Opinión

Post-Europa

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 16 de febrero de 2018

Parecen ser abundantísimas las aberraciones de todo tipo que proliferan entre nosotros, al punto de complicar su comprensión. Ahora bien, no es su número lo que oscurece nuestro entendimiento. Para señalar una desviación es preciso fijar una dirección. Ausente la norma es imposible indicar la desviación. Como carecemos de canon toda figura parece extravagante, toda regla de acción desviada o bien cada caso define su propio modelo. En el umbral de la segunda guerra mundial, en el conocido epílogo para ingleses, Ortega señalaba la volatilización del “sistema tradicional de vigencias colectivas” que constituyó el fondo común o el “credo intelectual y moral” de Europa. “Pudiera acaecer – decía – que en la fecha presente faltasen esas instancias en una proporción sin ejemplo a lo largo de toda la historia europea. En este caso la enfermedad sería la más grave que ha sufrido Occidente desde Diocleciano o los Severos” Detallaba el maestro los efectos de ese terrible ocaso. No la guerra mundial, pero sí la forma que la caracterizaría – su abominable estilo – me parece un signo patente de ese hundimiento.

Casi un siglo después, Europa no sólo ha dado por enteramente olvidado su credo intelectual y moral, sino que reniega de todo credo. Europa se encuentra definitivamente rendida. Días atrás se jugó – no diré se representó – en los Teatros del Canal una vorágine – dicen liberadora – bajo el título de “Monte Olimpo”. La prensa informa hoy de la muerte por masturbación de unos cien alemanes al año. Ayer conocimos que son varios los casos de menores violados por menores, de una pasmosa minoría de edad: menos de diez años. Las estadísticas de consumo de pornografía son abrumadoras, pero también crecientemente igualitarias: no en vano la categoría de “porno para mujeres” creció en 2017 en un 1400%, según datos del que podemos calificar el sitio web más popular del mundo: pornohub. Las nuevas tecnologías, impúdicamente llamadas de comunicación, es decir, los móviles y tabletas, ponen al alcance de cualquiera, incluidos niños, esos contenidos con una facilidad perfecta. Son las mismas tecnologías (TIC´s) que se difunden en la escuela. Pero ese misma escuela ofrece – leíamos estos días – cursos de masturbación, de manera que – gracias a las tecnologías de la (in)comunicación – podrán entregarse a las prácticas, libres de toda presión social, de toda represión. Hoy se publica que en Alemania se celebra un acontecimiento conocido con el brutal nombre de mercado de las yeguas. Fiesta homosexual en que unos adoptan el papel de yeguas de manera que, la cabeza cubierta, se ofrecen a los sementales que participan en el acontecimiento. Los organizadores manifiestan soberbios que semejante mercado “no se rinde ante ningún moralismo”. Y mientras se criminaliza todo resto del viejo ideal caballeresco y se lastra con el sambenito de micromachismo todo gesto tradicional de cortesía, crece incesantemente la llamada violencia de género. En el lugar de la vieja cortesía caballeresca, arma del patriarcado, se extiende entre los jóvenes, que dan el tono de nuestra sociedad infantilizada, un nuevo estilo que – habida cuenta del lugar que la industria musical desempeña en la formación de su identidad – puede ser representado por modos musicales como el trap. Evito cualquier descripción de dicho género musical y, por supuesto, toda estimación de su valor. El acto de estimar se vería como un atentado autoritario a nuestra libertad (lúdico-libidinal), de manera que vean y juzguen ustedes mismos. En fin, mientras se veta la presencia de jóvenes decorativas en las parrillas de salida de las carreras de automóviles o motocicletas se vende masivamente el nuevo estilo musical y sus mensajes taxativos e inmediatos. Y son las mismas mujeres que ostentan su figura como medio de sugestión o inducción al consumo, las que se presentan a menudo como portavozas – que ha de decirse ahora – de una curiosa vanguardia feminista.

El rápido catálogo anterior ha sido espigado de la prensa de los últimos días. Su presentación conjunta manifiesta el elemento común de una serie de fenómenos actuales, no diré ya aberrantes o erráticos – dada la carencia de canon o su multiplicación infinita – pero sí todavía sorprendentes o extraordinarios. Se trata de una falsa naturalización del sexo y su consiguiente banalización mercantil, de un uso descarnado y brutal del cuerpo y su dimensión sexual. Concluyo: el “credo intelectual y moral” de Europa descansaba en la comprensión profunda de la unión comunicativa que tenía lugar a través del vínculo sexual. De Europa, en suma, no queda nada.