Opinión

La cruz de Pertini

TRIBUNA

Jorge Casesmeiro Roger | Martes 30 de enero de 2018

Se la han llevado al viejo matadero. La cruz a los caídos de Callosa de Segura. Setenta siete años de mármol blanco, con el nombre de ochenta y un asesinados. Eso era todo. Un Tribunal Superior de Justicia ordenó el cese de su retirada. Medida justa y superior, pero poco ‘cautelarísima’, pues llegó consumada la iconoclasia.

Así que al matadero en mitad de la noche. Para que conste que las cruces se desmontan, en las plazas de España, siguiendo a paso el guión de los evangelios. Para que nadie diga luego, que el anticlericalismo y la cristofobia son mamoncillos de la misma leche agria.

Aunque esa es la impresión que nos llevamos. La contraria que se llevó Federico Mayor Zaragoza, como director de la Unesco, cuando en el curso de una entrevista con el presidente de la República de Italia, Sandro Pertini, le hizo referencia “al magnífico crucifijo que ornaba su despacho”.

Pertini, socialista forjado en la resistencia durante la II Guerra Mundial, le dijo: “Yo soy agnóstico, pero tengo este crucifijo en mi despacho por tres razones: la primera, porque Cristo es el símbolo de la solidaridad humana; la segunda, porque es una auténtica obra de arte; y la tercera, porque ya estaba ahí”.

Esto lo contaba, Mayor Zaragoza, en su prólogo a unas memorias del cura Sopeña. Precisamente a colación de “Pertini, en el adiós a Roma”, la tribuna que Sopeña dedicó al político italiano en El País, al dejar la dirección de la Academia de España en Roma.

¿Un cura alabando a un ateo?, le increparon algunos. A lo que Sopeña aclaró que Pertini no era ateo, sino “noblemente dubitativo”, y que recordando la religiosidad de su madre solía decir: “Venimos de una gran interrogación y caminamos hacia otra”. No pertenezco, añadía Sopeña, al grupo de los socialistas cristianos ni a ningún otro: “Pero respeto y admiro en Pertini su ‘humanismo laico’, riquísimo en sensibilidad, nada prosaico, muy gustoso del misterio, buen guardián del amor humano, espía generoso de todos los aspectos positivos de la vida y con hermosa serenidad ante la muerte”.

Es la misma impresión que sintió Mayor Zaragoza cuando fue recibido por Pertini. Que tras la anécdota del crucifijo meditó sobre la respuesta del político: “Tres razones de Pertini, propias de su excepcional calidad humana. Pienso que el presidente Pertini, en el fondo, se sentía muy a gusto con ‘el símbolo de la solidaridad’. Porque un socialista de su hechura, un antiguo partisano luchador por la libertad encaja muy bien, sin saberlo el ‘portador’, en el mensaje genuinamente cristiano”.

Todo eso sucedía a principios los años 80. Cuando, al parecer, estaba poco claro qué significaba ser anticlerical, y sobre todo qué significaba ser realmente de izquierdas. O así lo barruntaba Mayor Zaragoza en su prólogo al tomito de Sopeña, publicado un año antes de fallecer Pertini. Aunque un tal Karol Wojtyla, al que los tres conocerían y respetaron, lo tenía ya entonces bastante claro:

“Querríamos sinceramente poder afirmar todo lo contrario. Por desgracia, los hechos demuestran que la lucha religiosa existe, y que constituye un intocable dogma del programa [de la civilización moderna en la era del progreso]. Parece que el medio más necesario para realizar ese ‘paraíso en la tierra’ consista en privar al hombre de la fuerza que saca de Cristo (Signo de contradicción, 1977).

Una fuerza, seguía el entonces Cardenal Wojtyla, que ha sido condenada sin apelación como debilidad indigna del hombre. O mejor incómoda, precisaba. Porque, en efecto, no se puede fácilmente con un hombre fortalecido por la fe.

Han derribado el símbolo de la solidaridad en un pueblo de España. Pero la fe es tan fuerte, que hasta puede que alguno de los iconoclastas se reclame cristiano. Uno de esos humanistas laicos, y noblemente dubitativos, que gustan de santiguarse con una solemne interrogación. Quizá sea eso lo que tienen pensado para la plaza. Sustituir la cruz por una enorme interrogación de mármol blanco: el signo de la hoz. Pertini tenía razón. Venimos de una gran pregunta y caminamos hacia otra. Hagan callo, señores.