dominación, hacia un pretendido derecho a la reproducción con ayuda médica... A nadie sorprende que estas demandas confluyan con el apoyo de los millonarios filántropos NBIC, que donan la mitad de sus fortunas para inversión en proyectos en “nanotecnología, biotecnología, informática y ciencia cognitiva”. Su objetivo: la producción de un hombre nuevo. Me parece que en algún momento habrá que matizar y acaso resulte oportuno matizar desde el principio y matizar siempre. Porque en las más evidentes ganancias se esconden siempre graves pérdidas.