Opinión

Negra nieve

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 08 de febrero de 2018

Buena parte de España se cubrió con el manto blanco de la nieve la última semana. Un paisaje de silencio intacto pareció negar por un momento la grave sombra de ceniza de nuestra vida pública. Pero muy pronto el plomo de nuestra existencia caduca enturbió la efímera albura y del seno corrupto de nuestra realidad brotó otra negra ampolla pestilente. La trama de descomposición, que tiene tomada la médula y la figura del partido popular, apenas alcanza ya a afectar, en su metástasis, algún tejido sano. Parece que, tras la larga procesión, le tocará el turno a la castiza expresidenta, pero angloparlanta e impulsora del “bilingüismo”: Doña Esperanza Aguirre. La podre, que no deja intactos partidos, instituciones, ni organismos de ningún tipo, alcanza también costumbres y maneras, modales y hábitos. La límpida lumbre de estos días de nieve ha ofrecido, simplemente, ocasión para el contraste: quemaduras de puro frío.

Sobre el paisaje nevado desfila la corrupción en todas sus manifestaciones: partidos políticos, programas de televisión o de reforma, premios de cine o concursos literarios… como si no pudiéramos escapar de la desolación y estuviera tomada la fuente íntima de nuestra vitalidad. España es un escenario abierto al esperpento, con forma de festival cosmopolita y cortesía amanerada de hostelero postmoderno. Ésta es hoy la forma universal del provincianismo.

El ex presidente fugado, otro refugiado acogido en Europa, se aposenta en Waterloo. Desde allí podría escribir su memorial, si es que al final – entre medios y redes sociales – resultara aislado en esa Santa Elena continental, tan próxima a Bruselas. Si es que no regresa victorioso para inaugurar su eterna república de los cien días. Cualquier cosa es posible bajo la lógica del esperpento: un gran diminuto, un micro-Napoleón retornado, un gobierno exiliado, una secesión con su secesión incorporada, o que sea presidente el mismísimo Boadella, que nunca aceptaría el cargo. Porque mientras sesudos tertulianos ríen de la comedia de Tabarnia – silenciada en los medios de comunicación del imperio catalánico – siguiendo la invertida forma de nuestro proceder, podría resultar el esfuerzo más serio ejecutado hasta el momento en el terreno de la ridícula política española. Si Cataluña niega a España, la negación de Cataluña nos devuelve España trascendida, cosas de la dialéctica hegeliana que seguramente reconocen bien los discípulos del antidiscípulo de Hegel: los neomarxistas del Podemos impotente de una España reducida. A ver si va a resultar que tienen una idea de España, pero de esa España trascendida, o sea, que quieren erigirnos en Tabarnia… Les falta, me temo, vis cómica. Esa fuerza sin la cual no se hace nada serio en España. Por eso resulta tan español ese señor barbudo, entre Balmes y Juan Luis, que habla al mundo en tabarnés: Jaume Vives. El mismo que recuerda que el mito del gran Barça y defensa central de la selección española, esconde otra paradoja en su apellido: Gerard P. Bernabéu. ¡Qué españolazo Piqué y él sin saberlo!

Esta semana Elvira Roca demolió con exactitud nuestro magnífico esfuerzo de propaganda antiespañola, sin querer ver que nada hay más español que denostar España. Hoy lo hacemos con los magníficos medios del cine y la televisión. Acaso no haya entendido la ilustre académica nuestra paradójica naturaleza y por eso se alza – soberana de un gran saber – contra “La Peste” que no nos nombra, sino que nombra una serie de televisión de producción naturalmente (anti)española.

De todo esto algo debían saber los de aquel grupo sueco capicúa, es decir, especular y contradictorio, de nombre ABBA cuando es su conocida canción Waterloo nos cantaban: I feel like I win when I lose / Siento que venzo, cuando pierdo. Profetas de la existencia puigdemónica. En fin, si Ganivet tuviera razón y España fuera una nación absurda, si el absurdo fuera su nervio y principal sostén, no habría motivo alguno para temer por su porvenir. Nada que temer si la cordura fuera la señal de nuestro acabamiento. Sin embargo, para acabar entre risas y veras, me asalta una dolorosa duda. ¿Seremos los españoles tan dialécticos? O acaso, como declaraba Gustavo Bueno, será – simplemente – que tenemos el cerebro hecho polvo.