Cultura

El filósofo Gabriel Albendea publica ¿Por qué Marx se equivocó?

CRÍTICA

EL IMPARCIAL | Martes 06 de febrero de 2018
Bajo este título ha publicado Gabriel Albendea un trabajo filosófico. Está destinado a "pensar el socialismo de hoy" como indica la adición al propio título. ¿Es que Albendea se ha hecho socialista?, pregunta un lector en la librería. No, le digo. ¿Es que los títulos de obras enjundiosas como ésta podrían enunciar tantos títulos como autores se editan en ellas. Un trabajo eminentemente crítico no permite respuestas simples. Hace falta leerlo y no es algo que resulte fácil, ha de hacerse con atención; dejo a salvo el prólogo en que sintetiza muy bien el trabajo.
Trata en sus inicios de la relación entre el socialismo y el contractualismo. Afirma con razón que la democracia es "un invento frágil". Efectivamente, no vale para todo el mundo, ni siquiera para regiones aparentemente civilizadas. Véase si no, los aspavientos y griteríos amenazadores en la Cataluña de estos días. Un recurso indisimulado a la violencia y al miedo, promovido por el mismísimo poder público en nombre de la democracia.
En sus orígenes ilustrados había más relación entre el contractualismo y el socialismo que lo que hoy se piensa. Así Rousseau (en Contract Social 1-6) decía que el soberano puede apoderarse legítimamente de los bienes de cualquier ciudadano, como se hizo en Esparta en tiempos de Licurgo. En España tendemos a identificar un régimen de libertades con la democracia. La usamos para cualquier adjetivación, hasta para las costumbres domésticas.
¿Puede insertarse la teoría de la democracia en la teoría del capitalismo como pregunta Albendea? Evidentemente sí, como también en la teoría política del marxismo, del leninismo, del nazismo, del populismo y en tantos otros "ismos" que haya en este perro mundo. Por eso el término es inservible por su equivocidad.
La parte central del libro jira en torno a la idea de que el marxismo pretendió ser una inversión del capitalismo, sin lograrlo. La creencia de que el cambio en las relaciones de producción podía subvertir los valores del capitalismo se reveló falsa, porque la esfera de los valores es irreductible a la esfera económica. El economicismo marxista no es otro que el economicismo capìtalista. "A la producción le es indiferente la procedencia del capital, si es o no un robo". Tiene por ello que incurrir en la alienación, en la destrucción de empleo, en el egoísmo posesivo y en la desintegración familiar. Al socialismo tras el fracaso del marxismo no le quedó otra respuesta que la redistribución que, de no ser justa terminaría redistribuyendo pobreza.
No nos podemos quedar con un posmodernismo pesimista, un anarquismo pobre y un simple izquierdismo infantil. Por ello, Albendea reduce el fracaso del socialismo al socialismo científico que partió de un erróneo historicismo científico. Apela a lo que llama un "socialismo utópico", porque entiende que es en el terreno de la utopía, según dice Ernst Bloch "hacen acto de presencia las líneas de fuerza de la historia", donde juegan los sentimientos, las experiencias, los deseos frustrados, la rebelión, los sueños. El socialismo debe distinguir entre necesidades básicas y superfluas, frente al "todo vale" del capitalismo, está llamado a propugnar una sociedad más integrada, más cooperativa, más internacionalista. Rechaza un Estado megalómano como también un Estado mínimo. Ese socialismo utópico pretende eliminar las contradicciones del capitalismo,aunque prudentemente Gabriel Albendea puntualice que algunas de esas contradicciones pertenecen a la propia existencia humana.
El capítulo se cierra con unas reflexiones sobre el socialismo español que sigue utilizando viejas expresiones, carentes de sustancia; persiste en el uso acrítico y rutinario de esos antónimos: izquierda y derecha, cambio e inmovilidad, libertad y opresión, demócrata y antidemócrata, paz y guerra. No son sino latiguillos demagógicos con los que se oculta la ausencia de referentes teóricos. En esto hay que darle la razón a Gabriel Albendea.
El capítulo 3º se titula "Apuntes sobre el debate entre liberales y comunitarios". Aquí me veo en la obligación de ser crítico con el autor, aun intuyendo que es el punto más reflexionado y original de la obra. Sin embargo me parece el más oscuro. El capítulo 4º se dedica al "cosmopolitismo y patriotismo". La pregunta esencial se fija en la compatibilidad entre los dos sentimientos: La conclusión es que cabe simultanearlos en leal compartición. El resurgimiento del fenómeno nacionalista encuentra una explicación sumaria en el exceso de racionalización y de comunicación despersonalizada en los individuos. Por ello buscan la identidad de sus raíces que restablezca la antigua solidaridad (p. 57). Esta idea del mecanismo sucedáneo para la recomposición de un vínculo social descompuesto me parece verdaderamente original.
En el capítulo 6º, "oferta y demanda" resuena un lamento sobre el miserable pienso cultural que sirve de alimento a las sociedades de hoy. Difícil cuestión en la que entran en juego la soberanía del consumidor individual, la conjuración invisible de la publicidad y la pregunta de si el Estado puede influir en la selección de lo bueno y de lo bello. Otro capítulo se refiere al lenguaje y la democracia. No se refiere el autor al lenguaje truhanesco de algunos parlamentarios. Tiene más altos vuelos y se proyecta en el campo de la hermenéutica con referencias críticas a Habermas y a Apel. La crítica de Albendea a estos dos filósofos tiene una lógica aplastante: la función comunicativa del lenguaje no puede confundirse con la función lógica del pensamiento. Del mismo modo el lenguaje solo postula la inteligibilidad sobre aquello en lo que se consiente o discrepa, pero no asegura la eventual supresión de la discrepancia. El último capítulo se titula: ¿El cristinaismo en la Cosnstitución europea? Habría que discutirle aquí ciertas cosas, pero me falta espacio.
José María Pabón de Acuña es abogado del Estado