El caso me lo contaron hace pocos días. Miguel es un señor que suele estar en la calle Fuencarral de Madrid a la altura de la Casa del libro. Apenas ve. Está viudo. Toda su compañía es un perro pequeño llamado Miki. Unos miserables se lo robaron hace unos días. Varias personas se han hecho eco de su caso en redes sociales. Algunos piden ayuda para encontrar al perrito. Otros buscan quién le dé otro que le haga compañía a Miguel. Tiene que ser, por cierto, un perro pequeño. Yo, por mi parte, quiero escribir para que su caso se conozca, para que el perro aparezca y, si no es así, para que Miguel pueda encontrar otro acompañante entre los mejores amigos del hombre, que -por desgracia- no parecen ser los otros seres humanos, sino los perros.
Me cuesta imaginar qué clase de canalla es capaz de robarle un perro a otra persona; especialmente si ésta es vulnerable, está sola o es mayor. Según me cuentan, alguien se lo arrebató de un tirón de la correa en la calle Alburquerque y huyó a la carrera. Nadie salió detrás. Sólo quedó Miguel gritando. Esto dice mucho de la tristeza de este hombre, pero dice mucho más de la miseria de quienes le robaron el perro y de la cobardía de los que en aquel momento pasaban por allí y no hicieron nada. Así nos va. Se presencia un robo, pero nadie hace nada. Se escucha un grito, pero nadie hace nada. Se ve un atropello, una agresión, un forcejeo, y nadie interviene. A lo sumo, hay quien llama a la policía, que llegará cuando pueda. Nuestra sociedad muestra una comprensión tristísima con la cobardía. Ya saben: suele decirse que el miedo es libre. En lugar de enseñar a dominarlo y de celebrar a quienes son valientes, disculpamos a los cobardes. En fin, insisto: así nos va.
Junto a la cobardía, está el desinterés y su primo hermano: el egoísmo. De tanto preocuparnos por nosotros mismos y aislarnos del resto – los cascos, el móvil, el multimedia por doquier- hemos dejado de prestar atención a lo que ocurre a nuestro alrededor y, especialmente, al sufrimiento de nuestros semejantes. La hiperconexión a la nube, a la red, a las redes, nos está desconectando de nuestra ciudad, nuestro pueblo, nuestro barrio, nuestra calle. El otro día me perdí en Móstoles mientras iba a dar un curso. Me costó encontrar a alguien que supiese el nombre de las calles que nos rodeaban. Al final, a fuerza de GPS, dejamos de tener referencias de nuestro entorno. Dejamos de ver a Miguel, a tantos migueles que andan sentados por las calles de España.
Hablemos del perro. Desde que Ulises regresó a Ítaca, sabemos que -cuando las cartas vengan mal dadas- sólo nos reconocerá nuestro perro. Cuando el rey de la isla regresa vestido de mendigo después de una ausencia de veinte años, sólo su perro Argos, viejo y ciego, sabe quién es y se acerca a saludarlo meneando el rabo antes de morir a sus pies. La Historia de occidente podría contarse a través de sus grandes perros, aquellos que acompañan al Tercio Viejo en la batalla de Rocroi, tal como lo pintó Ferrer-Dalmau. Ese perro del que escribió Pérez-Reverte en “Perros e hijos de perra”: “Un chucho español flaco, pulgoso, bastardo, que siguió a los soldados por los campos de batalla y que ahora, acogido también al último cuadro, abandonado por su patria y sin otro amparo que sus colmillos, sus redaños y los viejos camaradas, espera resignado como ellos”. Le propuso al pintor catalán afincado en Valladolid que lo pintase –“Mete un perro en el cuadro”, le dijo- y ahí quedó como homenaje a tantos que han seguido a los guerreros, los soldados, los aventureros desde que el mundo es mundo.
Así son los perros y así somos los humanos. Nos ayudan a detectar drogas con las que los narcos envenenan nuestra sociedad. Nos encuentran las bombas y, en tiempos de guerra, hasta las hacen estallar sacrificando su vida para que no mueran soldados. Gracias a ellos rescatamos personas en la nieve, en los terremotos y en los derrumbes. Hacen maravillas cuando se los utiliza en terapias. Protegen el ganado de otro de los grandes animales de la Creación: el lobo.
Pero ni el peor de los depredadores es tan desalmado como el ser humano. Ahí están los que organizan peleas de perros a vida o muerte, como la organización que desarticuló la policía Nacional el año pasado en Tenerife. Detuvieron a 34 personas y salvaron a 230 perros. Fue una gran noticia, pero, por desgracia, sigue habiendo peleas así por toda España. A veces, emplean a perros domésticos -no acostumbrados a pelear- para el entrenamiento de los que después saldrán a matar o a morir.
Y así volvemos a Miguel, viudo, huérfano de perro, un ciudadano a quien le han robado a Miki, su amigo, su compañero, mientras la gente que pasaba por la calle Alburquerque iba a sus cosas. Como él, hay muchos en España a cuyo lado pasamos todos los días sin tomar consciencia de lo que les sucede ni de lo que nos está pasando: nuestro cuerpo vive cada vez más, pero el alma se nos va muriendo cada vez más pronto y cada vez más rápido. Por fortuna, no todo es negativo. Algunas personas han empleado las redes sociales para ayudar en lugar de para desentenderse. En Facebook, en Twitter, en la radio y en periódicos digitales, el drama de Miguel ha encontrado cierto eco.
Por eso, desde aquí, pido ayuda para Miguel, el señor de la calle Fuencarral a quien le han robado el perro, y para tantos otros migueles que pasan los días en las calles de España sin que nadie repare en ellos, sin que nadie los escuche, les hable ni se percate de que sus rostros, como los de todos los seres humanos, están moldeados a imagen y semejanza del Dios de la Vida, que hizo a los perros y que nos juzgará a todos algún día.