La 32ª edición de los Premios Goya, que partía como una reivindicación del papel de la mujer en la industria, acabó convirtiéndose involuntariamente con su palmarés en un alegato de la diversidad de la cultura española.
Entre las nominadas, películas rodadas en castellano, catalán, euskera e inglés; entre las premiadas, películas rodadas en castellano, catalán, euskera e inglés.
Una de las que se rodó en euskera, Handia, acabó entrando en la historia de los premios al lograr 10 de los 13 a los que estaba nominada. Sin embargo, el tamaño del palmarés de ésta quedó ensombrecido por los tres Goyas logrados por La librería, rodada en inglés. La cinta de Isabel Coixet, ganadora del Goya a mejor dirección y guión original, se impuso como la mejor película del año según la Academia del cine español.
La película vasca no dio respiro a sus rivales desde el mismo comienzo de la gala, cuando Eneko Sagardoy subió a recoger el primero de la noche a mejor actor revelación
La belleza y dificultad del despliegue hecho por el equipo que ya asombró con Loreak en 2014 vio recompensado su esfuerzo en los premios técnicos, que salvo el mejor sonido para Verónica, acabaron todos en manos de Handia: vestuario, montaje, producción, dirección artística, fotografía, maquillaje y peluquería y efectos especiales. La cinta sobre el “gigante de Altzo” logró también el de guión original.
Una de las que partía como favorita en las principales categorías con ocho nominaciones, Verano 1993 –rodada en catalán-, quedó finalmente con tres galardones: mejor dirección novel para Carla Simón, mejor actor de reparto para David Verdaguer y mejor actriz revelación para Bruna Cusí. Las dos pequeñas, Laia Artigas y Paula Robles, alma de la cinta, quedaron fuera de concurso por el límite de edad de la Academia.
Javier Gutiérrez, que lo lleva ganando todo por su papel en El autor, puso la guinda con el Goya a mejor actor. Su compañera de reparto, Adelfa Calvo, logró el de mejor actriz de reparto. Nathalie Poza, por No sé decir adiós, logró el de mejor actriz.
El fenómeno musical de la temporada, La llamada, logró el de mejor canción gracias a la composición de Leiva para la canción homónima. Un Goya de los cinco a los que optaba.
“¡Por fin nos vemos las caras!” Con esa exclamación, Marisa Paredes recogía el primer premio Goya de su carrera. Tras actuar en más de 70 películas, una de las grandes damas del cine español recibió su primera estatuilla con el premio de honor de este año.
Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes tomaban el testigo de Dani Rovira como presentadores de la gala. La apuesta por los dos cómicos “chanantes” buscaba un toque de renovado humor para el edición de este año. Otro de su quinta, Julián López, había dejado el listón alto en los Feroz.
Sin embargo, esas supuestas intenciones de traer aire fresco acabaron en saco roto. El guión de una gala que duró más de tres horas estuvo firmado por los dos presentadores junto a Miguel Esteban, David Galán y Raúl Díaz Rivas (todo hombres). Las intervenciones erraron desde el principio con chistes fuera de rango referidos a la mujer. Una supuesta suma que acabó en resta para el propio público presente en el Hotel Auditorium de Madrid, que respondía con escasas carcajadas y cierto runrún de malestar al buscar la gracia en temas polémicos. Vómitos, usar la minusvalía de El Langui, dientes manchados con chocolate… una breve muestra de un repertorio muy alejado del espíritu de aquella “Hora Chanante”.
#masmujeres (sic) fue el lema elegido para acompañar la reivindicación feminista de la noche, a través de la asociación de mujeres cineastas (CIMA). Pero más que los abanicos, destacaron las intervenciones de Leticia Dolera y Paula Ortiz y un monólogo casi al final de la gala de Pepa Charro en la que se ponía de manifiesto la desigualdad no ya en los premios (un 27 por ciento de las nominadas eran mujeres) sino también en la industria.
Dolera y Ortiz aprovecharon su intervención como presentadoras para tomar la palabra de Lorca y reivindicar “la otra midad: somos la otra mitad del mundo y la mitad de la imaginación”.