En estos días de febrero, mi amigo, el poeta Alejandro Guillermo Roemmers cumple sesenta años. Y lo festeja a lo grande, como corresponde en esta altura de su vida, junto a los que quiere. Lo hace en la mítica y misteriosa ciudad de Marrakech, donde ha decidido reunirnos. Alejandro es empresario entre otras cosas; pero, esencialmente un artista de la palabra y bajo esa condición me quiero referir a él.
Muy joven, nuestro amigo, que estudió en la Universidad Autónoma de Madrid, empezó a escribir poesía y fue merecedor de un premio en España. Desde entonces nunca dejó de elaborar versos y de publicar. Incursionó también en la prosa con El regreso del joven príncipe, un libro que está entre los más traducidos del mundo, y cumple de manera impecable con la definición del célebre escritor escocés Robert Louis Stevenson, que afirmó que “la forma más difícil de la poesía es la prosa”. Este príncipe que imagina Alejandro es descubierto en los solitarios caminos de la Patagonia y parece reencarnado del legendario niño soñado por Antoine de Saint-Exupéry que, ya convertido en un joven, dialoga con perplejidad y sabiduría ante un mundo distinto.
La poesía de Alejandro Guillermo Roemmers es formal y dentro de esa norma estética está la belleza y la sensibilidad que la caracteriza. Muchos de sus textos son sonetos definitivamente musicales que parecen escritos ante la iluminación de un crepúsculo amarillo y donde nos muestra su sabiduría y la grandeza de su alma:
El arte de vivir consiste, amigo,
en desterrar el parloteo ausente
con que intoxica el tiempo nuestra mente,
trazando su horizonte en el ombligo…
Y créanme, señores si les digo
nadie ofende al destino por valiente…
Y nos habla con idéntico vigor, dentro de la misma forma estilística, de su experiencia de vida:
Del olvido venimos y al olvido
vamos. Y al despertar nuestra conciencia
intacta en su ilusión y en su inocencia
se aventura a creer que hemos vivido…
La retórica del soneto, una de las formas más difíciles del arte de la poesía, le ofrece comodidad para decir, y nuestro poeta se visualiza en esa patria de Dante y de Petrarca, que es casi la esencia del Siglo de Oro en las voces de Quevedo, Góngora y Lope de Vega y lo fue luego del romanticismo y en el Modernismo.
Nuestro poeta maneja esa forma del soneto de manera asombrosa. Todos sabemos que la belleza es algo común, que sólo el hombre elabora y le da vida y esencia, desde una naturaleza quizá uniforme. Vale recordar aquello señalado por André Gide que proponía crear forma bella en la seguridad de que una idea aún más bella vendría a habitarla…
Hace unos años, en Sidney, entre uno de los muchos viajes en los que tuve la felicidad de acompañar a Alejandro, conversamos largamente sobre el tiempo. Ese suceder inapresable, que no es sólo un tema de la metafísica, sino también un problema existencial que nos involucra a todos de manera irreversible. Don Francisco de Quevedo lo definió de un modo categórico como un auténtico enemigo que mata huyendo. Neruda, por su lado, empieza de manera dramática uno de los poemas de su Residencia en la tierra: “Si me preguntáis en donde he estado, debo decir, sucede”… También Borges, en el soneto James Joyce, nos recuerda que “en un día del hombre están los días del tiempo”…
Como San Agustín de Hipona, que le rogaba a Dios la revelación del tiempo, en otro espléndido soneto, Alejandro Guillermo Roemmers, se pregunta: “¿Qué es el tiempo? No sé…” –parece responderse apesadumbrado -. Y deja flotando la duda, la duda que tenemos todos:
¿Qué es el tiempo? No sé si me preguntas
aquello que de usual se vuelve incierto:
es un principio y un final abierto,
es recta y espiral y es ambas juntas.
Van el tiempo y la duda como yuntas
que arrastran el ensueño de ir despierto,
como una caravana en el desierto
que termina y comienza en ambas puntas.
¿Cómo es el tiempo? Si no estás inmenso,
y vuela escurridizo entre tus labios,
picaflor que no posa ni un momento.
Hoy es breve y mañana tan extenso
que enseña hasta el más grande entre los sabios
a gozar aceptando su momento.
En lo personal, diré que yo me he atrevido, temerariamente, a modificar aquella demasiado memorable frase de Descarte: “Pienso, luego existo”, por “Dudo, luego existo”…
Pero Alejandro, en un poema sin duda destinado a perdurar, ha escrito:
Tú dudas,
el duda,
ellos dudan.
Yo afirmo,
que todas esas dudas
tomadas de la mano
alumbrarán el cielo.
Que así sea, querido y bien admirado Alejandro.
Para finalizar quiero agregar un hecho significativo en la trayectoria de nuestro poeta: es la composición dedicada al papa Francisco que, por supuesto, honra a todos los hispanoamericanos.
Hacia el final del libro que reúne sus poemas, editado por el infalible Abelardo Linares, con impecable y lúcido prólogo de Luis Alberto de Cuenca, está el precioso Regalo para Francisco, también publicado en una plaquette, que emocionó hasta las lágrimas al representante de Jesús en El Vaticano; agreguemos que Francisco es amigo muy cercano de toda la familia Roemmers.
Quise encontrar un obsequio,
el más sencillo, el más humilde,
el que en su pequeñez
pudieras aceptar sin ofenderte.
Pensé que podría comprarlo y fui a la tienda
pero ningún objeto me conformaba.
Entonces escuché una voz santa que me dijo:
…a quien tiene a Dios, nada le falta,
sólo, Dios basta…
¡Gracias, una vez más, querido y admirado poeta Alejandro Guillermo Roemmers! ¡Y que los cumplas feliz!