Opinión

Waterloo

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 07 de febrero de 2018

Hay pobres de espíritu que consiguen disimular su medianía gracias a las fantasías, que como es sabido las hay para todos los gustos. A saber, fantasías animadas, eróticas, de control, e incluso de simulación de tal o cual héroe o heroína importándoles un rábano si el personaje es real o de ficción. Hay quienes a través de la fantasía pretenden ir más allá del placer o de los deseos con tal de sobresalir a pesar de su escasa empatía consigo mismo. No dejan de ser estímulos esencialmente anímicos, de manera que cualquiera puede sentirse héroe o villano en nada que jueguen con la ensoñación y creer ser lo que no son.

Recuerdo un caso de alguien que estaba creído en ser un colibrí. El hombre era feliz revoloteando porque al decir de él esa era la manera de que otros le prestaran atención y ganarse así su confianza. Un buen día quiso salir de su nido con la intención de conquistar el más allá y volar más alto de lo que su mediocridad le había privado hasta ese momento. Abrió la ventana, se volvió hacia los presentes y se lanzó al vacío no sin antes gritar ¡soy un colibrí!, ¡soy un colibrí! Puedo citarles el caso de otro ser iluminado que sintiéndose persona de limitada compostura social vino a encaramarse a la higuera más alta. Allí estuvo durante cierto tiempo. Llamó la atención de procuradores del oportunismo que le jalearon como nuevo líder en sabiduría, la misma que hoy se ha dado en llamar visionario de los nacionalismos o algo parecido. Lo cierto es cuanto mayor era su poder de convocatoria más irracional se volvía toda aquella espera al pie de la enorme higuera. Muchos de los allí presentes inquirieron de aquél hombre, que permanecía invariable en lo más alto del árbol, para que hiciera una declaración institucional, pues consideraban que ya había llegado la hora de la verdad; a lo que él gustoso se dirigió no solo a los que allí le aclamaban, sino también al mundo entero. “Señores y señoras, ya estoy maduro” y emulando a un auténtico higo patrio saltó al vacío.

Estos principios expuestos nos dan una ligera idea de los peligros que traen causa cuando alguien suplanta la identidad de otros máxime cuando en ese afán de pretender ser quien no se es, trata de emular a un personaje real. Me temo que llevo la mitad de mi artículo sin que aún haya sido nombrado Puigdemont y créanme, si en todo este ejercicio de psicoanálisis expuesto no ha tenido el debido señalamiento es que le he concedido una importancia menor a su figura. No obstante su andadura nos aproxima al mejor exponente de mi teoría en cuanto a las fantasías reprimidas, vean si no como detrás de su denodado esfuerzo por demostrar ser quien no es trata de evocar al mismísimo Napoleón Bonaparte.

Ahora es Waterloo, lo que antes fue Bruselas, lo que viene a refrendar la epopeya que Napoleón dejó para la posteridad en su andadura por los Países Bajos. Pocas figuras han merecido en la historia un tratamiento tan amplio y apasionado como el hombre que, como Primer Cónsul y Emperador de Francia rigió los destinos de Europa durante tres lustros. Genio indiscutible del arte militar y estadista capaz de construir un imperio bajo patrones franceses, Bonaparte fue capaz de hacerle la cobra al mismísimo Luis XVIII al igual que Puigdemont se lo ha hecho a Rajoy en repetidas ocasiones (cosa que le alabo el gusto), ahora bien, una cosa es Don Mariano per se y otra muy diferente es la Constitución Española. El desprecio le costó a Napoleón su confinamiento en la minúscula isla italiana de Elba. Pero nunca huyó ni mostró cobardía alguna. Esa es la diferencia entre la fantasía de unos y la realidad de otros.

Bonaparte tuvo la gallardía de entregarse a los ingleses al ser derrotado en la batalla de Waterloo, eso sí, en lugar de ir a Soto del Real fue deportado a un perdido islote africano, llamado Santa Elena. En mi opinión, Puigdemont rema en otra dirección muy diferente. Este escapista de la ley aprovecha cuando una sociedad está a punto de desplomarse para aparecer como un sabio estrato de gente que piensa por él y nada más. Traspasar el umbral de la estulticia acarrea un sinfín de fantasías y de ello se desprende que más de uno acabe creyendo ser colibrí, higo maduro o el mismísimo Napoleón Bonaparte. El resto es cosa de quienes le aplauden el espectáculo a pie de pista. En fin, esperemos que si Rajoy no pone fin de una vez a esta fantasía del nuevo Imperio de los Cien Días lo sea el duque de Wellington quien lo haga, que a buen seguro estará muy gustoso. Y lo digo por su histórica experiencia.